– Sí, supongo que sí. -Se apartó de la mujer, pero ella lo siguió-. Lamento estar en su casa.
– Oh, no debe disculparse. -Antes de que él pudiera impedirlo, la mujer lo tomó de la mano y una expresión de asombro apareció en su rostro-. Su piel está caliente -dijo-. ¿Cómo puede ser?
Gabriel intentó apartarse, pero la mujer lo retuvo con una fuerza que no se correspondía con su frágil constitución. Estremeciéndose ligeramente, se inclinó y le besó el dorso de la mano. Gabriel notó el frío contacto de los labios y enseguida un agudo dolor. Apartó la mano de golpe y vio que estaba sangrando.
Una pequeña gota de sangre, de su propia sangre, apareció en la comisura de los labios de la mujer. Ella tocó la sangre con la punta del dedo, estudió su brillante y rojo color y a continuación se llevó el dedo a la boca. Extasiada, poseída por el placer, se estremeció mientras cerraba los ojos. Gabriel salió corriendo de la estancia por el pasillo hasta la puerta principal, donde forcejeó con la cerradura hasta que consiguió salir a la calle.
Antes de que pudiera hallar un sitio donde esconderse, un negro automóvil pasó lentamente por la calle. El coche era un sedán de cuatro puertas de los años veinte, aunque en su diseño había cierta imprecisión. Parecía más una idea, una aproximación de un coche más que un automóvil de verdad construido en una factoría. El conductor era un anciano enjuto y apergaminado que miró a Gabriel al pasar.
No aparecieron más vehículos, y Gabriel deambuló por las oscuras calles. Llegó a una plaza donde había un parque con bancos, un quiosco de música y unos cuantos árboles. En la planta baja de un edificio de dos pisos había varias tiendas con sus escaparates. En las ventanas superiores se veía luz. Una docena de personas paseaba por la plaza. Todas vestían las mismas formales ropas que la mujer del piano: trajes oscuros, largas faldas, sombreros y abrigos que disimulaban sus delgados cuerpos.
Gabriel tuvo la impresión de llamar la atención con sus vaqueros y su suéter, de modo que procuró mantenerse en las sombras de los edificios. Los escaparates tenían el tipo de vidrio y marcos propios de las joyerías. Cada tienda disponía de un escaparate, y cada escaparate de un solo objeto iluminado con luces. Pasó al lado de un hombre calvo y flaco de rostro nervioso. El sujeto estaba contemplando un antiguo reloj de oro de un escaparate. Parecía abstraído, casi hipnotizado por el objeto. Dos portales más allá había un anticuario con la estatua de mármol blanco de un niño desnudo en el escaparate. Una mujer con los labios muy pintados de carmín se hallaba de pie, casi tocando el vidrio y contemplando la estatua. Cuando Gabriel pasó, ella se inclinó y besó el cristal.
Al final de la manzana había una tienda de comestibles. No se trataba de un establecimiento moderno ni espacioso, con amplios pasillos y neveras; sin embargo, todo parecía limpio y ordenado. Los clientes, llevando cestos de alambre rojo, paseaban entre las filas de mercaderías. Tras el mostrador de caja había una joven con un delantal blanco.
La chica miró atentamente a Gabriel cuando entró, y él se dirigió hasta el fondo para evitar su curiosidad. Los estantes contenían tarros y cajas que carecían de toda palabra impresa; en su lugar, mostraban coloristas ilustraciones de los productos que contenían. Unos niños y sus padres sonreían alegremente en un dibujo mientras consumían cereales o sopa de tomate.
Gabriel cogió una caja de galletas saladas. Apenas pesaba. Cogió otra, la abrió y descubrió que estaba vacía. Comprobó más cajas y algunos botes y llegó al pasillo siguiente, donde encontró a un hombrecillo arrodillado en el suelo que ordenaba la mercancía. Su almidonado delantal y su roja pajarita le conferían un aspecto pulcro y organizado. El hombre trabajaba con gran precisión, asegurándose de que todas las cajas quedaran con la ilustración a la vista.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Gabriel-. Todo está vacío.
El hombrecillo se levantó y lo miró fijamente.
– Usted debe de ser nuevo por aquí.
– ¿Cómo puede vender envases vacíos?
– Porque quieren lo que hay dentro. Todos lo queremos.
Fue como si el hombre se sintiera atraído por el calor corporal de Gabriel; ansioso, dio un paso adelante, pero él lo apartó. Intentando no dejarse llevar por el pánico, salió de la tienda y volvió a la plaza. El corazón le latía apresuradamente, y un gélido escalofrío de miedo lo recorrió de pies a cabeza. Sophia Briggs le había hablado de aquel lugar. Se encontraba en el Segundo Dominio de los fantasmas hambrientos. Aquellos seres no eran más que espíritus extraviados, fragmentos de Luz que buscaban constantemente algo con que llenar su angustioso vacío. A menos que consiguiera hallar el modo de salir, se quedaría allí para siempre.
Corrió calle abajo y se sorprendió al ver una carnicería. Costillares de cordero, lomos de cerdo y chuletas de buey descansaban en bandejas metálicas en un resplandeciente escaparate. Tras el mostrador se veía a un recio carnicero de rubios cabellos y a su ayudante, un joven de unos veinte años. Un niño de unos nueve años con un delantal de hombre fregaba cuidadosamente el suelo de baldosas blancas. La comida era real. Los dos hombres y el niño parecían saludables. Gabriel puso la mano en el picaporte, vaciló y se decidió a entrar.
– Usted parece nuevo -dijo el carnicero con una sonrisa-. Conozco a casi todo el mundo de aquí y a usted no lo había visto antes.
– ¿Tiene algo para comer? ¿Qué hay de esos jamones? -preguntó Gabriel señalando tres jamones ahumados que colgaban de unos ganchos encima del mostrador.
El carnicero pareció hallar la pregunta divertida, y su ayudante contuvo la risa. Sin pedir permiso, Gabriel extendió el brazo y tocó uno de los jamones. Lo notó raro. Algo no funcionaba. Lo descolgó del gancho, lo dejó caer y vio cómo el objeto de cerámica se hacía añicos contra el suelo. Todo lo que había en la tienda era falso.
Oyó un fuerte clic y se dio la vuelta. El niño había echado el cerrojo. Volviéndose de nuevo, Gabriel vio que el carnicero y su ayudante salían de detrás del mostrador. El ayudante desenvainó un cuchillo de veinte centímetros de la funda de cuero que llevaba al cinto, y el carnicero blandió el suyo. Gabriel sacó la espada, dio un paso atrás y se situó cerca de la pared. El niño dejó la fregona a un lado y sacó un cuchillo largo y estrecho, como los que se utilizan para filetear.
Sonriendo, el asistente echó el brazo hacia atrás y lanzó su cuchillo. Gabriel hizo una finta, y la hoja se clavó en la pared de madera. El carnicero se le echó encima en ese instante, blandiendo y haciendo girar el grueso cuchillo. Gabriel fingió lanzarle un golpe a la cabeza con su espada, pero en el último momento se agachó y asestó un tajo al brazo del carnicero. El fantasma sonrió y mostró la herida: carne, músculos y hueso, pero nada de sangre.
Gabriel atacó. El carnicero levantó su machete y paró el golpe. Los aceros chirriaron como fieras atrapadas. Gabriel saltó a un lado, se situó tras el carnicero y, agachado, le asestó un golpe cortando la pierna del fantasma por debajo de la rodilla. El carnicero cayó hacia delante y se golpeó contra las baldosas. Yacía sobre su estómago, gruñendo y moviendo los brazos como si estuviera nadando fuera del agua.
El ayudante corrió cuchillo en mano, y Gabriel se aprestó a defenderse. Sin embargo, el individuo se arrodilló al lado del carnicero y le clavó la hoja en la espalda, ahondando en el corte y sajando los músculos hasta la cadera. El niño se acercó rápidamente y se unió a la carnicería, cortando pedazos de carne seca y llevándoselos a la boca.
Gabriel abrió el cerrojo y salió corriendo. Cruzó la calle hasta el pequeño parque en el centro de la plaza y vio que la gente salía de los edificios. Reconoció a la mujer del piano y al dependiente de la pajarita. Los fantasmas sabían que se encontraba en su ciudad y lo estaban buscando con la esperanza de que él pudiera saciarles el apetito.