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La mano de Nash tembló ligeramente al dejar el vaso.

– La hija de Thorn, Maya, se encuentra en Estados Unidos, pero aún no he podido atraparla -añadió Boone-. Los Arlequines se han anticipado a todos nuestros movimientos.

– ¿Y usted cree que uno de nuestros agentes nos ha traicionado?

– La filosofía del Panóptico establece que todo el mundo debe ser vigilado y observado, incluso los que están a cargo del sistema.

– ¿Me está diciendo que yo tengo algo que ver?

– De ninguna manera -contestó Boone, que sin embargo miró a Nash como si ya hubiera considerado esa posibilidad-. En estos momentos estoy utilizando un grupo de internet para seguir el rastro de todos los que han tenido o tienen algo que ver con este proyecto.

– ¿Y quién le controlará a usted?

– Nunca he tenido secretos para la Hermandad.

«No lo mires -se dijo Nash-. Que no te lea los ojos.»

Se asomó a la ventana para observar el cuerpo de Michael.

Al lado del inmóvil cuerpo de su paciente, Richardson caminaba nerviosamente arriba y abajo. De repente, una polilla blanca se coló en el entorno de clima controlado de El Sepulcro. El médico se sorprendió, como si el insecto hubiera surgido de la nada. La polilla empezó a dar vueltas alejándose y acercándose a la luz.

39

Maya y Gabriel cruzaron la población de San Lucas a la una de la tarde y se dirigieron hacia el sur por una carretera de dos carriles. A medida que los kilómetros iban quedando registrados en el odómetro, Maya hacía lo posible por ocultar su creciente nerviosismo. En Los Ángeles, el mensaje de Linden había resultado de una claridad meridiana: «Dirígete a San Lucas. Sigue la Carretera 77 hacia el sur. Busca la cinta verde. Nombre de contacto: Martin». Quizá habían pasado de largo ante la cinta o el viento del desierto se la había llevado volando. Linden podía haber caído en una trampa del grupo de internet de la Tabula, y ellos estar metiéndose de cabeza en una emboscada.

Maya estaba acostumbrada a las direcciones imprecisas que la conducían a casas seguras o a puntos de contacto. Sin embargo, escoltar a un posible Viajero como Gabriel lo cambiaba todo. Desde la pelea en el Paradise Dinner, él había mantenido las distancias, limitándose a cruzar apenas unas palabras con ella cuando se detenían a poner gasolina o a estudiar el mapa. Gabriel se comportaba como un hombre que hubiera accedido a escalar una peligrosa montaña y estuviera dispuesto a aceptar los obstáculos del camino.

Bajó la ventanilla de la furgoneta, y el viento del desierto le secó el sudor de la piel. Un cielo azul. Un halcón planeando en una corriente térmica. Gabriel iba un kilómetro por delante de ella. De repente, dio media vuelta y regresó a toda velocidad, indicó a la izquierda e hizo gestos para que Maya aminorara. Lo había encontrado.

Maya vio una cinta verde atada a la base de un poste kilométrico. Un camino de tierra no más ancho que un sendero de carros desembocaba en el asfalto. Sin embargo, no había indicación alguna de adónde conducía. Gabriel se quitó el casco de motorista y lo colgó del manillar mientras se internaban por el camino. Estaban cruzando una zona del alto desierto, un terreno llano y árido, con cactos, matorrales secos y punzantes acacias que arañaban los costados de la furgoneta. Hallaron dos cruces más a lo largo del camino, pero Gabriel localizó las cintas verdes y las siguió hacia el este. A medida que iban ascendiendo, empezaron a aparecer algunos robles grises y acebos cuyas flores atraían a las abejas.

Gabriel guió a Maya hasta lo alto de un cerro y se detuvo un minuto. Lo que desde la carretera había parecido una serie de montañas era de hecho una meseta que se prolongaba en dos enormes brazos alrededor de un valle protegido por ellos. Incluso desde aquella distancia se podían distinguir las formas rectangulares de algunas casas medio ocultas entre los árboles. Por encima del poblado, en el borde de la meseta, se levantaban tres turbinas eólicas. Cada una sostenía un enorme rotor tripala que giraba como la hélice de un avión.

Gabriel se limpió el polvo del rostro con el pañuelo que llevaba al cuello. Luego, continuaron por el camino de tierra, mientras él conducía despacio, mirando a un lado y a otro, como si esperase que alguien les saltara encima desde la vegetación y los sorprendiera.

La escopeta de repetición descansaba en el suelo de la furgoneta cubierta por una vieja manta. Maya la cogió, metió un cartucho en la recámara y la dejó a su lado, en el asiento del pasajero. Se preguntó si el Rastreador viviría realmente en aquellos parajes o si habría sido localizado y asesinado por la Tabula.

El camino giró directamente hacia el valle y cruzó un puente de piedra que se arqueaba sobre un estrecho arroyo. Maya vio que unas figuras se movían entre la vegetación de la otra orilla y aminoró.

Cuatro -no, cinco- chicos arrastraban grandes piedras por el camino hacia el arroyo. Quizá estuvieran haciendo una presa o un pozo para nadar. Maya no estaba segura. Los niños se detuvieron y se quedaron mirando la moto y la furgoneta. Trescientos metros más adelante, pasaron ante un chico que llevaba un cubo con agua y que los saludó con la mano. Todavía no había visto ningún adulto, pero los niños parecían contentos de vagar por su cuenta. Durante unos segundos, Maya se imaginó un reino de niños creciendo sin la persistente influencia de la Gran Máquina.

A medida que se aproximaban al valle, el camino se convirtió en una carretera pavimentada con pequeños adoquines de un color marrón rojizo ligeramente más oscuro que el del terreno circundante. Pasaron ante tres amplios invernaderos de cristales esmerilados, y Gabriel se detuvo en el aparcamiento de una zona de mantenimiento de vehículos. Cuatro sucias camionetas se alineaban bajo un abierto pabellón que se usaba como garaje de reparaciones. Dentro de un cobertizo de madera donde se guardaban herramientas había un bulldozer, dos jeep y un viejo autobús escolar. Una serie de peldaños del mismo ladrillo conducían a un amplio corral lleno de pollos blancos.

Maya dejó la escopeta escondida bajo la manta, pero se echó al hombro el estuche portaespadas. Cuando cerró la puerta de la furgoneta vio a una niña de unos diez años sentada sobre un muro de contención. Era asiática, y sus negros cabellos le llegaban a los hombros. Al igual que los demás niños, vestía ropa andrajosa -vaqueros y una camiseta- y un par de recias botas de trabajo. De su cinturón pendía un gran cuchillo de monte con empuñadura de asta. El arma y los largos cabellos la hacían parecer un escudero listo a hacerse cargo de los caballos de su señor una vez llegados al castillo.

– ¡Hola! -saludó la niña-. ¿Sois vosotros los que venís de España?

– No. Somos de Los Ángeles. -Gabriel se presentó a sí mismo y a Maya-. ¿Quién eres tú?

– Alice Chen.

– ¿Cómo se llama este sitio?

– New Harmony -repuso Alice-. Escogimos el nombre hace dos años. Todos votamos, incluso los niños.

La niña saltó del muro y se acercó a inspeccionar la motocicleta de Gabriel.

– Estamos esperando dos «posibles» de España. Los «posibles» viven aquí durante tres meses y después nosotros votamos si se quedan o no. -Se apartó de la moto y miró a Maya-. Si vosotros no sois los posibles, entonces, ¿quiénes sois?

– Estamos buscando a alguien llamado Martin -explicó Maya-. ¿Sabes dónde está?

– Creo que será mejor que primero habléis con mi madre.

– Eso no será necesario…

– Seguidme. Está en el centro comunal.

La niña los condujo por otro puente bajo el cual el arroyo corría entre rocas rojizas formando remolinos y pozas. A ambos lados de la carretera se veían hileras de amplias casas construidas al estilo del sudoeste. Las paredes estaban estucadas por fuera, las ventanas eran pequeñas y los techos planos para servir de azoteas en las noches calurosas. La mayoría de ellas eran bastante grandes, y Maya se preguntó cómo lo habrían hecho los constructores para llevar hasta allí tal cantidad de ladrillos y cemento por aquel estrecho camino para carros.