En Londres, Maya habría detectado a cualquiera que la hubiera seguido, de manera que Boone envió un equipo técnico a su apartamento para que instalaran cuentas localizadoras en todos los artículos de su equipaje. Cuando ella los trasladó, el satélite GPS alertó a los ordenadores de la Hermandad. Fue una suerte para él que Maya viajara a Praga por métodos convencionales. A veces, los Arlequines simplemente se desvanecían en un país y reaparecían a miles de kilómetros de distancia con una nueva identidad.
Boone oyó la voz de Loutka en su auricular.
– Y ahora, ¿qué? -preguntó Loutka-. ¿La seguimos?
– Ésa es tarea de Halver. Él se ocupará. Nuestro objetivo principal es Thorn. Nos haremos cargo de Maya más tarde, esta misma noche.
Loutka y los tres técnicos se encontraban sentados en la parte trasera de una furgoneta de reparto aparcada en la esquina. Loutka era teniente de la policía checa y se suponía que respondía ante las autoridades locales. Los técnicos estaban allí para hacer su trabajo y marcharse a casa.
Boone había contratado con ayuda de Loutka los servicios de dos asesinos profesionales en Praga. Ambos mercenarios estaban sentados en el suelo, tras él, esperando órdenes. El magiar era un tipo corpulento que no sabía inglés. Su amigo serbio, un antiguo soldado, hablaba cuatro idiomas y parecía inteligente. Sin embargo, Boone no se fiaba de éclass="underline" era la clase de individuo que podía salir huyendo si las cosas se torcían.
En el almacén hacía frío y Boone llevaba una parka y un gorro de lana. Su corte de pelo al estilo militar y sus gafas de montura de acero le conferían un aspecto disciplinado y en forma; parecía un ingeniero químico que los fines de semana se dedica a correr maratones.
– Pongámonos en marcha -dijo Loutka.
– No.
– Maya está volviendo a pie al hotel. No creo que Thorn reciba más visitas esta noche.
– Tú no entiendes a esta gente. Yo sí. Hacen a propósito cosas impredecibles. Thorn puede decidir que abandona la casa. Maya puede volver. Esperemos cinco minutos a ver qué pasa.
Boone bajó el visor nocturno y siguió observando la calle. Durante los seis últimos años había trabajado para la Hermandad, un pequeño grupo de gente de distintos países unido por una especial visión del futuro. La Hermandad -conocida como la Tabula por sus enemigos- estaba consagrada a la destrucción tanto de los Arlequines como de los Viajeros.
Boone era el contacto entre la Hermandad y sus mercenarios. Le resultaba fácil tratar con tipos como el serbio o el teniente Loutka. Un mercenario siempre buscaba dinero o algún tipo de favor. Primero, uno negociaba el precio; luego, decidía si pagaba o no.
A pesar de que Boone recibía una generosa remuneración de la Hermandad, nunca se había sentido mercenario. Dos años atrás le había sido permitido leer una colección de libros llamada El conocimiento que le proporcionó una visión más amplia de la filosofía y los objetivos de la Hermandad. El conocimiento le enseñó que formaba parte de una histórica batalla contra las fuerzas del desorden. La Hermandad y sus aliados se hallaban a punto de establecer una sociedad perfectamente controlada, pero el nuevo sistema no sobreviviría si a los Viajeros se les permitía salirse del mismo y regresar para poner en cuestión los principios. La paz y la prosperidad únicamente eran posibles si la gente dejaba de hacerse preguntas y aceptaba las respuestas adecuadas.
Los Viajeros introducían el caos en el mundo. Aun así, Boone no los odiaba. Un Viajero nacía con el poder de ir más allá. No había nada que pudieran hacer con esa extraña herencia. Los Arlequines eran diferentes. Aunque había familias Arlequines, cada hombre o mujer elegía personalmente proteger a los Viajeros. Su deliberada imprevisibilidad contradecía las normas que regían la vida de Boone.
Unos años antes, Boone había viajado a Hong Kong para matar a un Arlequín llamado Dragón de Bronce. Al registrar el cuerpo del hombre, había encontrado las armas y los pasaportes falsos de costumbre junto con un aparato llamado Generador de Números Aleatorios. El GNA era un ordenador en miniatura que producía números al azar cada vez que se apretaba un botón. A veces, los Arlequines utilizaban los GNA para tomar decisiones. Un número impar podía significar «sí»; y uno par, «no». Bastaba apretar un botón, y el GNA decía qué puerta había que abrir.
Boone recordaba haberse quedado en la habitación de su hotel examinando el aparato. ¿Cómo podía vivir alguien de ese modo? En lo que a él se refería, cualquiera que utilizara cifras aleatorias para orientar su vida merecía ser localizado y exterminado. El orden y la disciplina eran los valores que evitaban que la civilización occidental se desmoronara. Uno no tenía más que observar los márgenes de la sociedad para darse cuenta de lo que sucedería si la gente permitía que unas simples elecciones al azar determinaran su vida.
Ya habían transcurrido diez minutos. Apretó un botón de su reloj, y el mecanismo le mostró el pulso y la temperatura de su cuerpo. Aquélla era una situación estresante, y a Boone le complació saber que su pulso sólo se había acelerado seis décimas por encima de lo normal. Conocía sus pulsaciones en reposo y durante el ejercicio, así como el porcentaje de grasa de su cuerpo y su consumo diario de calorías.
Ardió una cerilla y, unos segundos después, Boone olió el humo del tabaco. Al darse la vuelta vio que el serbio daba caladas a un cigarrillo.
– Apaga eso.
– ¿Por qué?
– Porque no me gusta respirar aire contaminado.
El serbio sonrió.
– No estás respirando nada, amigo. Se trata de mi cigarrillo.
Boone se puso en pie y se alejó de la ventana. Su rostro se mantuvo inexpresivo mientras evaluaba la oposición. ¿Era peligroso ese hombre? ¿Necesitaba ser intimidado por el bien de la operación? ¿Con cuánta rapidez reaccionaría?
Boone deslizó la mano en uno de los bolsillos superiores de su parka, palpó la cuchilla de afeitar y la agarró con fuerza con el índice y el pulgar.
– Apaga ese cigarrillo de inmediato.
– Cuando haya acabado.
Boone se inclinó hacia delante y cortó la punta del cigarrillo de un solo tajo. Antes de que el serbio pudiera reaccionar, Boone lo agarró por el cuello y situó su cuchilla de afeitar a escasos milímetros del ojo derecho del hombre.
– Si te cortara los ojos abiertos, mi rostro sería la última cosa que verías. Pensarías en mí el resto de tu vida, Josef. Esa imagen quedaría grabada para siempre en tu cerebro.
– ¡Por favor! -murmuró el serbio-. ¡Por favor! ¡No!
Boone dio un paso atrás y volvió a meterse la cuchilla en el bolsillo. Observó al magiar. El tipo parecía impresionado.
Cuando volvió a la ventana, la voz de Loutka le llegó por el intercomunicador.
– ¿Qué pasa? ¿Por qué esperamos?
– Ya no esperamos más -contestó Boone-. Di a Skip y a Jamie que ya es hora de que se ganen el sueldo.
Skip y Jamie Todd eran dos hermanos oriundos de Chicago especialistas en vigilancia electrónica. Ambos eran bajos y rollizos y vestían idénticos monos de trabajo marrones. Mientras Boone los observaba por el visor nocturno, los dos hombres sacaron de la furgoneta una escalera de aluminio y la llevaron por la acera hasta la tienda de lencería. Esa mañana habían instalado una cámara en miniatura controlada por radio sobre el rótulo. Sin que Maya lo supiera, la habían grabado en vídeo mientras estaba de pie en la acera.
Thorn había instalado una cámara de vigilancia dentro de la marquesina que protegía su portal. Jamie subió por la escalera una segunda vez, retiró la cámara y la sustituyó por un reproductor de DVD miniaturizado. Cuando los dos hermanos hubieron terminado el trabajo plegaron la escalera y la devolvieron a la furgoneta. Por tres minutos de trabajo acababan de ganar diez mil dólares y una visita gratis al burdel de la calle Korunni.