el momento en que el módulo lunar pilotado por Armstrong y Aldrin se ha separado del módulo de mando, disponiéndose a iniciar el descenso: los latidos del corazón y el rumor del aliento del astronauta Collins, quien durante las próximas veinticuatro horas va a permanecer solo.
Me asomo al balcón y nuestra esquina de la plaza está llena de gente.
Las voces llegan desde la calle y también a través del hueco de la escalera de mi casa, porque la puerta está abierta. El tumulto no es frente a la casa de Baltasar, sino al lado de la nuestra, en la casa que llaman del rincón, donde vive el ciego que no habla con nadie. En nuestra plaza pequeña y recogida las voces son siempre voces familiares que resonaran en el interior de una casa. Hay policías con uniformes grises que cierran el paso a la gente y médicos o enfermeros de batas blancas que abren la parte trasera de la ambulancia y sacan de ella una camilla. Hay mujeres en todas las ventanas, y hasta la mujer y la sobrina de Baltasar se han asomado a la puerta de la calle. Mi hermana y sus amigas han dejado de saltar a la comba y se acercan a la casa del rincón hasta que los policías les impiden el paso. Oigo a mi madre llamar a mi hermana, y luego a mi abuelo que explica sonoramente algo que no acierto a entender. Luego los pasos menudos y veloces de mi hermana suenan en la escalera, y su voz aguda y excitada me llama desde abajo:
– ¡Que se ha muerto el ciego! ¡Que dicen que se ha ahorcado! A medianoche los corros en la calle del Pozo son más nutridos que nunca, y hay más puertas abiertas y más ventanas iluminadas, y nadie tiene encendida la televisión, a pesar de que se sabe que el módulo lunar ya se ha posado sobre la Luna y dentro de una o dos horas Armstrong y Aldrin ya estarán caminando sobre ella. Por respeto al muerto de la casa de al lado, a quien nadie quería y con quien casi nadie hablaba, mis padres no me dejan poner la televisión. En la radio de la cocina busco una emisora donde den las últimas noticias, y aun desde el fondo de la casa, por las ventanas abiertas, escucho el rumor de las conversaciones en la calle, en los corros de la noche de verano. Gente que no es del vecindario se acerca a preguntar y se queda escuchando las historias que circulan de un corro a otro, las novedades y las repeticiones con que se alimenta la curiosidad, la excitación morbosa que produce una muerte violenta. La única casa a oscuras es la del rincón, donde la policía ha dejado un precinto que cruza la puerta en diagonal y prohíbe el paso. "Como si alguien tuviera la tentación de entrar", dice mi abuela. Hay quien dice que el muerto aún no ha sido descolgado, porque el juez de guardia está ausente y sin su autorización no se puede levantar el cadáver. "Proceder al levantamiento del cadáver", dice mi abuelo, con su amor por las pompas verbales, quizás acordándose del lenguaje forense que aprendió cuando era un policía de uniforme al servicio de la República. ¿Si está ahorcado, colgado de una viga, cómo van a levantarlo? El cuerpo rígido, imagino, el cuello torcido, la cara terrible de la que quizás se hayan caído las gafas oscuras que no llegaban a tapar del todo las cicatrices. Pero no es verdad, dicen, vino el juez y descolgaron el cadáver y se vio cómo lo sacaban en una camilla, cubierto por una sábana blanca. ¿Y si lo que había debajo de la sábana no era el cuerpo del muerto, sino un bulto cualquiera pensado para que la gente creyera que se lo llevaban? ¿Y por qué iban a querer engañarnos a todos? Ese hombre era muy raro, siempre solo, en la casa cerrada, salvo cuando iba de vez en cuando a verlo un sobrino o un antiguo asistente que le hacía limpieza y ponía un poco de orden en el desastre de las habitaciones. ¿Quién puede saber cómo estaba la casa por dentro, si ningún vecino entró nunca a ella? Cada cual recuerda la última vez que vio al ciego: el viernes, dicen, el 18 de julio salió por la mañana con su uniforme de falangista para asistir a la misa de campaña y a la concentración patriótica en la plaza de Santa María. Alguien lo vio bajando por la calle estrecha al costado de la Casa de las Torres, siempre muy cerca de la pared, rozándola con una mano, con la otra extendiendo el bastón, los ojos siempre ocultos tras las gafas oscuras, que eran muy anchas pero no llegaban a cubrir del todo las cicatrices rojizas de la cara. ¿Serían las ocho, las nueve de la mañana? Alguien recuerda que le dijo buenos días, y que el ciego no contestó, y que parece que iba tropezando más de la cuenta, que quizás había estado bebiendo esa noche. ¿No lo veían a veces en las tabernas más pobres de los arrabales, sentado en un rincón, los brazos cruzados, la cara al frente, los ojos borrados por la doble oscuridad de la ceguera y de los cristales de las gafas, delante de una botella y de una copa de coñac? No necesitaba que nadie le sirviera, vertía él mismo el alcohol en la copa y sabía por el sonido cuándo detenerse antes de que la copa rebosara. Pero si no bebía, atestigua alguien, en otro corro, lo que le pasaba era que no podía dormir nunca, por el dolor que le había quedado de las heridas de la guerra, un trozo de metralla cerca de la columna vertebral. Por el dolor no, por el miedo, porque tenía muchos crímenes sobre su conciencia y estaba seguro de que más pronto o más tarde alguien iba a venir a tomarse la venganza. Por eso él se pasaba el día encerrado en casa con sus perros y sólo salía a la calle después de medianoche, y llevaba siempre una pistola amartillada que al acostarse dejaba sobre la mesa de noche. ¿Qué utilidad tendría una pistola, si no podía ver nada? Pero los ciegos tienen un sexto sentido, dicen, como los murciélagos, oyen lo que nosotros no podemos oír y sienten en el aire la cercanía de alguien y hasta saben distinguir los movimientos, y reconocen a la gente antes de escuchar las voces, por el ruido que hacen al andar, hasta por el olor. Yo lo veía venir hacia mí y antes de cruzarse conmigo ya sabía quién era y me llamaba por mi nombre. Pues ya es raro que hablara contigo, porque no saludaba a nadie, el tío orgulloso y amargado.
Cómo no iba a estar amargado, después de tanto como le pasó en la vida.
Primero van a buscarlo para darle el paseo y luego lo cazan por los tejados como un perro. Y quién lo salvaría, quién fue el que tuvo compasión de él.
Cuentan de nuevo lo que han contado tantas veces, que huyendo por los tejados de los milicianos anarquistas que lo perseguían se escondió en un granero y se cubrió con un montón de paja. Con horcas de puntas afiladas y con las bayonetas de los fusiles los milicianos atravesaban la paja y uno de ellos alcanzó su cuerpo, y él pensó que estaba perdido, que las púas de hierro de la horca o la bayoneta afilada le atravesarían el pecho, o que el miliciano gritaría alertando a los otros. Pero después de un instante la horca o la bayoneta se retiró, y el mismo hombre que la empuñaba dijo a los otros: "Vámonos, que aquí no está escondido". Se quedó en el pajar hasta que se hizo de noche y logró salir de la ciudad sin que nadie lo viera y llegar hasta las líneas enemigas. Pero él no tuvo compasión cuando volvió después de la guerra condecorado y convertido en juez militar y se puso a firmar penas de muerte, que dicen que las firmaba con las dos manos, para ganar tiempo y mandar a más condenados a las tapias del cementerio. El pasado circula de unos corros a otros como la brisa de medianoche que esparce las voces por la calle del Pozo, las que se alzan en una afirmación o un desmentido -yo lo oí volver anoche cuando ya me estaba acostando, no es verdad que nadie viniera a visitarlo, hasta algunas noches se vio entrar y salir furtivamente a una mujer muy pintada y las que se vuelven sigilosas y cautas, recordando que el ciego no tuvo escrúpulos en quedarse con la casa de un hombre inocente al que él mismo había mandado a la muerte. "El pobre Justo Solana", dice mi padre, "un hombre que no se metió nunca en nada y que tenía la huerta al lado de la nuestra y no quiso salir de ella mientras durara la guerra". "Pagan justos por pecadores", dice alguien, "siempre pasa lo mismo, y más en una guerra entre hermanos". Siempre hay quien dice esas cosas en un corro con una seriedad definitiva, como si acabaran de ocurrírsele, como si él hubiera descubierto ahora mismo una terrible ley moral. Pagan justos por pecadores, no hay mal que por bien no venga, allá cada cuál con su conciencia. "Pagó por su hijo", explica mi abuelo, "que había dejado al padre solo y viejo en la huerta para irse a Madrid, porque tenía la cabeza llena de pájaros, mira qué ruinas y qué desgracias traen las ideas". "Yo me acuerdo de cuando vinieron a buscar a ese hombre", dice mi madre. "Cómo te vas a acordar tú, si eras una chiquilla". Pero tenía nueve años, recién cumplidos, y se acuerda de que estaba siempre esperando que sonara el llamador de la puerta y fuera su padre que volvía de la prisión, y de que se había despertado muy temprano y veía la lenta llegada de la claridad del amanecer y escuchaba los pájaros en las copas de los álamos y de pronto la sobresaltó el motor de un coche y pensó cándidamente que en él vendría su padre liberado de la cárcel. Pero sintió la ira y la urgencia con que se abrían y cerraban las puertas de metal, los golpes brutales de las botas sobre el empedrado repitiéndose un instante después en el llamador de la casa del rincón. "?Y por culpa del hijo mataron al padre?" "Eso es lo que piensa la gente", dice alguien en un corro, "pero había una denuncia por medio, y el juez Domingo González no iba a perdonar". "Pero si el hombre no había hecho nada", dice mi padre, "sólo trabajar de sol a sol en su huerta y no meterse con nadie, y hacernos favores a mi abuelo y a mí cada vez que se los pedíamos.