– Además, eso es trabajo de Freddy, ¿no? ¿Para quién trabaja usted?
– Me contrató…
Antes de que pudiera acabar la frase, Hollis notó movimiento a su espalda y el duro extremo del cañón de una pistola en los riñones.
– Trabaja para nosotros -dijo uno de los hombres.
– Es cierto -confirmó el otro-. Y todavía no ha terminado.
Los dos tipos disfrazados de pintores flanquearon a Hollis, lo obligaron a volverse y lo acompañaron de vuelta al ascensor. El hombre de la cazadora vaquera hablaba con el encargado de mantenimiento y le mostraba un documento que parecía algún tipo de permiso oficial.
– Pero ¿qué pasa? -preguntó Hollis intentando parecer atemorizado y sorprendido.
– No hables -dijo el más corpulento-. No digas una maldita palabra.
Hollis y los dos pintores entraron en el ascensor. Justo antes de que la puerta se cerrara, el de la cazadora se coló dentro y apretó el botón del octavo piso.
– ¿Quién eres? -preguntó.
– Tom Jackson. Soy conserje.
– No nos vengas con cuentos -le espetó el más bajo de los pintores, el que llevaba la pistola-. El tipo de ahí fuera no sabía quién eras.
– Es que me contrataron hace sólo un par días.
– ¿Cómo se llama la empresa que te contrató?
– Fue un tal señor Regal.
– Te he preguntado el nombre de la empresa.
Hollis se desplazó ligeramente para apartarse del cañón de la pistola.
– Lo siento mucho, señor, pero lo único que sé es que me contrató el señor Regal y me dijo que…
Dio media vuelta, aferró la muñeca del pistolero y la apartó mientras con la mano derecha le asestaba un puñetazo debajo de la nuez. La pistola se disparó armando un gran estruendo en el reducido espacio del ascensor, y el proyectil alcanzó al otro pintor. El hombre gritó mientras Hollis se volvía y con el codo golpeaba en la boca al de la cazadora vaquera. Hollis retorció el brazo del pistolero hacia abajo, y el mercenario de la Tabula dejó caer el arma.
Girar. Atacar. Media vuelta y golpear de nuevo. En cuestión de segundos, los tres hombres yacían en el suelo. La puerta se abrió. Hollis presionó el interruptor rojo para bloquear el ascensor y salió. Corrió por el pasillo, encontró la salida de incendios y bajó los peldaños de la escalera de dos en dos.
37
La mañana del experimento, Michael se levantó temprano y se duchó, protegiéndose la cabeza con un gorro impermeable para que no se mojaran los electrodos que llevaba implantados en el cráneo. Se vistió con una camiseta, un pantalón suelto y alpargatas. Aquella mañana no desayunaría. El doctor Richardson no creía que fuera buena idea. Se encontraba tumbado en el sofá, escuchando música, cuando Lawrence Takawa llamó suavemente a la puerta y entró en la habitación.
– El equipo investigador está listo -le dijo-. Es la hora.
– ¿Y qué pasa si decido no ir?
Lawrence pareció sorprenderse.
– Ésa es su decisión, Michael. Naturalmente, a la Hermandad no le satisfará. Tendré que llamar al general Nash y…
– Relájese. No he cambiado de parecer.
Michael se cubrió la afeitada cabeza con un gorro de lana y siguió a Lawrence hasta el pasillo, donde estaban los dos guardias de siempre, con sus chaquetas azul oscuro y sus corbatas negras, que formaron una especie de escolta, uno delante de él y el otro detrás. El pequeño grupo salió al patio por una puerta cerrada con llave.
A Michael le sorprendió comprobar que todos los implicados en el Proyecto Crossover -secretarias, químicos, y programadores informáticos- habían salido para verlo entrar en El Sepulcro. A pesar de que la mayoría de ellos no comprendía la verdadera naturaleza del proyecto, les habían explicado que serviría para proteger a Estados Unidos de sus enemigos y que Michael era una pieza importante del plan.
Asintió con un leve movimiento de cabeza, igual que un atleta ante la multitud, y cruzó tranquilamente el patio hacia El Sepulcro. Todas aquellas instalaciones habían sido construidas, y todo aquel personal reunido, para aquel preciso momento. «Apuesto a que ha costado su buen dinero -se dijo-. Muchos millones.» Michael siempre había tenido la sensación de ser especial, de estar destinado a grandes cosas; y en ese instante se veía tratado como la estrella de cine de una película de gran presupuesto con un solo protagonista. Si realmente conseguía viajar a otros dominios, ellos tendrían que mostrarle el mayor respeto. No se encontraba allí por casualidad, sino por derecho de nacimiento.
La puerta de acero se descorrió, y entraron en una espaciosa y oscura estancia. A unos seis metros por encima del liso suelo de hormigón, una galería de cristal corría a lo largo de las cuatro paredes. Dentro brillaban las luces de los paneles de control y de las pantallas de los ordenadores, y Michael vio a varios técnicos que lo observaban. El aire era frío y seco, y podía escucharse un leve zumbido.
En el centro de la sala había una mesa de quirófano con una pequeña almohada para la cabeza. El doctor Richardson estaba de pie cerca de ella mientras el doctor Lau y la enfermera comprobaban el equipo y el contenido de una estantería de acero llena de tubos de ensayo con líquidos de diferentes colores. Al lado de la almohada descansaba un haz de ocho cables de colores conectados a unos electrodos plateados. Los ocho conductores se fundían en un único cable negro que serpenteaba y desaparecía en el suelo.
– ¿Se encuentra bien?
– Por el momento…
Lawrence tocó levemente el brazo de Michael y se quedó junto a la puerta con los dos guardias de seguridad. Se comportaban como si Michael fuera a escapar corriendo del edificio, saltar la verja y ocultarse en el bosque. Michael caminó hasta el centro de El Sepulcro, se quitó el gorro de lana y lo entregó a la enfermera. Vestido únicamente con la camiseta y el ligero pantalón se tumbó boca arriba en la mesa de operaciones. En la sala hacía frío, pero él se sentía preparado para cualquier cosa, igual que un campeón dispuesto a jugar un partido crucial.
Richardson se inclinó y conectó los ocho sensores a los ocho electrodos de su cráneo. En ese momento, su cerebro se hallaba directamente unido al ordenador cuántico, y los técnicos de la galería podían monitorizar su actividad neurológica. Richardson parecía nervioso y Michael deseó que su rostro estuviera oculto por la mascarilla quirúrgica. Al cuerno con él. No era su cerebro el que estaba ensartado de hilos de cobre.
«Se trata de mi vida -pensó Michael-. El riesgo es mío.»
– Buena suerte -dijo Richardson.
– Déjese de suerte. Simplemente haga lo que tenga que hacer y veamos qué ocurre.
El neurólogo asintió y se colocó unos auriculares con micrófono para poder comunicarse con los técnicos de arriba. Era el responsable del cerebro de Michael, mientras que Lau y la enfermera se hallaban a cargo del resto. Le colocaron más electrodos por todo el cuerpo para controlar sus signos vitales. La enfermera le aplicó una anestesia tópica en el brazo y a continuación le colocó una vía intravenosa que conectó a un gota a gota que empezó a inyectarle suero en la vena.
– ¿Registran ondas? -preguntó Richardson por el micrófono-. ¿Sí? Bien, eso está muy bien. -A continuación se dirigió a Michael-: Necesitamos un punto de partida para empezar, así que vamos a proporcionar algunos estímulos a su cerebro. Nada de que preocuparse. Sólo reacciones elementales.
La enfermera fue hasta la estantería y regresó con varios tubos de ensayo. La primera serie contenía distintos sabores: salado, amargo, dulce y ácido. La segunda, olores: a rosas, a vainilla y algo que a Michael le recordó a goma quemada. El neurólogo no dejaba de murmurar por el micrófono mientras cogía una linterna especial y proyectaba distintos colores ante los ojos de Michael. A continuación reprodujeron sonidos a distintos volúmenes y le acariciaron el rostro con una pluma, un trozo de madera y una áspera pieza de acero.