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– La Tabula no matará a Gabriel enseguida. Primero lo interrogarán y averiguarán lo que sabe. Mientras eso dure, dejarán un equipo en el campamento para que tienda una emboscada a cualquiera que aparezca.

Hollis miró por la ventanilla.

– ¿Quieres decir que hay alguien allí arriba esperando para matarnos?

– Exacto. -Maya se colocó unas gafas de sol para que Hollis no pudiera verle los ojos-. Pero eso no va a ocurrir.

El sol se puso alrededor de las seis de la tarde, y Maya empezó a trepar por la colina hacia Arcadia. El chaparral no era más que una tupida masa de vegetación seca. Olía a hojas muertas y se percibía el punzante aroma del anís silvestre. A la Arlequín le resultó difícil moverse en línea recta. Era como si las ramas y las raíces le sujetaran las piernas e intentaran arrebatarle el estuche de la espada que llevaba al hombro. A medio camino de la cima vio su camino bloqueado por una barrera de matorrales y un roble caído que la obligaron a buscar un camino más fácil.

Por fin alcanzó la valla de alambre que rodeaba el campamento. Agarró la barra superior y saltó al otro lado. Los dos dormitorios, la zona de la piscina, el depósito de agua y el centro comunal resultaban claramente visibles a la luz de la luna. Los mercenarios de la Tabula tenían que estar allí, escondidos entre las sombras. Seguramente habían dado por hecho que la única entrada era por la carretera de la colina. Un jefe más avispado habría dispuesto a sus hombres en forma de triángulo alrededor del aparcamiento.

Desenvainó la espada y recordó las lecciones que su padre le había dado sobre el modo de caminar sin hacer ruido. Había que moverse como si se estuviera cruzando un lago helado. Extender el pie, calibrar la naturaleza del terreno y por fin dar un paso cargando todo el peso.

Maya llegó a la zona de penumbra al lado del tanque de agua y vio a alguien agazapado cerca del borde del cobertizo de la piscina. Era un hombre bajo y de anchas espaldas que sostenía un rifle de asalto. Cuando se le acercó por detrás, lo oyó murmurar por el micrófono de su intercomunicador.

– ¿Tienes un poco de agua? Yo me he quedado seco. -Hizo una pausa de unos segundos y después sonó contrariado-. Lo entiendo, Frankie, pero yo no he traído dos botellas como has hecho tú.

Maya dio un paso a la izquierda y se lanzó hacia delante traspasándolo con la espada. El hombre se desplomó como un tronco abatido. El único ruido fue el de su arma al chocar contra el suelo. Maya se acercó al cuerpo y le quitó el intercomunicador. Oyó más voces que hablaban entre sí.

– Aquí están -dijo una voz con acento sudafricano-. ¿Veis los faros? Suben por la colina.

Hollis llegaba por el camino. Se detuvo en el aparcamiento y paró el motor. Había suficiente claridad para distinguir su silueta dentro de la cabina de la camioneta.

– ¿Y ahora qué? -preguntó una voz norteamericana.

– ¿Ves una mujer?

– No.

– Mata al hombre si se apea. Si no, espera a que aparezca la Arlequín. Boone me dijo que había que disparar nada más verla.

– Yo sólo veo al tío ese. ¿Y tú, Richard?

El muerto no podía responder a ninguna pregunta. Maya dejó el rifle en el suelo y corrió hacia el centro comunal.

– Richard, ¿me oyes?

Ninguna respuesta.

Hollis permaneció en la camioneta, distrayéndolos del peligro real. Maya localizó al otro Tabula en la segunda esquina del triángulo. Arrodillado en el centro comunal, apuntaba a Hollis con un rifle de mira telescópica. Los pasos de Maya no hicieron ruido en el compacto suelo, pero el mercenario debió de percibir que se aproximaba porque giró levemente la cabeza. Maya le asestó un tajo en la garganta. La sangre salió a borbotones por la arteria seccionada, y el hombre cayó de bruces.

– Creo que está saliendo de la camioneta -dijo el sudafricano-. Richard, Frankie, ¿estáis ahí?

Maya tomó la rápida y certera decisión propia de los Arlequines y corrió hacia los dormitorios femeninos. Sí, el tercer mercenario se hallaba cerca de la esquina del edificio. El Tabula estaba tan asustado que hablaba en voz alta.

– ¿Podéis oírme? ¡Acabad con el tío de la camioneta!

Surgiendo de entre las sombras, Maya le asestó un tajo en el brazo derecho. El sudafricano soltó el rifle, y ella lanzó otra estocada cortándole los tendones de la rodilla izquierda. El hombre se derrumbó, gritando de dolor.

Todo estaba a punto de acabar. Maya se le acercó e hizo un gesto amenazador con la espada.

– ¿Dónde están los prisioneros? ¿Adónde os los habéis llevado?

El mercenario intentó huir, pero Maya le cortó los tendones de la otra pierna con otra cuchillada. El hombre se arrastraba por el suelo igual que un animal, hundiendo los dedos en el polvo.

– ¿Dónde están? -repitió Maya.

– Se los llevaron al aeropuerto Van Nuys y los metieron en un reactor privado. -El hombre dejó escapar un gruñido al reptar.

– ¿Hacia dónde?

– Al condado de Westchester, cerca de Nueva York, al centro de investigación de la Fundación Evergreen. -El mercenario rodó boca arriba y alzó las manos-. Se lo juro por Dios. Le digo la verdad. Es la Fundación…

La hoja centelleó en la oscuridad.

54

Los faros de la camioneta barrían la carretera mientras Hollis conducía colina abajo desde el campamento de la congregación.

Maya estaba apoyada contra la portezuela con la espada en el regazo. Desde su llegada a Estados Unidos no había dejado de luchar o huir, y en ese momento se sentía una completa fracasada. Vicki y Gabriel estaban siendo conducidos a la Costa Este en un reactor privado. Al fin, la Tabula había conseguido capturar a los dos Viajeros.

– Tenemos que asaltar el centro de investigación de la Fundación Evergreen -dijo-. Vamos al aeropuerto y allí tomaré un avión hasta Nueva York.

– Eso no es buena idea -respondió Hollis-. Yo no tengo una identificación falsa, y no podremos llevar nuestras armas. Fuiste tú quien me previno contra la Gran Máquina. Lo más seguro es que la Tabula tenga pinchados todos los ordenadores de la policía y haya colgado nuestras fotografías en la categoría de «Fugitivos».

– ¿Podríamos ir en tren?

– Estados Unidos no tiene un sistema ferroviario de alta velocidad como los de Europa o Japón. En tren tardaríamos cuatro o cinco días en llegar.

Maya replicó en tono enojado, mostrando su enfado.

– Entonces, ¿qué se supone que vamos a hacer, Hollis? Tenemos que dar una réplica inmediata.

– Cruzaremos el país en coche. Ya lo he hecho antes. Tardaremos unas setenta y dos horas.

– Eso es demasiado tiempo.

– Supongamos que una alfombra mágica nos llevara hasta el centro de investigación. Aun así tendríamos que averiguar el mejor modo de entrar. -Miró a Maya y sonrió intentando parecer optimista-. Lo único que se necesita para atravesar el país es cafeína, gasolina y un poco de buena música. Mientras estemos en la carretera dispondrás de tres días para idear un plan.

Maya miró al frente sin pestañear. Al cabo de un momento, asintió con un leve movimiento de cabeza. Le molestaba que sus emociones se interpusieran en su capacidad de análisis. Hollis tenía razón, razonaba igual que un Arlequín.

Entre los asientos delanteros había cajas de zapatos llenas de compactos de música. La camioneta tenía dos grandes altavoces y dos reproductores de CD. Cuando entraron en la autopista, Hollis metió un compacto y apretó «Play». Maya esperaba una avalancha de rítmica música house, pero lo que oyó de repente fue al guitarrista gitano Django Reinhardt tocando Sweet Georgia Brown.