Justo cuando los cánticos aumentaban, la puerta del diácono que había cerca del altar se abrió y por ella entró Hollis Wilson. Los presentes dejaron de cantar, pero eso no pareció molestarlo. De pie ante la congregación, se metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un ejemplar con tapas de cuero de las Cartas escogidas de Isaac T. Jones.
– Tengo una confesión que hacer -dijo-. Tengo un testimonio para todos vosotros. En la Cuarta Carta, escrita desde Meridien, en Missouri, el Profeta dice que no hay hombre o mujer definitivamente perdidos. Todos, incluso el más miserable de los pecadores, puede tomar la decisión de volver a Dios y a su círculo de fieles.
Hollis miró al reverendo, y éste respondió de inmediato:
– Amén a eso, hermano.
La congregación dejó escapar un suspiro y pareció relajarse. Sí. Ante el altar había un hombre peligroso, pero a todos les resultaba familiar su estilo de confesión. Hollis miró a Vicki por primera vez y asintió imperceptiblemente, como si reconociera el especial vínculo que los unía.
– He vagado sin rumbo muchos años -continuó Hollis-. He llevado una vida desordenada, de pecado y desobediencia. Me disculpo ante quien haya herido u ofendido, pero no busco el perdón. En su Novena Carta, Isaac Jones nos dice que solamente Dios nos garantiza un perdón que brinda a hombres y mujeres por igual, a toda raza o nación bajo el sol. -Hollis abrió el libro y leyó un fragmento-: «Nosotros, que somos iguales a los ojos de Dios, deberíamos ser iguales a los ojos de la humanidad».
– Amén -dijo una anciana señora.
– Tampoco reclamo perdón por haberme unido a un Arlequín para luchar contra la Tabula. Al principio lo hice por dinero, igual que un asesino a sueldo; pero, ahora, se me ha caído la venda de los ojos y he visto el poder de la Tabula y sus planes para controlar y manipular a la gente de Nueva Babilonia.
»Durante muchos años, esta congregación se ha visto dividida por la cuestión de la Deuda No Pagada. Creo con toda firmeza que esa discusión ha perdido todo sentido. Zachary Goldman, León del Templo, murió con el Profeta. Eso es un hecho, y nadie lo discute. Sin embargo, lo importante es el mal que se está haciendo en este momento, la voluntad de la Tabula de traicionar a la humanidad. Tal como dijo el Profeta: «Los justos deben luchar contra el dragón tanto en las tinieblas como en la luz».
Vicki miró a su alrededor. Hollis había convencido a alguno de los presentes, pero de ningún modo al reverendo Morganfield. Los fieles de más edad asentían, rezaban y murmuraban «amén».
– Debemos apoyar a los Arlequines y sus aliados, no solamente con nuestras oraciones, sino con nuestros hijos e hijas. Por eso he venido hoy aquí. Nuestro ejército necesita la ayuda de Victory From Sin Fraser. Le pido a ella que se una a nosotros y comparta nuestros avatares.
Hollis alzó la mano e hizo un gesto como si dijera: «Ven conmigo». Vicki sabía que aquélla iba a ser la elección más decisiva de su vida. Cuando miró a su madre vio que Josetta estaba llorando.
– Quiero tu bendición -susurró Vicki.
– No vayas. Te matarán.
– Se trata de mi vida, madre. Es mi elección. Sabes que no puedo quedarme.
Sin dejar de llorar, Josetta abrazó a su hija. Vicki notó los brazos de su madre estrechándola fuertemente y al fin dejándola marchar. Todos la observaron cuando salió de la fila de bancos y se reunió junto a Hollis en el altar.
– Adiós -dijo Vicki a la congregación. Su tono la sorprendió: sonaba firme y confiado-. Es posible que en las próximas semanas pida protección y ayuda a alguno de vosotros. Id a casa, rezad y decidid si queréis apoyarnos.
Hollis la cogió de la mano y ambos se dirigieron rápidamente hacia la puerta. En el camino de acceso había aparcada una camioneta con un techo de acampada sobre la plataforma de carga. Al subir, Hollis se quitó la pistola automática del cinturón y la dejó entre los dos.
– Hay dos mercenarios de la Tabula ahí delante, al otro lado de la calle -le dijo-. Confiemos en que no haya un segundo grupo observándonos.
Despacio, condujo el vehículo hasta que se metió por un camino de tierra que discurría entre dos hileras de casas. Hollis siguió girando hasta que desembocaron a una calle asfaltada a varias manzanas de distancia de la iglesia.
– ¿Estás bien? -Vicki miró a Hollis y sonrió.
– Tuve un pequeño encuentro con tres segmentados, pero ya te lo contaré después. He estado dando vueltas por la ciudad, yendo a bibliotecas y utilizando sus ordenadores. Me he puesto en contacto con ese Arlequín francés, Linden. Es el tipo que me envió el dinero y amigo de Maya.
– ¿Quién más compone ese «ejército» del que hablabas?
– En estos momentos, sólo estamos tú y yo, Maya y Gabriel. Ella lo ha traído de vuelta a Los Ángeles, pero escucha esto atentamente. -Hollis golpeó el volante con el puño-: Gabriel ha logrado cruzar las barreras. Es un Viajero, un Viajero de verdad.
Vicki contempló el tráfico cuando se incorporaron a la autopista. Miles de personas se sentaban confinadas al volante de sus cajones metálicos. Aquellos ciudadanos clavaban los ojos en el coche de delante mientras escuchaban el ruido de sus radios y daban como cierto que aquel instante y lugar formaban la única realidad posible. En la mente de Vicki, todo había cambiado. Un Viajero había roto las ataduras que lo confinaban al mundo del presente. La autopista, con sus vehículos y sus conductores, no era la respuesta definitiva, únicamente una alternativa entre las posibles.
– Gracias por haber ido a la iglesia, Hollis. Era peligroso.
– Sabía que estarías allí y me acordaba del callejón. Además, necesitaba el permiso de la congregación. Me dio la impresión de que la mayoría de ellos me apoyaba.
– ¿A qué clase de permiso te refieres?
Hollis se reclinó en su asiento y rió.
– Nos estamos ocultando en Arcadia.
Arcadia era un campamento que la congregación tenía en las colinas del noroeste de Los Ángeles. Una mujer blanca llamada Rosemary Khun, a quien le gustaba cantar los himnos de los Jonesie, había donado a la comunidad diecisiete hectáreas de una finca rural en Malibú. Tanto Hollis como Vicki habían estado allí de pequeños, en acampadas, nadando en la piscina y cantando canciones alrededor de un fuego los sábados por la noche. Hacía unos años que el pozo se había secado, y las autoridades habían clausurado la propiedad tras varias irrupciones ilegales. En esos momentos, la congregación intentaba vender la propiedad mientras que los herederos de Rosemary Khun habían presentado recursos ante los tribunales para recuperarla.
Hollis tomó la Route One que seguía la línea de la costa y después se incorporó a la autovía que cruzaba Topanga Canyon. Cuando giraron a la izquierda ante la oficina de correos de Topanga, la carretera se hizo estrecha y empinada, con robles y chaparrales a ambos lados de la calzada. Al fin pasaron bajo un arco de madera donde se leía lo que quedaba del cartel original, «cadia» y llegaron a lo alto de la colina. Un largo camino de tierra erosionado por las lluvias conducía hasta un aparcamiento de gravilla.
Las construcciones del campamento no habían cambiado en los últimos veinte años. El lugar disponía de dormitorios separados para chicos y chicas, de una piscina -en esos momentos vacía- con su cobertizo y de un centro comunitario que se utilizaba como comedor y centro para los servicios religiosos. Los largos y blancos edificios tenían techos de teja roja al estilo español. Los parterres y el huerto, en su momento pulcramente atendidos por los miembros de la congregación, aparecían llenos de malas hierbas. Todas las ventanas habían sido destrozadas, y el suelo estaba cubierto de latas de cerveza vacías. Desde lo alto de la loma se divisaban, a un lado, las montañas del interior; y al otro, el Pacífico.