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Bosch intervino en el interrogatorio fingiendo no haberse enterado de que Harris se negaba a responder a sus preguntas.

– ¿Le dijo eso Howard?

– Así es, jefe.

– ¿Dijo Howard que podía demostrar que había sido una encerrona?

– Pues claro, porque él sabía quién había asesinado a esa chica blanca y luego había arrojado su cadáver en un solar cerca de mi casa. No fui yo. Howard iba a presentarse el lunes ante el tribunal para exonerarme y obligarles a soltarme la pasta.

Bosch aguardó unos instantes. La siguiente pregunta era crucial.

– ¿Quién fue?

– ¿A qué se refiere?

– ¿Quién asesinó a la niña? ¿Se lo dijo Howard?

– No. Dijo que yo no tenía por qué saberlo. Que era peligroso que lo supiera. Pero seguro que el nombre del asesino está en sus archivos. Esta vez no se escapará.

Bosch miró a Entrenkin.

– Me he pasado el día revisando esos archivos, Michael. Sí, existen indicios de que Howard sabía quién mató a Stacey Kincaid, pero el nombre del asesino no figura en ninguna parte. ¿Está seguro de que Howard no le dio ningún nombre ni ninguna indicación de quién era esa persona?

Harris se quedó desconcertado. De golpe comprendió que si Elias había muerto sin revelar a nadie el nombre del asesino, su caso se ponía feo.

Siempre llevaría el estigma de ser un asesino que se había librado de ser condenado porque un hábil abogado había sabido manipular al jurado.

– ¡Maldita sea! -exclamó.

Bosch se sentó en la esquina de la mesa de café para estar cerca de Harris.

– Piense -dijo-. Usted pasó muchos ratos con él. ¿Quién puede ser esa persona?

– No lo sé -respondió Harris, poniéndose a la defensiva-. ¿Por qué no se lo pregunta a Pelfry?

– ¿Quién es Pelfry?

– Su investigador.

– ¿Sabe su nombre completo?

– Creo que se llama Jenks o algo parecido.

– ¿Jenks?

– Así le llamaba Howard.

Bosch notó que alguien le tocaba en el hombro. Al volverse, Entrenkin le dirigió una mirada indicándole que ella sabía quién era Pelfry. Bosch se levantó y miró a Harris.

– ¿Regresó aquí anoche después de separarse de Elias?

– Sí, claro. ¿Por qué me lo pregunta?

– ¿Le acompañaba alguien? ¿Llamó usted a alguien?

– ¿A qué viene esto? Me estás acosando de nuevo, tío.

– Tranquilo, es mera rutina. Siempre preguntamos a la gente dónde estuvo. ¿Dónde estuvo usted?

– Aquí. Estaba rendido. Vine a casa y me acosté. No me acompañaba nadie.

– De acuerdo. ¿Me permite examinar un momento su pistola?

– ¡Ya sabía yo que esto era una encerrona! ¡Malditos polis!

Harris sacó la pistola del lugar donde la había metido y se la entregó a Bosch. Bosch no apartó los ojos de Harris hasta que tuvo la pistola en sus manos. Entonces la examinó y olió el cañón. No olía a grasa ni a pólvora quemada.

Sacó el cargador y extrajo la primera bala. Era un proyectil Federal, con un revestimiento enteramente metálico. Una marca de municiones muy conocida. La misma que habían utilizado en los asesinatos de Angels Flight. Bosch miró de nuevo a Harris.

– Tiene antecedentes penales, señor Harris. ¿No sabe que no puede llevar armas?

– Pero puedo tenerla en mi casa. Necesito protegerme.

– No puede llevar armas en ningún sitio. Esto podría costarle otra temporadita en la cárcel.

Harris le sonrió.

Bosch observó que uno de sus incisivos era de oro con una estrellita grabada en la parte delantera.

– Ande, deténgame.

Harris alzó los brazos para que Bosch le esposara.

– Deténgame y observe cómo arde esta jodida ciudad.

– No. En realidad estaba pensando en darle una oportunidad para agradecerle su colaboración. Pero tengo que requisar su pistola. Si se la dejara cometería un delito.

– Haga lo que le dé la gana, jefe. Siempre puedo sacar lo que necesito de mi coche. ¿Capta?

Harris pronunciaba la palabra «jefe» como algunos dicen «negrata».

– Sí.

Aguardaron en silencio a que llegara el ascensor. Cuando empezaron a descender, Entrenkin preguntó:

– ¿Es el mismo tipo de pistola?

– Sí. Y el proyectil también. Haremos que la analicen en el laboratorio, pero dudo de que Harris la conservara si hubiera matado a Elias con ella. No es tan idiota.

– ¿Y su coche? Dijo que podía sacar lo que quisiera del coche.

– No se refería a un automóvil. Se refería a su pandilla. A su gente. Juntos constituyen un «coche», todos se dirigen al mismo lugar. Es una palabra de argot que procede de la cárcel del condado. Ocho presos en una celda. Ellos las llaman coches. ¿Qué me dice de Pelfry? ¿Lo conoce?

– Jenkins Pelfry. Es un investigador privado, independiente. Creo que tiene su oficina en el Union Law Center. Le contratan muchos abogados especializados en casos de derechos civiles. Howard lo había contratado para que le ayudara con este caso.

– Entonces hay que hablar con él. Muchas gracias por informarnos.

El tono de Bosch denotaba que estaba enojado. Miró su reloj. Era demasiado tarde para tratar de localizar a Pelfry.

– Consta en los expedientes que le entregué -replicó Entrenkin-. No me preguntó nada al respecto. ¿Cómo quiere que adivine que debía decírselo?

– Tiene razón. No podía adivinarlo.

– Si quiere, puedo llamar a…

– No, ya nos ocuparemos nosotros. Gracias por echarnos una mano con Harris. Probablemente no habríamos entrado en su apartamento si usted no nos hubiera acompañado.

– ¿Cree que tuvo algo que ver con los asesinatos?

– Aún no creo nada.

– Dudo mucho de que esté implicado.

Bosch miró a Entrenkin, confiando en que sus ojos le transmitieran que se estaba adentrando en un terreno que no conocía ni tenía por qué meterse en él.

– La acercaremos en el coche -dijo Bosch-. ¿Ha dejado el suyo en el Bradbury?

Entrenkin asintió.

– Quiero que me mantenga informada sobre el caso y cualquier novedad importante, detective Bosch -dijo mientras atravesaban el vestíbulo hacia la puerta de entrada.

– De acuerdo. Mañana por la mañana hablaré con Irving y le preguntaré cómo quiere que hagamos esto. Quizá prefiera informarla él mismo.

– No quiero una versión manipulada. Quiero que me informe usted directamente.

– ¿Manipulada? Le agradezco que me considere incapaz de manipular una información, inspectora.

– Quizá no me haya expresado bien. Lo que quiero decir es que deseo que me informe usted antes de que la información haya sido procesada por los peces gordos del departamento.

Bosch abrió la puerta y la sostuvo para dejarla pasar.

– Lo tendré presente.

19

Kiz Rider buscó el número de teléfono de la página web del Ama Regina en el directorio contenido en un CD-ROM en el ordenador de la sala de patrulla. El teléfono estaba asignado a una dirección en North Kings Road, West Hollywood. Eso no significaba que fueran a encontrar a la mujer en esa dirección, pues la mayoría de prostitutas, masajistas que trabajaban de noche y otras mujeres con exóticas profesiones utilizaban un sofisticado sistema de contacto para impedir que la ley les echara el guante.

Bosch, Rider y Edgar aparcaron el coche en el cruce de Melrose y Kings, y Bosch llamó con su móvil a ese número.

Al cabo de cuatro tonos respondió una mujer.

– ¿El Ama Regina? -preguntó Bosch, haciéndose pasar por un posible cliente.

– Sí, ¿quién es?

– Me llamo Harry. ¿Está usted disponible esta noche?