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– Nada. Salgamos y vayamos a buscar la Casa Amarilla.

Maya intentó aparentar despreocupación mientras bajaban por la calle, pero no pudo precisar si los seguían. El aire aún estaba caliente, y los pinos parecían haber apresado pequeñas zonas en sombra. Cerca de uno de los puentes había una gran casa amarilla. En la fachada brillaban lámparas de aceite, y se oía a gente charlando.

Entraron en la vivienda y se encontraron con ocho niños de distintas edades que cenaban en una larga mesa. Una mujer bajita y de crespos cabellos trabajaba en la cocina. Vestía una falda vaquera y una camiseta con el símbolo de una cámara de vigilancia tachada en rojo. Aquél era un símbolo de resistencia frente a la Gran Máquina. Maya lo había visto impreso en el suelo de una discoteca de Berlín y pintado en una pared del barrio de Malasaña de Madrid.

Sosteniendo una cuchara, la mujer salió a recibirlos.

– Soy Rebecca Greenwald. Bienvenidos a nuestra casa.

Gabriel sonrió e hizo un gesto en dirección a los niños.

– Tiene un montón de críos.

– Nuestros sólo son dos. Hoy cenan con nosotros los hijos de Antonio y la hija de Joan, Alice, además de dos amigos de otras familias.

»Los niños de esta comunidad iban siempre a cenar a casa de alguien. Después del primer año, tuvimos que imponer una norma: el niño ha de avisar al menos a dos adultos antes de las cuatro de la tarde. La verdad es que, aunque ésa sea la norma, las cosas se pueden liar bastante. La semana pasada estuvimos haciendo adoquines para la carretera, así que tuvimos a siete chiquillos cubiertos de barro además de tres adolescentes de esos que comen por dos. Tuve que preparar una buena cantidad de espaguetis.

– ¿Martin está en…?

– Mi marido está en el patio de la azotea con los demás. Suban por la escalera. Me reuniré con ustedes enseguida.

Cruzaron la sala de estar y salieron a un recinto ajardinado. Mientras subían los peldaños de una escalera exterior que conducía a la azotea, Maya oyó voces discutiendo.

– Martin, no te olvides de los niños de esta comunidad. Tenemos que proteger a nuestros hijos.

– Estoy pensando en todos los niños que crecen en este mundo. A todos ellos la Gran Máquina les inculca miedo y odio…

La conversación se interrumpió cuando Maya y Gabriel aparecieron. En la azotea habían dispuesto una mesa de madera donde ardían lámparas de aceite vegetal. Martin, Antonio y Joan estaban sentados alrededor, bebiendo vino.

– Bienvenidos de nuevo -dijo Martin-. Por favor, siéntense.

Maya hizo una rápida evaluación de la dirección lógica de un ataque y se instaló al lado de Joan Chen. Desde aquella posición podría ver a quien subiera por la escalera.

Martin se apresuró a atenderlos. Les dio unos cubiertos y les sirvió dos vasos de vino de una botella sin etiqueta.

– Esto es un Merlot que compramos directamente a la bodega -explicó-. Cuando empezábamos a pensar en New Harmony, Rebecca me preguntó un día cuál era mi visión, y yo le dije que consistía en beber un buen vaso de vino al anochecer rodeado de amigos.

– Parece un objetivo bastante modesto -repuso Gabriel.

Martin tomó asiento y sonrió.

– Sí. Pero incluso un pequeño deseo como ése tiene sus implicaciones. Significa una comunidad con tiempo libre, un grupo con la suficiente capacidad adquisitiva para poder comprar el Merlot y el deseo general de disfrutar de los pequeños placeres de la vida. -Volvió a sonreír y alzó la copa-. En este contexto, un vaso de vino se convierte en una declaración revolucionaria.

Maya no sabía una palabra de vinos, pero aquél tenía un agradable sabor que le recordaba vagamente a cereza. Una ligera brisa sopló por el valle, y las llamas de las lámparas titilaron. Por encima de sus cabezas, cientos de estrellas brillaban en el limpio cielo del desierto.

– Quiero disculparme con ustedes dos por lo poco amigable del recibimiento -dijo Martin-. Y también quiero disculparme ante Antonio. Mencioné su caso ante el consejo, pero no llegamos a votar. No creí que llegarían tan pronto.

– Díganos simplemente dónde está el Rastreador y partiremos de inmediato.

– Quizá el Rastreador no exista -gruñó Antonio-. Y quizá ustedes dos sean espías enviados por la Tabula.

– Esta tarde estabas enfadado porque fuera una Arlequín, y ahora la estás acusando de ser una espía -protestó Martin.

– Cualquier cosa es posible.

Martin sonrió cuando su esposa llegó con una bandeja de comida.

– Incluso suponiendo que fueran espías, son nuestros invitados y se merecen una buena cena. Propongo que comamos primero. Se discute mejor con el estómago lleno.

Platos y cuencos pasaron de mano en mano alrededor de la mesa. Ensalada, lasaña y un crujiente pan cocido en el horno de la comunidad. A medida que la cena avanzaba, los cuatro miembros de New Harmony se fueron relajando, charlando tranquilamente de sus responsabilidades. Una conducción de agua tenía un escape. Uno de los camiones necesitaba un cambio de aceite. Un convoy salía hacia San Lucas en unos días y tenían que partir temprano porque uno de los adolescentes iba a presentarse a un examen de ingreso en la universidad.

Cumplidos los trece años, los jóvenes eran orientados por un profesor de la comunidad, pero sus maestros provenían de todo el mundo: en su mayor parte eran licenciados universitarios que daban clases a través de internet. Varias universidades habían ofrecido becas completas a una chica recién salida del colegio de New Harmony. No sólo les había impresionado de ella que supiera cálculo y traducir las obras de Molière, sino también que fuera capaz de excavar un pozo artesiano o reparar un motor diesel.

– ¿Cuál es el principal problema que tienen aquí? -preguntó Gabriel.

– Siempre surge algo, pero nos las arreglamos -repuso Rebecca-. Por ejemplo, la mayoría de las viviendas tienen como mínimo una chimenea; sin embargo, el humo solía estancarse sobre el valle. Los niños tosían y apenas se veía el cielo, así que nos reunimos y decidimos que nadie podría encender un fuego a menos que en el edificio comunal ondeara una bandera azul.

– ¿Son todos ustedes creyentes? -preguntó Maya.

– Yo soy católico -contestó Antonio-. Martin y Rebecca son judíos, Joan es budista. Aquí abarcamos todo el abanico de creencias, pero nuestra vida espiritual es asunto privado.

Rebecca miró a su esposo.

– Todos nosotros vivíamos en la Gran Máquina, pero la situación cambió el día en que a Martin se le averió el coche en la carretera.

– Supongo que ése fue el punto de partida -dijo Martin-. Hace ocho años, yo estaba viviendo en Houston, trabajando como asesor inmobiliario para familias adineradas que eran propietarias de terrenos comerciales. Tenía dos casas, tres coches y…

– No era feliz -terció Rebecca-. Cuando regresaba del trabajo, se encerraba en el sótano a ver viejas películas con una botella de whisky hasta que se quedaba dormido en el sofá.

Martin meneó la cabeza.

– Los seres humanos tenemos una capacidad casi ilimitada de engañarnos. Somos capaces de justificar cualquier nivel de desdicha si encaja en nuestro estándar de realidad. Yo, probablemente, habría seguido por el mismo camino toda mi vida. Pero, entonces, ocurrió algo. Me fui a Virginia por negocios y tuve una experiencia terrible. Mis nuevos clientes eran como niños egoístas sin ningún sentido de la responsabilidad. En cierto momento de la reunión, les propuse que donaran el uno por ciento de sus ingresos anuales para obras benéficas de su comunidad, pero ellos se quejaron de que ya tenían bastante con ocuparse de sus inversiones.

»Después de aquello, las cosas empeoraron. En el aeropuerto de Washington había cientos de policías por culpa de no sé qué alarma. Me registraron dos veces al pasar por los controles de seguridad y vi cómo a un hombre le daba un ataque al corazón en la sala de espera. Mi avión sufrió un retraso de seis horas. Maté el tiempo bebiendo y viendo la televisión en el bar del aeropuerto. Más crímenes y destrucción. Más contaminación. Todas aquellas noticias me decían sólo una cosa: «Asústate». Por su parte, la publicidad me decía que comprara objetos que no necesitaba. El mensaje era que la gente podía ser dos cosas: o víctimas pasivas o consumidores.