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El tanque estaba lleno de un líquido espeso y verdoso que se movía y giraba lentamente formando remolinos. Pequeñas explosiones, como relámpagos, destellaban en distintas zonas del líquido. Michael percibió un zumbido y, en el aire, un olor como si alguien hubiera quemado hojas muertas.

– Éste es nuestro ordenador cuántico -dijo Nash-. Es un conjunto de electrones flotando en helio líquido ultracongelado. La energía que atraviesa el helio fuerza a los electrones a interactuar y a llevar a cabo procesos lógicos.

– Parece una pecera.

– En efecto. Sólo que los peces de colores aquí son partículas subatómicas. La teoría cuántica nos ha demostrado que, durante un brevísimo período de tiempo, las partículas de materia pasan a otra dimensión y después regresan.

– Igual que un Viajero.

– Y eso fue lo que ocurrió, Michael. Durante nuestros primeros experimentos con el ordenador cuántico empezamos a recibir mensajes de otra dimensión. Al principio no sabíamos qué ocurría. Pensamos que se trataba de un error en el software. Entonces, uno de nuestros científicos se dio cuenta de que habíamos recibido versiones binarias de ecuaciones matemáticas estándar. Cuando nos decidimos a enviar mensajes similares, empezamos a recibir otros que nos mostraron cómo crear un ordenador aún más potente.

– ¿Y fue así como construyeron esta máquina?

– Lo cierto es que ésta es nuestra tercera versión. El proceso de evolución ha sido continuo. Cada vez que mejorábamos el diseño, recibíamos información más avanzada. Fue como construir una serie de radios cada vez más potentes. Los sucesivos modelos nos permitieron escuchar más y mejor y recibir más información. Además, hemos aprendido otras cosas aparte de ordenadores. Nuestros nuevos amigos nos han enseñado el modo de manipular cromosomas y crear nuevas especies híbridas.

– ¿Y qué quieren? -preguntó Michael.

– Esa otra civilización lo sabe todo acerca de los Viajeros, y me parece que tienen un poco de envidia. -A Nash parecía hacerle gracia-. Están atrapados en su propio dominio, pero les gustaría visitar nuestro mundo.

– ¿Y eso es posible?

– El ordenador cuántico lo ha estado siguiendo a usted mientras cruzaba las barreras. Por eso le colocamos los electrodos en el cerebro. Usted es el explorador que nos proporcionará el mapa que nuestros nuevos amigos necesitan. Nos han prometido que, si usted logra cruzar a otro dominio, nos entregarán el diseño de un ordenador aún más potente.

Michael se acercó al ordenador cuántico y contempló los pequeños relampagueos. Nash creía comprender el poder en todas sus formas; pero de repente, Michael se dio cuenta de las limitaciones de la visión del general. La Hermandad estaba tan obsesionada por controlar la humanidad que no miraban más allá.

«Yo soy el guardián de la puerta -pensó Michael-. Soy yo quien controla lo que sucede. Si esa otra civilización quiere entrar en nuestro mundo, seré yo el que decida el modo en que vaya a ocurrir.»

Respiró profundamente y se alejó del ordenador cuántico.

– Muy impresionante, general. Juntos vamos a realizar grandes cosas.

47

Maya cogió el desvío equivocado en el desierto y se perdió buscando la base militar abandonada. Cuando encontró la verja de alambre de espino y la desvencijada puerta, ya se había hecho tarde.

Normalmente se sentía cómoda vistiendo ropa oscura hecha a medida, pero era algo que habría llamado la atención en ese entorno. En su paso por Las Vegas había comprado un pantalón ancho, camisetas y una falda en una tienda del Ejército de Salvación. Esa tarde vestía una falda plisada y un suéter de algodón -lo propio de cualquier colegiala inglesa- y calzaba unos robustos zapatos de puntera metálica, muy efectivos cuando se trataba de lanzar una patada.

Salió de la furgoneta, se echó al hombro el estuche de la espada y se miró en el retrovisor. Fue un error. Sus enmarañados y negros cabellos parecían un revoltijo.

«No importa -se dijo-. Sólo estoy aquí para protegerlo.»

Se encaminó hacia la verja y vaciló; se sentía impulsada a volver a la furgoneta para peinarse.

Estaba furiosa y casi gritaba de rabia, pero no por ello dejó de peinarse rápidamente.

«Idiota -se repetía-. Maldita idiota. Eres una Arlequín. A él no le importas ni tú ni tu pelo.»

Cuando hubo acabado, arrojó el cepillo al interior de la furgoneta con un irritado gesto de la muñeca.

El aire del desierto se estaba haciendo más fresco y habían salido docenas de serpientes reales que reptaban por el asfalto. Dado que nadie la veía, Maya desenvainó la espada del estuche y la tuvo preparada por si alguna se acercaba demasiado. Admitir su propio miedo le resultó más frustrante incluso que el incidente con su pelo.

«No son peligrosas -dijo para sus adentros-. No seas cobarde.»

Pero su irritación fue desvaneciéndose a medida que se acercaba a la caravana aparcada al pie del generador eólico. Gabriel se encontraba sentado a la mesa de picnic, bajo la tela del paracaídas. Cuando la vio, agitó la mano y se puso en pie para saludarla. Maya estudió su expresión. ¿Parecía diferente? ¿Había cambiado? Gabriel sonrió como si acabara de regresar tras un largo viaje. Parecía contento de verla.

– Han pasado nueve días. Empecé a preocuparme por ti anoche, cuando no apareciste.

– Martin Greenwald me envió un mensaje por internet. Como no había tenido noticias de Sophia, supuse que todo iba bien.

La puerta de la caravana se abrió, y Sophia Briggs salió llevando una jarra de plástico y unos vasos.

– Y en este preciso instante todo sigue igual. Buenas tardes, Maya. Bienvenida. -Sophia dejó la jarra en la mesa y miró a Gabriel-. ¿Se lo ha dicho usted?

– No.

– Gabriel ha cruzado las cuatro barreras -dijo a Maya-. Ya puede considerarse la defensora de un Viajero.

En un primer momento Maya se sintió justificada. Todos los sacrificios habían valido la pena si se trataba de defender a un Viajero; pero otras posibilidades mucho más siniestras le cruzaron por la mente. Su padre había tenido razón: la Tabula se había vuelto demasiado poderosa. Al final acabaría encontrando a Gabriel y entonces él moriría. Todo lo que ella había hecho -localizarlo y ponerlo en manos del Rastreador- no había hecho más que empujarlo a su propia destrucción.

– Es fantástico -contestó-. Esta mañana me he puesto en contacto con nuestro amigo en París. Nuestro informador nos ha dicho que Michael también ha conseguido cruzar.

Sophia asintió.

– Nosotros nos enteramos antes que usted. Gabriel lo vio justo antes de salir de la barrera de fuego.

Mientras el sol se ponía, los tres se quedaron sentados bajo el paracaídas bebiendo limonada liofilizada. Sophia se ofreció a preparar la cena, pero Maya rechazó la idea. Hacía demasiado tiempo que Gabriel estaba allí y era el momento de marcharse. Sophia recogió una serpiente real que se había enroscado bajo la mesa y la llevó hasta el silo. Al volver parecía cansada y un poco triste.

– Adiós, Gabriel. Vuelva por aquí si puede.

– Lo intentaré.

– En la antigua Roma, cuando un general regresaba de una campaña victoriosa le organizaban un desfile de bienvenida por las calles de la ciudad. Primero iban las armaduras de los hombres que había matado y los estandartes capturados. A continuación, los prisioneros y sus familias seguidos del ejército del victorioso general con sus oficiales. Por último, aparecía el gran hombre en su carro dorado. Un sirviente llevaba las riendas de los caballos mientras que otro sostenía una corona de laurel encima de la cabeza del general al tiempo que le susurraba al oído: «Recuerda que no eres más que un mortal. Recuerda que no eres más que un mortal».

– ¿Me estás previniendo, Sophia?

– Un viaje a los otros dominios no siempre enseña a ser compasivo. Un Viajero Insensible es aquel que ha tomado el camino equivocado y utiliza su poder para traer más sufrimiento a este mundo.