Soltó una imprecación y golpeó la superficie con ambas manos aunque sólo fuera para escuchar un sonido. El agua le salpicó el rostro y le goteó por las mejillas hasta la boca. Esperaba un sabor intenso y salado, como el del mar; sin embargo, no sabía ni olía a nada. Recogió una pequeña cantidad en la palma de la mano y la examinó de cerca. Había pequeñas partículas suspendidas en el líquido. Podía tratarse de algas o de polvos mágicos. No tenía forma de saberlo.
¿Se trataba sólo de un sueño? ¿Podía ahogarse de verdad? Miró el cielo y se acordó de las historias que había oído acerca de los pescadores o los turistas que habían caído al mar desde un barco y que habían flotado a la deriva hasta ser rescatados. ¿Cuánto tiempo habían sobrevivido, tres, cuatro horas, un día entero?
Metió la cabeza bajo la superficie, emergió y escupió el agua que se le había metido en la boca. ¿Por qué había tres soles sobre su cabeza? ¿Se trataba acaso de un universo diferente, con normas diferentes en lo que a la vida y la muerte se refería? Aunque intentó dar vueltas a esas ideas, fue la propia situación, el hallarse solo y sin tierra firme a la vista, lo que centró sus pensamientos.
«No te dejes llevar por el pánico -se dijo-. Puedes aguantar mucho.»
Acudieron a su memoria viejas canciones de rock and roll, y se puso a cantarlas a voz en cuello. Tarareó melodías infantiles y contó hacia atrás, cualquier cosa que le diera la sensación de estar vivo. Inspirar. Espirar. Salpicar. Girar. Salpicar un poco más. Pero en cada ocasión las pequeñas olas y ondulaciones eran rápidamente absorbidas por la quietud que lo rodeaba. ¿Y si estaba muerto? Quizá lo estuviera. Cabía la posibilidad de que en ese preciso instante Richardson estuviera intentando reanimar su cuerpo, inerte. Quizá se hallara al borde de la muerte, y la última chispa de vida lo abandonaría si se sumergía.
Asustado, escogió una dirección y empezó a nadar. Empezó con un crol básico. Cuando se le cansaron los brazos, cambió a espalda. No tenía forma de calcular el tiempo que llevaba nadando. Cinco minutos. Cinco horas. Cuando se detuvo y flotó vio la misma línea del horizonte. Los mismos tres soles. El mismo cielo amarillo. Se hundió y volvió a emerger rápidamente, escupiendo agua y gritando.
Se puso boca arriba, con la espalda arqueada, y cerró los ojos. Lo uniforme del entorno, su naturaleza estática, sugería una creación de la mente. Sin embargo, en sus sueños siempre había aparecido Gabriel y otra gente a la que conocía. La completa soledad de ese lugar le resultaba extraña e inquietante. Si aquello fuera uno de sus sueños habría incluido un barco pirata o una lancha motora llena de chicas guapas.
De repente, notó que algo serpenteante le rozaba la pierna. Se puso a nadar frenéticamente, a dar patadas, brazadas. Su único pensamiento era nadar lo bastante rápido para escapar de lo que lo había rozado. El agua le entró en la nariz, pero la expulsó. Cerró los ojos y nadó a ciegas, a la desesperada. Se detuvo. Esperó. Oyó el sonido de sus propios jadeos. El miedo lo abandonó, y volvió a nadar sin rumbo, hacia el siempre lejano horizonte.
Pasó el tiempo. Tiempo de sueños. Tiempo espacial. Ya no estaba seguro de nada. De todas maneras, se hizo el muerto y descansó mientras recuperaba el aliento. Le abandonaron todos los pensamientos salvo el deseo de respirar. Como un fragmento de tejido vivo y primitivo, se concentró en esa acción que en el pasado le había parecido sencilla y automática. Transcurrió más tiempo y fue cobrando conciencia de una nueva sensación. Tenía la impresión de estar moviéndose en una dirección determinada, como si lo empujaran hacia cierto sector del horizonte. Poco a poco, la corriente se fue haciendo más fuerte.
Michael oyó que el agua le corría por las orejas y después un distante rugido, como el de una cascada. Poniéndose vertical, intentó sacar el cuerpo fuera del agua y ver adónde se dirigía. En la distancia, una fina bruma se elevaba en el aire y pequeñas ondulaciones rompían la líquida superficie. La corriente era poderosa, y le resultaba difícil nadar en su contra. El rugiente sonido se fue haciendo cada vez más fuerte hasta que ahogó su voz. Michael alzó el brazo derecho hacia el cielo, como si un pájaro gigante o un ángel fuera a tender la mano y rescatarlo de la destrucción. La corriente lo empujó hasta que el mar pareció derrumbarse ante él.
Por un instante quedó sumergido. Entonces se obligó a nadar hacia la luz. Se hallaba en la superficie de un torbellino tan enorme como un cráter lunar. Las verdes aguas giraban y giraban hacia un negro vórtice. Se vio llevado por una corriente que lo arrastraba hacia abajo y lo alejaba de la luz.
«No dejes de moverte -se dijo Michael-. No te rindas.»
Algo en su interior sería destruido para siempre si permitía que el agua le llenara la boca y los pulmones.
A medio camino de aquel verde cuenco, vio una pequeña sombra negra con la forma y el tamaño de un ojo de buey. Parecía ajena al torbellino. Desaparecía bajo las salpicaduras para reaparecer de nuevo en el mismo lugar, igual que una piedra escondida en un río.
Impulsándose con brazos y piernas, Michael cayó hacia la sombra. La perdió y la localizó de nuevo. Entonces se lanzó hacia su oscuro centro.
38
La mayor parte de la acristalada galería que recorría el interior de El Sepulcro era utilizada por el personal técnico. Sin embargo, a la zona norte del edificio únicamente se accedía a través de una puerta vigilada. Esa zona de observación privada estaba enmoquetada y disponía de un amplio sofá y lámparas de pie de acero inoxidable. Pequeñas mesas negras y sillas de rectos respaldos de ante se alineaban tras los ahumados cristales.
Kennard Nash se hallaba sentado, solo, ante una de aquellas mesas mientras su guardaespaldas personal, un ex policía peruano llamado Ramón Vega, le servía una copa de Chardonnay. En una ocasión, Ramón había asesinado a cinco mineros lo bastante insensatos para haber organizado una huelga. No obstante, lo que más apreciaba Nash de él era su destreza como camarero y ayuda de cámara.
– ¿Qué hay para cenar, Ramón?
– Salmón, puré de patatas y judías verdes con almendras. Lo traerán todo del centro de administración.
– Excelente. Asegúrate de que la comida no llegue fría.
Ramón volvió a la antesala, cerca de la puerta de seguridad, y Nash probó el vino. Una de las lecciones que había aprendido tras veintidós años en el ejército era la necesidad de que los oficiales se mantuvieran aparte de la tropa. Eran sus líderes, no sus amigos. Cuando había trabajado en la Casa Blanca, el personal observaba la misma norma. Cada equis semanas, el presidente era apartado de su aislamiento para que tirara unos lanzamientos de béisbol o encendiera el Árbol Nacional de Navidad. Sin embargo, la mayor parte del tiempo la pasaba protegido del peligroso azar de los hechos imprevistos. A pesar de que Nash era militar, había prevenido al presidente en contra de asistir a los funerales de cualquier soldado. Una esposa emocionalmente inestable podía echarse a llorar, una madre podía arrojarse sobre el ataúd mientras el padre exigía explicaciones por la muerte del hijo. La filosofía del Panóptico había enseñado a la Hermandad que el verdadero poder se basaba en el control y la previsibilidad.
Dado que el Proyecto Crossover tenía un final impredecible, Nash no había informado a la Hermandad de que el experimento había dado comienzo. Sencillamente había en juego demasiadas variables para que el éxito estuviera garantizado. Todo dependía de Michael Corrigan, el joven cuyo cuerpo yacía en la mesa de operaciones, en medio de El Sepulcro. Muchos de los chicos y chicas que habían tomado 3B3 habían acabado en hospitales psiquiátricos. Hasta el doctor Richardson había expresado sus dudas acerca de la incapacidad de calcular la dosis correcta o de predecir sus efectos en un potencial Viajero.