A pesar de que la Tabula pretendía liquidarlo, no tenía intención de huir. Existían razones prácticas: necesitaba recibir el pago de cinco mil dólares de los Arlequines; pero, además, permanecer en Los Ángeles encajaba con su estilo de lucha. Hollis era especialista en el contraataque. Siempre que luchaba en un torneo, dejaba que su oponente atacara al principio de cada ronda. Recibir un puñetazo hacía que se sintiera fuerte y lo motivaba. Quería que el malo hiciera el primer movimiento para poder acabar con él.
Cargó su rifle de asalto y se sentó en las sombras del salón. Mantuvo la radio y el televisor apagados. Luego, a modo de cena, se tomó unos cereales de desayuno. De vez en cuando Garvey se paseaba ante él con la cola en alto, mirándolo con escepticismo. Cuando se hizo la oscuridad, trepó al tejado de su casa con una colchoneta y un saco de dormir. Oculto por el aparato de aire acondicionado, se tumbó boca arriba y contempló el cielo. Maya había dicho que la Tabula usaba detectores térmicos para ver a través de las paredes. Hollis podía defenderse a la luz del día, pero no quería que los asesinos de la Tabula supieran dónde dormía. Dejó encendido el compresor del aire acondicionado y confió en que el calor del motor disimulara el de su propio cuerpo.
Al día siguiente, el cartero llegó con un paquete procedente de Alemania: dos libros sobre alfombras orientales. Entre las páginas no había nada, pero cuando cortó las tapas con una hoja de afeitar, encontró cinco mil dólares en billetes de cien. La persona que había efectuado el pago incluía la tarjeta de un estudio de grabación alemán. Al dorso, estaba escrita una dirección de internet y un breve mensaje: «¿Se siente solo? Hay nuevos amigos que lo esperan». Hollis sonrió para sí mientras contaba el dinero. «Nuevos amigos que lo esperan.» Arlequines. Los de verdad. Bien, si volvía a toparse con la gente de la Tabula, iba a necesitar apoyo.
Hollis saltó el muro que lo separaba de la casa de al lado y habló con su vecino, un antiguo jefe pandillero llamado Deshawn Fox que se dedicaba a vender llantas de coche. Le dio mil ochocientos dólares y le pidió que le comprara una camioneta con una cubierta de acampada para la plataforma de carga.
Tres días más tarde, el vehículo estaba aparcado ante la casa de Deshawn cargado con ropa, provisiones y munición. Mientras Hollis buscaba material de acampada, Garvey se escondió en el espacio que había entre las vigas y el techo. Hollis intentó hacerlo bajar tentándolo con un ratón de goma y un plato de atún en conserva. Sin embargo, el felino siguió en su refugio.
Un camión de la compañía eléctrica aparcó entonces, y tres tipos con casco fingieron reparar una línea eléctrica de la esquina. También apareció un nuevo cartero, un hombre de mediana edad con el cabello cortado al estilo militar que llamó al timbre durante varios minutos antes de marcharse. Tras la puesta de sol, Hollis volvió a subir al tejado con su rifle y unas botellas de agua. Las luces de la calle y la contaminación hacían imposible que se vieran las estrellas; a pesar de todo, se tumbó boca arriba y contempló los aviones que daban vueltas en su aproximación al aeropuerto de Los Ángeles. Intentó no pensar en Vicki Fraser, pero su rostro no se le borró de la mente. La mayoría de las chicas de la congregación se mantenían vírgenes hasta que se casaban. Hollis se preguntó si ella lo era o si tendría algún amiguito secreto.
Se despertó a las dos de la madrugada, cuando la verja de la calle hizo un poco de ruido. Unos cuantos hombres saltaron por encima y entraron en el jardín. Pasaron unos segundos antes de que los mercenarios de la Tabula forzaran la puerta trasera y penetraran en la casa.
– ¡No está aquí! -gritó alguien.
– ¡Aquí tampoco! -dijo otro.
Platos y cacerolas se estrellaron en el suelo.
Transcurrieron diez o quince minutos. Hollis oyó que cerraban la puerta trasera. Luego, dos coches pusieron en marcha sus motores y se alejaron. Hollis se colgó el rifle del hombro y bajó del tejado. Cuando sus pies tocaron el suelo quitó el seguro del arma.
Agachado en el parterre escuchó la rítmica música de un coche que pasaba. Se disponía a saltar el muro hacia casa de Deshawn cuando se acordó del gato. Era probable que los de la Tabula hubieran asustado a Garvey mientras registraban la vivienda.
Abrió la puerta de atrás y se deslizó hasta la cocina. Por las ventanas apenas entraba luz, pero le bastó para comprobar que los mercenarios la habían dejado patas arriba. Las puertas de los armarios estaban abiertas y su contenido desparramado por el suelo. Pisó sin querer los restos de loza y el ruido le hizo dar un respingo. «Tranquilo», se dijo. Los malos se habían ido.
La cocina se encontraba en la parte de atrás de la casa. Un corto pasillo conducía al cuarto de baño, al dormitorio y a la estancia que había convertido en gimnasio. Al final del corredor, otra puerta daba al salón en forma de «L». La parte larga de la «L» era donde escuchaba música y veía la televisión, la más pequeña la había convertido en lo que llamaba su «sala de recuerdos», donde tenía colgadas las fotos de su familia, viejos trofeos de kárate y un libro de recortes sobre su trayectoria como luchador profesional en Brasil.
Hollis abrió la puerta que daba al pasillo y percibió un desagradable olor que le recordó la sucia jaula de algún animal.
– ¿Garvey? -llamó acordándose del gato-. ¿Dónde demonios estás?
Con cuidado se movió a lo largo del pasillo y descubrió una mancha en el suelo. Sangre y pedazos de pellejo. Aquellos hijos de puta de la Tabula habían encontrado a Garvey y lo habían destripado.
El olor se hizo más intenso cuando llegó a la puerta que daba a la sala. Permaneció allí un minuto, pensando en el gato. Entonces, oyó un sonido parecido a una estridente risotada que provenía del otro lado. Se preguntó si sería algún tipo de animal y si los de la Tabula habían dejado un perro de guardia.
Levantó el rifle, abrió la puerta de golpe y entró en el salón. La luz de la calle se filtraba a través de las sábanas que utilizaba a modo de cortinas, pero pudo ver que un animal de considerable tamaño descansaba sobre sus cuartos traseros en el rincón más alejado, cerca del sofá. Hollis dio un paso adelante y se sorprendió al comprobar que no se trataba de un perro, sino de una hiena. Era corpulenta, con orejas puntiagudas y una poderosa mandíbula. Cuando la bestia vio a Hollis, descubrió los colmillos y sonrió.
Una segunda hiena, con el pelaje a manchas, salió de entre las sombras del rincón de las fotos. Los dos animales intercambiaron una mirada, y el líder, el del sofá, dejó escapar un grave gruñido. Intentando mantener la distancia, Hollis se desplazó hacia la puerta principal, cerrada con llave. Entonces, oyó un agudo ladrido y vio que una tercera hiena se acercaba por el pasillo. Aquella tercera bestia había permanecido oculta esperando a que él entrara en la sala de estar.
Las tres hienas empezaron a moverse formando un triángulo con él en el centro. Hollis percibió su apestoso olor y oyó el roce de sus garras en el suelo de madera. Se le hacía difícil respirar. Un intenso miedo se apoderó de él. El líder de la manada rió y mostró los colmillos.
– ¡Vete al infierno! -gritó Hollis abriendo fuego con el rifle.
Primero disparó contra el líder. Luego se volvió ligeramente y soltó una ráfaga contra la hiena manchada del rincón de las fotos. La tercera fiera se abalanzó sobre él justo cuando Hollis se tiraba de lado. Notó un dolor lacerante en el brazo izquierdo al dar contra el suelo. Rodó a un lado y vio que la tercera hiena se daba la vuelta, lista para atacar. Apretó el gatillo y acertó al animal desde abajo. Las balas perforaron el pecho de la hiena y la arrojaron contra la pared.