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– No.

– Pues habían robado uno de esos Thigh-Master, esos ridículos artilugios para hacer ejercicio que vendía por la tele un artista de los ochenta.

Bosch meneó la cabeza ante lo absurdo de la imagen que Entrenkin acababa de describir.

– Lo vieron por televisión y creyeron que era valioso -observó el detective-. Igual que Howard Elias.

La inspectora no replicó y Bosch se dio cuenta de que había metido la pata, aunque pensara que su comentario había sido acertado.

– Lo siento…

Ambos guardaron silencio.

– ¿Sabe qué imagen me impactó más de los disturbios del noventa y dos? -dijo Bosch finalmente.

– No.

– Me habían asignado a Hollywood Boulevard. Teníamos orden de no intervenir, a menos que viéramos a alguien en peligro. Eso significaba básicamente que si los saqueadores se comportaban de forma ordenada no debíamos detenerlos. Bueno, el caso es que yo estaba en el bulevar. Y recuerdo que presencié muchas cosas extrañas. Vi a los miembros de la iglesia de la Cienciología rodeando sus edificios, hombro con hombro y portando escobas, dispuestos a enfrentarse a quien fuera. Y vi al tío que regentaba la tienda de objetos excedentes del Ejército, cerca de Highland, vestido con uniforme de combate y un rifle al hombro. Marchaba de un lado a otro, frente a su tienda, como si se hallara a las puertas de Benning… La gente se vuelve loca, los buenos y los malos. Pero la imagen que se me ha quedado grabada del noventa y dos es la de Frederick’s of Hollywood.

– ¿La tienda de ropa interior?

Bosch asintió.

– Al llegar allí vi que el lugar estaba atestado de gente de todas las razas y edades. Habían perdido el control. Tardaron quince minutos en limpiar la tienda. Cuando terminaron, entré y vi que no quedaba nada. Incluso se habían llevado los maniquíes. Sólo quedaban los colgadores tirados por el suelo y las estanterías metálicas… Lo curioso del caso es que era ropa interior. Cuatro policías son absueltos tras haber apaleado a Rodney King, como se vio en el vídeo que pasaron por la tele, y la gente reacciona perdiendo la chaveta y robando ropa. Era una escena tan surrealista que eso es lo que recuerdo cuando la gente saca a colación el tema de los disturbios. Recuerdo haberme paseado por aquella tienda vacía…

– Lo de menos es lo que se llevaron. Actuaron movidos por la rabia. Es como lo del Thigh-Master. A aquel padre y a su hijo no les importaba lo que se llevaran. Lo importante era llevarse algo, manifestar su protesta. Esos objetos no les servían de nada, pero al llevárselos demostraban que eran Hombres. Esa fue la lección que el padre enseñó a su hijo.

– Pero no tiene sentido…

De pronto sonó el móvil de Bosch.

– ¿Estás ganando? -preguntó él con tono alegre.

Inmediatamente se dio cuenta de que había empleado ese tono para que Entrenkin no sospechara que tenía problemas en su matrimonio.

Bosch se sintió avergonzado y enseguida lamentó haber permitido que lo que pudiera pensar o interpretar Entrenkin incidiera de algún modo en su relación con Eleanor.

– Aún no. Acabo de llegar.

– Quiero que te vayas a casa, Eleanor.

– Harry, ahora no quiero hablar de esto. Yo…

– No me refiero a lo que piensas. Creo que la ciudad… ¿Has visto las noticias por televisión?

– No. Estaba aquí.

– Las cosas tienen mal aspecto. Los medios de comunicación han prendido la mecha. Y si ocurre algo grave y la situación se desmadra, no quiero que te pille allí.

Bosch miró a Entrenkin por el rabillo del ojo. Sabía que estaba dando el espectáculo delante de ella.

Hollywood Park estaba en Inglewood, una comunidad mayoritariamente negra. Quería que Eleanor regresara a la casa en las colinas, donde estaría a salvo.

– No exageres, Harry. No me pasará nada.

– No merece la pena correr el riesgo de…

– Tengo que colgar, Harry. Me están esperando. Te llamaré más tarde.

Eleanor colgó el teléfono y Bosch se despidió de un interlocutor inexistente. Dejó caer el móvil en su regazo.

– Si quiere conocer mi opinión -dijo Entrenkin-, creo que exagera.

– Eso es lo que ha dicho ella.

– Hay tantos negros como blancos, quizá más de los que imaginamos, que no quieren que se repita aquello. Confíe en ellos, detective.

– Supongo que no tengo más remedio.

Cuando Bosch y Entrenkin llegaron a la comisaría de Hollywood descubrieron que estaba desierta. En el aparcamiento no había ningún coche patrulla, y al entrar por la puerta trasera comprobaron que el vestíbulo posterior, por lo general abarrotado, se hallaba vacío. Bosch asomó la cabeza por la puerta abierta del despacho de los policías de guardia y vio a un sargento sentado ante su mesa. El televisor adosado a la pared estaba encendido. En la pantalla no aparecían llamas, sino un locutor de los informativos sentado en el estudio. El gráfico que colgaba sobre su hombro mostraba una fotografía de Howard Elias. El volumen estaba tan bajo que Bosch no pudo oír lo que decía el locutor.

– ¿Cómo van las cosas? -preguntó Bosch al sargento.

– Tranquilas. De momento.

Bosch golpeó dos veces la puerta, como si tocara madera, y se dirigió por el pasillo hacia el despacho de los detectives, seguido por Entrenkin. Rider y Edgar habían sacado el televisor del despacho del teniente y estaban viendo las noticias. Al descubrir a Bosch y a Entrenkin se quedaron sorprendidos.

Bosch presentó a Entrenkin a Edgar, que no había estado aquella mañana en el despacho de Elias. Luego preguntó si se había producido alguna novedad.

– La ciudad está aguantando -respondió Edgar-. Ha habido un par de incendios, eso es todo. Entretanto han convertido a Elias en san Howard. Nadie dice que era un cabrón y un oportunista.

Bosch miró a Entrenkin, pero ésta permaneció impasible.

– Apaga la tele -dijo Bosch-. Tenemos que hablar.

Bosch informó a sus compañeros de los últimos avances en la investigación y les mostró las tres notas anónimas que había recibido Elias. Les aclaró la presencia de Entrenkin y dijo que quería conseguir la cooperación de Harris y al mismo tiempo eliminarlo como posible sospechoso de los asesinatos.

– ¿Sabemos dónde está Harris? -preguntó Edgar-. Yo no le he visto aparecer en televisión. Quizá ni siquiera conociera a Elias.

– Ya lo averiguaremos. En los archivos de Elias encontramos su dirección actual y su número de teléfono. Parece ser que Elias se encargó de buscarle alojamiento, para evitar que se metiera en problemas antes del juicio. Está cerca de aquí, suponiendo que se encuentre en casa.

Bosch sacó su agenda y buscó el número de teléfono. Luego llamó desde su mesa. Un hombre atendió la llamada.

– ¿Puedo hablar con Harry? -le preguntó Bosch con tono amable.

– Aquí no hay ningún Harry. -El hombre colgó.

– Ya sabemos que hay alguien en casa -dijo Bosch a los otros-. Andando.

Subieron todos a un coche. A la sazón Harris vivía en un apartamento en Beverly Boulevard, cerca del complejo de la CBS. Elias le había alojado en un apartamento que sin ser lujoso sí era amplio y confortable.

Y Beverly quedaba a muy poca distancia del centro.

Había una puerta de seguridad, pero el nombre de Harris no figuraba en la lista de ocupantes junto al interfono.

Bosch tenía el número del apartamento, pero eso no significaba nada. Por razones de seguridad, los códigos que seguían a los nombres de los ocupantes no se correspondían con los números de los apartamentos. Bosch pulsó el número del conserje del edificio, pero nadie respondió.