– El Rastreador es el secreto de esta comunidad. Ocultarlo es su acto de rebelión ante la Gran Máquina. Antonio tenía razón en una cosa: esta comunidad podría meterse en un lío muy gordo si la Tabula llegara a saber que estamos aquí.
– ¿Y qué pasará cuando encontremos a ese Rastreador? ¿Vas a quedarte para ver cómo me estrello?
– Tendré otras cosas que hacer. No olvides que la Tabula te sigue buscando. He de hacerles creer que estás en otra parte.
– ¿Y cómo piensas conseguirlo?
– Me dijiste que cuando os separasteis en la fábrica de confección, tu hermano te dio dinero y una tarjeta de crédito.
– A veces he usado sus tarjetas -contestó Gabriel-. Yo nunca he tenido ninguna.
– ¿Me la prestarías?
– ¿Y qué pasa con la Tabula? ¿Acaso no localizarán el número?
– En eso confío. Utilizaré la tarjeta y tu moto.
Gabriel no quería desprenderse de la motocicleta, pero sabía que Maya estaba en lo cierto. La Tabula conocía la matrícula y tenía una docena de maneras de localizarla. Cualquier resto de su anterior vida debía ser descartado.
– De acuerdo.
Gabriel le entregó la tarjeta de Michael y las llaves de la moto. Tuvo la impresión de que Maya deseaba decirle algo importante, pero ella se levantó sin pronunciar palabra y se encaminó hacia la puerta.
– Tómate el desayuno -le aconsejó-. Antonio llegará en cualquier momento.
– Puede que todo acabe en una simple pérdida de tiempo, que yo no sea ningún Viajero.
– Tengo en cuenta esa posibilidad.
– Pues no arriesgues la vida ni hagas ninguna locura.
Maya lo observó y sonrió. En ese instante, Gabriel sintió como si existiera un estrecho vínculo entre ambos. No como amigos, sino como soldados del mismo ejército. Luego, y por primera vez desde que se conocían, oyó reír a la Arlequín.
– Todo es una locura, Gabriel. Pero cada uno ha de encontrar su propia sensatez.
Antonio Cárdenas llegó diez minutos más tarde y les dijo que los conduciría a donde vivía el Rastreador. Gabriel recogió la espada de jade y la mochila con su ropa. En la plataforma de carga de la camioneta de Antonio había tres bolsas de lona llenas de comida enlatada, pan y verduras frescas de los invernaderos.
– Cuando el Rastreador se presentó, pasé un mes instalándole un generador eólico para que pudiera alimentar la bomba de agua y tener luz eléctrica -comentó Antonio-. Ahora sólo voy por allí cada quince días con provisiones.
– ¿Qué clase de persona es? -preguntó Gabriel-. No nos has explicado casi nada.
Antonio se despidió con la mano de unos niños cuando la camioneta enfiló la carretera.
– El Rastreador es una persona muy fuerte. Dile la verdad y todo irá bien.
Llegaron a la carretera de San Lucas, pero a los pocos kilómetros se desviaron por un camino asfaltado que se adentraba en línea recta en el desierto. Por todas partes había letreros de «No pasar», algunos colgaban de postes, otros yacían boca arriba en el suelo.
– Antes esto era una base de misiles -explicó Antonio-. Estuvo en activo durante treinta años. Todo vallado. Alto secreto. Luego, el Departamento de Defensa retiró los misiles y vendió los terrenos al Departamento de Sanidad del condado. Cuando las autoridades ya no los quisieron, nuestro grupo compró las ciento sesenta hectáreas.
– Parece un erial -dijo Maya.
– Como verán, para el Rastreador tiene ciertas ventajas.
Alrededor del vehículo se extendían cactos y matorrales. El camino asfaltado desapareció bajo la arena durante unos cientos de metros y volvió a surgir. A medida que la carretera ganaba altura, empezaron a pasar ante acumulaciones de roca rojiza y bosquecillos de yucas. Los bulbosos arbolillos alzaban sus puntiagudas hojas hacia lo alto como los brazos de un profeta orando al cielo. El calor era intenso y el sol parecía crecer en el firmamento.
Tras veinte minutos de prudente conducción, llegaron a una valla de alambre de espino y una verja medio caída.
– A partir de aquí tendremos que ir a pie -anunció Antonio.
Los tres se apearon del vehículo y, echándose a la espalda las bolsas de provisiones, se colaron por un agujero de la alambrada y siguieron por la carretera.
En la distancia, Gabriel vio uno de los generadores eólicos de Antonio. El calor que subía del suelo hacía reverberar la torre. Antes de que pudiera reaccionar, una serpiente se arrastró atravesando el asfalto. Tenía casi un metro de largo, una cabeza redondeada y el negro cuerpo atravesado por anchas rayas color crema. Maya se detuvo y se llevó la mano al estuche de la espada.
– No es venenosa -dijo Gabriel-. Creo que es una culebra de anillos. Normalmente son bastante tímidas.
– Es una serpiente real -explicó Antonio-. Y las de por aquí no son tímidas en absoluto.
Siguieron caminando y vieron una segunda serpiente entre la arena. Luego, una tercera calentándose en el asfalto. Todas eran negras, pero el color y tamaño de los anillos parecían variar: blanco, amarillo pálido o crema.
Más serpientes empezaron a aparecer en la carretera, y Gabriel dejó de contar. Docenas de reptiles se retorcían y siseaban mirando a su alrededor con sus negros ojillos. Maya parecía nerviosa, casi asustada.
– ¿No te gustan las serpientes?
Bajó los brazos e intentó relajarse.
– No suelen verse demasiadas en Inglaterra.
A medida que se aproximaban al generador eólico, Gabriel vio que había sido construido al lado de una losa de hormigón del tamaño de un campo de fútbol. Parecía un enorme bunker de ametralladoras abandonado por el ejército. Inmediatamente al sur, había una pequeña caravana de aluminio que reflejaba la luz del desierto. Una tela de paracaídas había sido dispuesta sobre unos postes para dar sombra a una mesa de madera y una serie de cajas de plástico llenas de provisiones y herramientas.
El Rastreador se hallaba de rodillas, en la base del generador eólico, soldando una riostra de refuerzo. Vestía vaqueros, una camisa a cuadros de manga larga y gruesos guantes de cuero. Un casco de soldador le ocultaba el rostro, y parecía estar concentrado en la llama mientras unía dos piezas de metal.
Una serpiente real pasó deslizándose, casi rozando la punta de la bota de Gabriel, que vio cientos de negras formas serpentinas a ambos lados de la carretera, señal del paso de reptiles sobre el seco terreno.
A unos diez metros de la torre, Antonio gritó y agitó los brazos. El Rastreador lo oyó, se incorporó y se levantó el casco de soldador. Al principio, Gabriel pensó que el Rastreador era un anciano de blancos cabellos, pero al acercarse se dio cuenta de que iba a encontrarse con una mujer de más de setenta años. Tenía una ancha frente y una recta nariz. Era un rostro de gran fuerza, sin un ápice de sentimentalismo.
– Buenos días, Antonio. Veo que esta vez has venido con algunos amigos.
– Doctora Briggs, él es Gabriel Corrigan. Es hijo de un Viajero y quiere averiguar si…
– Sí, desde luego. Bienvenido. -La doctora tenía un marcado acento de Nueva Inglaterra. Se quitó uno de los guantes y estrechó la mano de Gabriel-. Soy Sophia Briggs. -Sus dedos eran fuertes, y sus ojos, azul verdoso, poseían un brillo intenso y crítico. Gabriel tuvo la sensación de estar siendo escrutado. Luego, la doctora se apartó de él-. ¿Y usted, es…?
– Me llamo Maya. Soy amiga de Gabriel.
La doctora reparó en el negro estuche de metal que colgaba del hombro de Maya y comprendió lo que contenía.
– Qué interesante. Creía que todos los Arlequines habían muerto, aniquilados tras algún acto autodestructivo. Puede que sea usted demasiado joven para esta tarea.
– Y quizá usted sea demasiado vieja para la suya.
– Noto cierto carácter, cierta rebeldía. Eso me gusta.
Sophia volvió a la caravana y tiró el equipo de soldador en una caja de leche que había en el suelo. Sorprendidas por el ruido, dos grandes serpientes reales salieron de entre las sombras de debajo de la caravana y serpentearon hasta la torre.