Mostró su tarjeta de identificación al guardia más mayor de la recepción y le sonrió.
– Voy a las oficinas de Nations Stand Together en el piso veintitrés.
– Sitúese en el recuadro amarillo, señor Takawa.
Lawrence se colocó ante el escáner de iris, una gran caja gris instalada en el mostrador de seguridad. El vigilante apretó un botón, y una cámara fotografió los ojos de Lawrence; a continuación, comparó las imperfecciones de sus iris con los datos del archivo y brilló una luz verde. El guardia hizo un gesto de asentimiento a su joven colega hispano que había al final del mostrador.
– Enrique, por favor, acompañe al señor Takawa hasta la planta veintitrés.
El joven vigilante lo acompañó hasta los ascensores y pasó una tarjeta por el sensor. Lawrence se quedó solo. Mientras el ascensor ascendía en silencio, abrió el sobre marrón y sacó una tabla sujetapapeles con unos cuantos impresos de aspecto oficial. De haber llevado abrigo o maletín, algún empleado podría haberle preguntado adónde iba; pero un joven bien vestido y de aspecto confiado que llevara un sujetapapeles no podía ser otra cosa que un colega. Quizá se tratara de un recién incorporado al servicio informático que regresaba de su momento de descanso. Los ladrones no llevaban tazas de café recién hecho.
Lawrence localizó rápidamente la sala de correo y utilizó su tarjeta para entrar. Los buzones estaban situados en una de las paredes, y el correo ya había sido introducido en las ranuras correspondientes. En esos momentos, el encargado del reparto estaría seguramente empujando su carrito por el pasillo y no tardaría en volver. Lawrence tenía que encontrar el paquete y salir de allí lo antes posible.
Cuando Kennard Nash había mencionado la idea de conseguir una espada talismán, Lawrence había asentido obedientemente y prometido que encontraría una solución. Días más tarde llamó al general y le dio una respuesta tan imprecisa como le fue posible: los archivos de información indicaban que un Arlequín llamado Sparrow había resultado muerto en un enfrentamiento en el hotel Osaka y que existía la posibilidad de que la rama japonesa de la Hermandad hubiera conseguido hacerse con la espada del muerto.
Kennard Nash dijo que se pondría en contacto con sus amigos en Tokio. La mayoría de ellos eran influyentes hombres de negocios convencidos de que los Viajeros ponían en peligro la estabilidad de la sociedad japonesa. Cuatro días después, Lawrence utilizó el código de acceso del general para acceder a su archivo de mensajes. «Hemos recibido su petición. Nos alegramos de poder serle útil. El objeto solicitado ha sido enviado al centro administrativo de Nueva York.»
Lawrence rodeó un panel y vio una caja de embalaje de plástico en un rincón. En la etiqueta se veían caracteres japoneses y una declaración de aduanas que describía el contenido como «Atrezo samurái para estreno de una película». La Hermandad no estaba dispuesta a confesar a las autoridades que enviaba una espada del siglo XIII, que era un tesoro nacional creado por uno de los Jittetsu.
Sobre una mesa había un cuchillo, y Lawrence lo utilizó para desgarrar la cinta de embalar y los sellos de la aduana. Abrió la tapa y se llevó una decepción al ver un conjunto de armaduras de fibra de vidrio hechas para una película. Pechera, casco, guanteletes… Y en el fondo de la caja, envuelta en papel marrón, una espada.
La cogió y, por su peso, supo que era demasiado pesada para estar hecha de fibra de vidrio. Arrancó rápidamente el papel que envolvía el mango y vio que los encastres eran de oro. La espada de su padre. Un talismán.
Boone siempre sospechaba cuando algún empleado conflictivo decidía no acudir a trabajar. Cinco minutos después de su conversación con el personal de Londres envió a un miembro de su equipo de seguridad a casa de Lawrence Takawa. Una furgoneta de vigilancia estaba aparcada frente a la vivienda cuando Boone llegó. Subió a la parte de atrás del vehículo y encontró a un técnico llamado Dorfman comiendo palomitas de maíz mientras observaba la pantalla de un dispositivo de imagen térmica.
– Takawa sigue en la casa, señor. Esta mañana llamó al centro de investigación y dijo que tenía gripe.
Boone se arrodilló en el suelo de la furgoneta y examinó la imagen. Unas débiles líneas mostraban las paredes y las cañerías. En el dormitorio se veía una mancha de calor.
– Eso es el dormitorio -dijo Dorfman-, y ahí está nuestro empleado enfermo. El Enlace de Protección sigue activo.
Mientras observaban, el cuerpo saltó de la cama y pareció arrastrarse hacia la puerta abierta. Vaciló unos segundos y volvió al colchón. Durante todo el rato, el cuerpo se mantuvo a no más de sesenta centímetros del suelo.
Boone abrió la puerta de la furgoneta de una patada y saltó a la calle.
– Creo que es hora de que vayamos a ver al señor Takawa o a lo que sea que esté tumbado en su cama.
Tardaron cuarenta y cinco segundos en forzar la puerta principal y entrar en el dormitorio de Lawrence. La colcha estaba llena de galletas para perro y en ella se hallaba tumbado un animal mestizo royendo un hueso. El can gimió levemente cuando Boone se acercó.
– Buen perro -murmuró éste-. Buen perro.
El animal tenía una bolsa de plástico atada al collar. Boone la cogió, la abrió y descubrió en el interior un Enlace de Protección cubierto de sangre.
Mientras Lawrence conducía hacia el sur por la Segunda Avenida, una gota de lluvia se estrelló en el parabrisas de su coche. Negras nubes encapotaban el cielo, y una bandera norteamericana flameaba furiosamente al viento. Se avecinaba tormenta. Iba a tener que conducir con cuidado. Lawrence tenía el dorso de la mano cubierto por un vendaje, y la herida aún le dolía. Echó un vistazo al asiento de atrás intentando olvidarse del dolor. El día antes había comprado un juego de palos de golf, una bolsa de palos y otra de viaje para llevarla. La espada y su funda estaban disimuladas entre los hierros y el putt.
Conducir hasta el aeropuerto era un riesgo calculado. Lawrence había considerado la posibilidad de comprar un coche usado que no tuviera GPS, pero la operación podría haber sido detectada por el sistema de seguridad de la Tabula. Lo último que deseaba era un ordenador preguntándole: «¿Por qué ha comprado otro coche, señor Takawa? ¿Qué le pasa al vehículo que le ha facilitado la Fundación Evergreen?».
El mejor camuflaje consistía en actuar de la manera más normal posible. Iría al aeropuerto Kennedy, embarcaría en un avión rumbo a México y llegaría a la ciudad turística de Acapulco a las ocho de la noche. En ese momento desaparecería de la Gran Máquina. En lugar de alojarse en un hotel, contrataría a uno de los chóferes mexicanos que esperaban en el aeropuerto y haría que lo llevara hacia el sur, a Guatemala. Pensaba contratar otros conductores a lo largo de tramos de doscientos kilómetros y alojarse en discretas pensiones. Cuando llegara a territorio centroamericano, podría evitar los escáneres faciales y los programas Carnivore puestos en marcha por la Hermandad.
Llevaba doce mil dólares cosidos en el forro de la gabardina. No tenía ni idea de cuánto tiempo le duraría ese dinero. Quizá tuviera que sobornar a las autoridades o comprar una casa perdida en el campo. El efectivo constituía su único recurso. Cualquier utilización de cheques o tarjetas de crédito podía ser detectada de inmediato por la Tabula.
Cayeron más gotas, dos o tres a la vez. Lawrence esperó a que un semáforo cambiara a verde y vio a la gente caminando presurosamente bajo sus paraguas, intentando encontrar un refugio antes de que la tormenta descargara. Giró a la izquierda y condujo hacia el este, en dirección al túnel de Midtown.