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– New Harmony ayuda a difundir información sobre la Gran Máquina -añadió Rebecca-. Hace unos años, la Casa Blanca propuso algo llamado el «documento de identidad Enlace de Protección». El Congreso rechazó el proyecto, pero tengo entendido que en las grandes compañías usan algo parecido. Dentro de unos años, el gobierno volverá a plantearlo y lo convertirá en obligatorio.

– Pero lo cierto es que ustedes no se han apartado de la vida moderna -comentó Maya-. Tienen electricidad y ordenadores.

– Y una medicina moderna -dijo Joan-. Suelo consultar con otros especialistas a través de internet, y también tenemos un seguro médico colectivo para las enfermedades más graves. No sé si se debe al ejercicio, a la dieta o a la falta de estrés, pero la gente de nuestra comunidad rara vez cae enferma.

– Nuestra intención no era escapar del mundo moderno y convertirnos en campesinos medievales -comentó Martin-. Nuestro objetivo era hacernos con el control de nuestras vidas y demostrar que nuestra tercera vía podía funcionar. Existen otros grupos como New Harmony, con la misma combinación de tecnologías nuevas y antiguas, y todos están conectados a través de internet. Hace menos de dos meses se puso en marcha una nueva comunidad en Canadá.

Hacía rato que Gabriel no había dicho palabra, aunque seguía mirando fijamente a Martin.

– Dígame una cosa: ¿cómo se llamaba ese Viajero suyo? -preguntó.

– Matthew.

– ¿Y su apellido?

– Nunca nos lo dijo -repuso Martin-. No creo que tuviera permiso de conducir.

– ¿Tiene alguna fotografía de él?

– Creo que tengo una en el armario -contestó Rebecca-. ¿Quiere que vaya a…?

– No hace falta -terció Antonio-. Yo tengo una. -Se metió la mano en el bolsillo de atrás y sacó una agenda de piel rebosante de notas, recibos y bocetos de construcción. La puso en la mesa y empezó a pasar las páginas hasta que sacó una pequeña fotografía-. Mi mujer la hizo cuatro días antes de que el Viajero se marchara. Esa noche cenó en mi casa.

Sosteniendo la foto como si de una preciosa reliquia se tratara, Antonio se la entregó por encima de la mesa. Gabriel la cogió y la observó largo rato.

– ¿Y cuándo se la hizo?

– Hará unos ocho años.

Gabriel los miró a todos. En su rostro se leía dolor, esperanza y alegría.

– Es mi padre. Se supone que debería estar muerto, consumido por el fuego, pero aquí está, sentado al lado de usted.

40

Gabriel se sentó bajo el nocturno cielo y examinó la arrugada instantánea de su padre. Más que cualquier otra cosa, deseaba que Michael estuviera allí con él. Los dos hermanos habían contemplado juntos los calcinados restos de su granja de Dakota del Sur y juntos habían conducido por todo el país, hablando en voz baja por las noches, mientras su madre dormía. ¿Acaso su padre seguía con vida? ¿Estaría buscándolos?

Los Corrigan lo habían buscado sin descanso, esperando verlo en una parada de autobús o en la ventana de un café. A veces, cuando entraban en una nueva ciudad, ambos hermanos intercambiaban una mirada, nerviosos y emocionados. Quizá su padre viviera allí. Quizá estuviera cerca, muy cerca, a pocas manzanas. Hasta que llegaron a Los Ángeles Michael no declaró que ya estaba bien de hacerse ilusiones, que su padre estaba muerto y desaparecido para siempre y que lo mejor era olvidarse del pasado y seguir adelante.

Mientras las estrellas brillaban en lo alto, Gabriel interrogó a los cuatro miembros de New Harmony. Antonio y los demás se mostraron deseosos de ayudar, pero no pudieron decirle gran cosa. No sabían cómo localizar al Viajero, y éste no les había dejado ninguna dirección ni se había puesto en contacto con ellos.

– ¿Mencionó alguna vez que tenía familia, esposa e hijos?

Rebecca apoyó la mano en el hombro de Gabriel.

– No. Nunca habló de eso.

– ¿Qué les dijo cuando se despidió?

– Nos abrazó a todos y se quedó un momento en el umbral. -La voz de Martin estaba llena de emoción-. Nos dijo que habría gente muy poderosa que intentaría asustarnos e inculcarnos odio, que intentarían controlar nuestras vidas y desorientarnos…

– Con deslumbrantes fantasías -terció Joan.

– Sí. Con deslumbrantes fantasías, pero que nunca debíamos olvidar que la Luz anidaba en nuestros corazones.

La fotografía -y la reacción de Gabriel ante ella- resolvió al menos un problema: Antonio se convenció de que ni él ni Maya eran espías de la Tabula. Mientras acababan sus copas, les contó que la comunidad protegía a un Rastreador y que dicha persona vivía en un lugar aislado a unos cuarenta kilómetros de distancia hacia el norte. Si todavía deseaban ir a verlo, él se ofrecía a acompañarlos a la mañana siguiente.

Maya permaneció en silencio mientras regresaban a la Casa Azul. Cuando llegaron a la puerta, se adelantó y entró la primera. En aquel acto sugería precaución, como si en cualquier lugar al que llegaran pudieran ser objeto de alguna agresión. La Arlequín no encendió las luces. Parecía haber memorizado la ubicación de todo el mobiliario. Rápidamente inspeccionó toda la casa. Luego, los dos se encontraron cara a cara en el salón.

– No pasa nada, Maya. Aquí estamos seguros.

La Arlequín meneó la cabeza, como si él hubiera dicho una tontería. La seguridad no era más que otra palabra vacía, otra ilusión.

– Nunca conocí a tu padre y no sé dónde está -dijo Maya-, pero me gustaría decirte una cosa: quizá hizo lo que hizo para protegeros. Vuestra casa fue destruida y vosotros tuvisteis que ocultaros. Según nuestro espía, la Tabula os creía muertos. Habríais seguido a salvo si Michael no hubiera entrado en la Red.

– Puede que ésa fuera la razón, pero yo todavía…

– Todavía quieres ver a tu padre.

Gabriel asintió.

– Quizá lo encuentres algún día. Si tienes el poder de convertirte en Viajero es posible que lo encuentres en otro dominio.

Gabriel se metió en la cama. Intentó dormir, pero le fue imposible. Mientras un frío viento atravesaba el valle y agitaba las contraventanas, Gabriel se sentó en la cama y probó a convertirse en Viajero. Nada de aquello era real. Su cuerpo no era real y podía abandonarlo cuando quisiera. Así de fácil.

Durante más de una hora debatió consigo mismo. Suponiendo que tuviera el don, todo lo que debía hacer era aceptar el hecho. A más B igual a C. Cuando la lógica no funcionó, cerró los ojos y se dejó arrastrar por sus propias emociones. Si fuera capaz de liberarse de su prisión carnal, quizá pudiera localizar a su padre y hablar con él. En su mente, Gabriel intentó salir de la oscuridad y entrar en la luz, pero al abrir los ojos se vio sentado en la cama igual que antes. Furioso y frustrado golpeó el colchón con los puños.

Al final se quedó dormido; se despertó al amanecer con la tosca manta enrollada alrededor del cuerpo. Cuando las sombras se desvanecieron del salón, Gabriel se vistió y bajó de la cama. En el cuarto de baño no había nadie, y tampoco en el dormitorio. Fue por el pasillo hasta la cocina y miró por la rendija de la puerta. Maya estaba sentada con el estuche de la espada en el regazo, contemplando un rectángulo de luz en el suelo de baldosas rojas. La espada y la concentrada expresión de Maya le hicieron pensar que la Arlequín se había aislado de cualquier contacto humano. Se preguntó si podía existir una vida más solitaria que aquélla, siempre perseguido, siempre listo para luchar y morir.

Maya se volvió ligeramente cuando Gabriel entró en la cocina.

– ¿Nos han dejado algo para desayunar? -preguntó.

– Hay té y café soluble en la alacena; leche, mantequilla y pan en la nevera.

– Para mí es suficiente. -Gabriel llenó el hervidor y lo puso en el hornillo eléctrico-. ¿Por qué no te has preparado nada?

– No tengo hambre.

– ¿Sabes algo de ese Rastreador? -preguntó Gabriel-. ¿Es joven, viejo? ¿De dónde es? Ayer por la noche no nos dieron ninguna información.