La civilización que aparecía en las páginas del Arizona Republic parecía ser violenta y cruel. A pesar de todo, también presentaba aspectos positivos. Gabriel disfrutó leyendo un artículo sobre una pareja de Phoenix que llevaba cincuenta años casada. Tom Zimmerman era un electricista a quien le gustaban los trenes en miniatura. Su mujer, Elizabeth, era una antigua maestra de escuela y una activa miembro de la Iglesia metodista. Tumbado en su camastro, estudió la vieja foto de aniversario de la pareja. Ambos sonreían a la cámara y se cogían de la mano. Estando en Los Ángeles, Gabriel había tenido algunas relaciones con mujeres. Sin embargo, esas experiencias se le antojaban de lo más distantes. La foto de los Zimmerman era la prueba de que el amor podía sobrevivir a las furias de ese mundo.
El viejo diario y el pensar en Maya fueron sus únicas distracciones. Normalmente, se aventuraba por el túnel principal y se encontraba con Sophia Briggs. El año anterior, la mujer había contado todas las serpientes del silo y en esos momentos estaba llevando a cabo un nuevo censo para comprobar si su población había aumentado. Para ello les pintaba el lomo con un aerosol de pintura no tóxica y así sabía que ese ejemplar ya había sido registrado. Gabriel se acostumbró a ver serpientes reales con manchas de naranja fluorescente en la punta de la cola.
En su sueño, Gabriel caminaba por un largo pasadizo; entonces, abrió los ojos y se vio tumbado en la cama plegable. Después de beber un poco de agua y comer unas cuantas galletas, salió del dormitorio y encontró a Sophia en la sala de control abandonada. La bióloga se dio la vuelta y le dirigió una escrutadora mirada. Gabriel siempre se sentía como el alumno novato de una de sus clases en la universidad.
– ¿Qué tal ha dormido?
– Bien.
– ¿Ha encontrado la comida que le dejé?
– Sí.
Sophia vio una serpiente real deslizándose entre las sombras. Con un rápido movimiento, le roció la cola con pintura y contó el ejemplar con su contador manual.
– ¿Cómo va con esa preciosa gota de agua? ¿Ha conseguido ya cortarla en dos?
– Todavía no.
– Bueno, quizá la próxima vez. ¿Por qué no lo intenta?
Gabriel volvió a situarse ante la mancha de agua, mirando el techo y maldiciendo todos y cada uno de los Noventa y nueve caminos. La gota era demasiado pequeña y demasiado rápida. La hoja era demasiado estrecha. La tarea era demasiado imposible.
Al principio había intentado concentrarse en el acontecimiento en sí mismo, contemplando la gota a medida que se formaba, flexionando los músculos y agarrando la espada como si fuera un jugador de béisbol a la espera de un lanzamiento. Por desgracia, el suceso se desarrollaba sin ninguna previsibilidad. A veces, la gota tardaba veinte minutos en caer. A veces, caían dos gotas en apenas unos segundos.
A pesar de todo, golpeó con la espada. Masculló una imprecación y volvió a intentarlo. Lo invadía una furia tal que pensó en largarse del silo y regresar a San Lucas aunque fuera caminando. No era el príncipe perdido de los cuentos de su madre, solamente un joven idiota que se dejaba dar órdenes por una vieja medio chiflada.
Gabriel presentía que aquel día no iba a reportarle más que fracasos. No obstante, al permanecer allí, de pie con su espada, se fue olvidando de sí mismo y sus problemas. A pesar de que el arma seguía en sus manos, no tenía conciencia de estar sujetándola. La espada se había convertido en una simple prolongación de su mente.
La gota de agua cayó, pero pareció hacerlo a cámara lenta. Cuando asestó el golpe con la espada y vio que la hoja cortaba la gota en dos, Gabriel se hallaba fuera de su propia experiencia. En ese instante el tiempo se detuvo, y él lo vio todo con claridad: la espada, sus manos y la gota flotando en dos direcciones opuestas.
El tiempo empezó a fluir de nuevo, y la sensación se desvaneció. Únicamente habían transcurrido unos segundos, pero le habían parecido un atisbo de eternidad. Gabriel dio media vuelta y echó a correr por el túnel.
– ¡Sophia! ¡Sophia! -gritó mientras su voz resonaba entre las paredes de hormigón.
Ella seguía en la sala de control, escribiendo en su cuaderno de notas.
Gabriel tartamudeó como si la lengua no le funcionara.
– Yo… Yo… He cortado la gota, la he cortado con la espada de jade.
– Bien. Muy bien. -Cerró la libreta-. Está haciendo progresos.
– Hay otra cosa, pero es difícil de explicar. Mientras ocurría tuve la impresión de que el tiempo se ralentizaba.
– ¿Vio eso?
Gabriel bajó la vista.
– Ya sé que suena a locura…
– Nadie puede detener el tiempo -dijo Sophia-, pero hay gente que es capaz de centrar sus sentidos más allá de los límites normales. Quizá tuvo la impresión de que el mundo giraba más despacio, pero todo estaba en su cabeza. Su percepción estaba acelerada. De vez en cuando, los grandes atletas son capaces de lograr algo parecido. Una pelota les llega volando por el aire, y pueden verla con total precisión. Algunos músicos son capaces de oír cada instrumento de una orquesta sinfónica tocando a la vez. Es algo que incluso puede ocurrirle a la gente normal cuando reza o medita.
– ¿Y les ocurre a los Viajeros?
– Los Viajeros son distintos a la mayoría de nosotros porque pueden aprender a controlar ese tipo de percepción intensificada. Eso les confiere el poder de ver el mundo con una tremenda claridad. -Sophia estudió el rostro de Gabriel como si los ojos del joven fueran a darle la respuesta-. ¿Puede hacer eso, Gabriel? ¿Puede apretar un interruptor en su mente y hacer que el mundo se detenga o se ralentice durante un rato?
– No. Fue algo que me ocurrió sin pretenderlo.
Sophia asintió.
– Entonces hemos de seguir trabajando. -Cogió la lámpara de queroseno y se dispuso a salir de la sala-. Probemos con el camino diecisiete para ayudarle con su sentido del equilibrio y el movimiento. Cuando el cuerpo de un Viajero se mueve un poco, ayuda a que la Luz se libere.
Unos minutos más tarde, se encontraban en una cornisa construida a media altura en el silo de veinte metros que había albergado la antena de radio de la instalación. Una viga de acero de unos ocho centímetros lo atravesaba de lado a lado. Sophia alzó la lámpara y mostró a Gabriel que había una caída de más de diez metros hasta el fondo lleno de material de desecho.
– Hay un penique en medio de la viga. Vaya a buscarlo.
– Si me caigo me romperé ambas piernas.
Sophia volvió a alzar la linterna y miró hacia abajo como si Gabriel le hubiera formulado una pregunta.
– En efecto, podría romperse las piernas, pero me parece más probable que se parta los tobillos. Claro que, si cae de cabeza, se puede matar. -Bajó la lámpara y asintió-. En marcha.
Gabriel respiró hondo y caminó de lado sobre la viga para poder apoyar el centro de la planta del pie. Con mucho cuidado, empezó a arrastrar un pie detrás del otro alejándose de la cornisa.
– Así no se hace -le dijo Sophia-. Hay que caminar poniendo un pie delante del otro.
– Así es más seguro.
– No. No lo es. Debería tener los brazos extendidos a los lados perpendicularmente a la viga y concentrarse en su respiración, no en su miedo.
Gabriel volvió la cabeza para hablar con la bióloga y perdió el equilibrio. Osciló adelante y atrás durante unos segundos y después se agachó y se aferró con ambas manos a la viga. Una vez más perdió el equilibrio y tuvo que ponerse a caballo sobre el hierro. Tardó más de dos minutos en volver a la cornisa.
– Eso ha sido patético, Gabriel. Vuelva a intentarlo.
– Ni hablar.
– Si quiere llegar a ser un Viajero…
– Lo que no quiero es matarme. Deje de pedirme que haga cosas que ni usted misma es capaz de hacer.