De haberse tratado de una operación militar, Nash habría delegado por completo la responsabilidad en un oficial de rango inferior y se habría alejado de la batalla. Resultaba más fácil eludir las culpas cuando se estaba lejos. Nash conocía esa elemental norma y la había aplicado a lo largo de toda su carrera, pero no había sabido mantenerse alejado del centro de investigación. El diseño del ordenador cuántico, la construcción de El Sepulcro y el intento de crear un Viajero habían sido decisiones suyas. Si el Proyecto Crossover tenía éxito, él, Kennard Nash, cambiaría el rumbo de la historia.
De hecho, el Panóptico ya se estaba haciendo con el control de los lugares de trabajo. Sorbiendo su vino, Nash se permitió el placer de una grandiosa visión: en Madrid, un ordenador podía estar contando cada tecleo con los datos de una tarjeta de crédito que introducía una cansada joven. El programa que monitorizaba su trabajo crearía cada hora una gráfica que mostraría si ella había alcanzado o no su cuota y le enviaría automáticamente mensajes como: «Buen trabajo, María», o «Me preocupa, señorita Sánchez. Se está retrasando». Así que la joven se inclinaría y teclearía más y más deprisa con tal de no perder su trabajo.
En algún lugar de Londres, una cámara de vigilancia podía estar enfocando los rostros de la multitud, transformando a un ser humano en una serie de dígitos que pudiera ser comparada con una ficha igualmente digitalizada. En Ciudad de México y en Yakarta, una serie de dispositivos electrónicos podían estar escuchando las conversaciones telefónicas y los chats de internet podían controlarse. Los ordenadores del gobierno podían saber que en Denver determinado libro se vendía más que otro, o una solicitud en una biblioteca de Bruselas. ¿Quién compraba tal texto? ¿Quién leía tal otro? Buscar nombres. Cruzarlos. Volver a buscar. Día tras día, el Panóptico virtual observaba a sus prisioneros y se convertía en parte de su mundo.
Ramón Vega volvió a aparecer e hizo una pequeña reverencia. Nash supuso que algo había salido mal con su cena.
– El señor Boone ha llegado, general. Usted dijo que deseaba verlo.
– Sí, claro. Hazlo pasar enseguida.
Kennard Nash sabía que, de haber estado sentado en el Cuarto de la Verdad, el lado izquierdo de su córtex habría brillado con un engañoso color rojo. No le gustaba Nathan Boone, y se sentía incómodo en su presencia. Boone había sido contratado por su predecesor y conocía muchos detalles del funcionamiento interno de la Hermandad. Durante los últimos años, Boone había viajado por todo el mundo y establecido sus propios contactos con otros miembros del comité ejecutivo. La mayoría de los miembros de la Hermandad opinaban que Boone era un hombre valiente y de recursos, el perfecto jefe de seguridad. Lo que incomodaba a Nash era no poder controlar plenamente las actividades de Boone. De hecho, hacía poco que había descubierto que había desobedecido una orden directa.
Ramón acompañó a Boone hasta la galería y después dejó a ambos hombres a solas.
– ¿Quería verme, general? -preguntó Boone, manteniéndose de pie, con las piernas ligeramente separadas y las manos enlazadas tras la espalda.
Se suponía que Nash era el jefe, el máximo responsable. Aun así, los dos sabían que Boone podía cruzar la estancia y partir el cuello del general en cuestión de segundos.
– Siéntese, señor Boone. Tome un vaso de vino.
– Ahora no.
Boone se acercó a la ventana y contempló la mesa de operaciones. El anestesista estaba colocando un sensor de calor en el pecho de Michael.
– ¿Cómo va?
– Michael se encuentra en estado de trance. Pulso débil. Respiración reducida. Confío en que pueda convertirse en un Viajero.
– También es posible que esté medio muerto. El 3B3 puede haberle frito el cerebro.
– La energía neural ha abandonado su cuerpo. Nuestros ordenadores parecen estar siguiendo su rastro bastante bien.
Los dos hombres guardaron silencio un momento mientras miraban a través del cristal.
– Supongamos que es un Viajero de verdad -planteó Boone-. ¿Podría morir en estos instantes?
– La persona que yace en la mesa de operaciones podría dejar de estar biológicamente viva.
– ¿Y qué pasaría con su Luz?
– No lo sé -contestó Nash-, pero no podría volver a su cuerpo.
– ¿Puede morir en otros dominios?
– Sí. Creemos que si uno fallece en otro dominio queda atrapado allí para siempre.
Boone se apartó de la ventana.
– Espero que esto funcione.
– Necesitamos anticiparnos a todas las posibilidades. Por eso es crucial que encontremos a Gabriel Corrigan. Si Michael muere, necesitaremos un sustituto de inmediato.
– Lo entiendo.
El general Nash dejó su vaso de vino.
– Según mis informaciones, ha retirado a nuestros agentes de California. Ése era el grupo que buscaba a Gabriel.
A Boone no pareció afectarle la acusación.
– La vigilancia electrónica continúa. También tengo un grupo investigando al mercenario Arlequín que dejó una pista falsa en el apartamento de Michael Corrigan. Creo que se trata de un instructor de artes marciales que había pertenecido a la iglesia de Isaac T. Jones.
– Pero lo cierto es que, en este momento, nadie está buscando a Gabriel -declaró Nash-. Ha desobedecido usted una orden directa.
– Mi trabajo consiste en proteger nuestra organización y en ayudar a que alcance sus objetivos.
– Se da la circunstancia de que el Proyecto Crossover es nuestro objetivo principal, señor Boone. No hay nada más importante.
Boone se acercó a la mesa igual que un policía dispuesto a encararse con un sospechoso.
– Quizá eso sea algo que habría que plantear al comité ejecutivo.
El general Nash clavó su mirada en la mesa y sopesó sus alternativas. Había evitado facilitar a Boone todos los datos sobre el ordenador cuántico, pero mantener el secreto se había vuelto algo imposible.
– Como sabe, ahora tenemos un ordenador cuántico totalmente operativo. No es el mejor momento para discutir los aspectos técnicos del aparato, pero ha de saber que guarda relación con la suspensión de partículas subatómicas en un campo de fuerza. Durante un brevísimo lapso, dichas partículas desaparecen del campo de fuerza y después vuelven. ¿Y adónde van, señor Boone? Mis científicos me dicen que a otra dimensión, a otro mundo.
Boone parecía divertirse.
– Viajan con los Viajeros.
– Esas partículas han regresado a nuestro ordenador con mensajes de una civilización más avanzada. Al principio, sólo recibimos códigos binarios; luego, la información se fue complicando. Esa civilización ha facilitado que nuestros científicos lograran nuevos descubrimientos en física y ordenadores. Nos ha mostrado cómo lograr modificaciones genéticas de animales y a crear los segmentados. Si logramos aprender más de su avanzada tecnología, conseguiremos poner en marcha el Panóptico de nuestra era. La Hermandad habrá conseguido el poder para observar y controlar inmensos grupos de gente.
– ¿Y qué quiere a cambio esa civilización? -preguntó Boone-. Nadie da nada a cambio de nada.
– Quieren llegar a nuestro mundo y conocernos. Por eso necesitamos a los Viajeros, para que les muestren el camino. El ordenador cuántico está siguiendo el rastro de Michael Corrigan mientras se desplaza entre otras dimensiones. ¿Lo ha entendido, señor Boone? ¿Me he expresado con la suficiente claridad?
Por una vez, Nathan Boone parecía impresionado. Nash se permitió disfrutar del momento mientras se llenaba la copa.
– Ésa es la razón de que le pidiera que localizara a Gabriel Corrigan, y no se puede decir que me satisfaga su negativa a cumplir mis órdenes.
– Retiré los agentes por una buena razón -contestó Boone-. Creo que hay un traidor en la organización.