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– Joder! -exclamó Bosch.

– Le he preguntado si necesita ayuda pero me ha respondido que no con la cabeza. Supongo que es un cliente.

– Quítale la mordaza.

Bosch retiró la venda que cubría los ojos del individuo mientras Edgar le quitaba la mordaza. El hombre volvió inmediatamente el rostro hacia la derecha y trató de ocultarlo con el brazo, pero no pudo moverlo porque estaba esposado. Tenía treinta y tantos años y un cuerpo atlético. Daba la impresión de ser más que capaz de defenderse de la mujer que estaba arriba. Suponiendo que quisiera hacerlo.

– Por favor -dijo el hombre con desesperación-. Déjenme en paz. Estoy bien. Déjenme solo.

– Somos policías -contestó Bosch-. ¿Seguro que está bien?

– Pues claro que estoy bien. ¿Cree que si necesitara ayuda no la pediría? No les necesito. Esto es algo completamente consensuado y no sexual. Déjenme en paz.

– Harry -dijo Edgar-, creo que deberíamos largarnos de aquí y olvidar que hemos visto a este tipo.

Bosch asintió con la cabeza y salieron del vestidor. Al mirar a su alrededor, Bosch vio que las ropas del hombre reposaban sobre el sillón. Se acercó y miró en los bolsillos del pantalón. Luego sacó la cartera, la abrió y examinó el carné de conducir a la luz de la bombilla roja. Edgar se acercó a él por detrás y miró sobre el hombro de Bosch.

– ¿Reconoces el nombre?

– No, ¿y tú?

Bosch negó con la cabeza y cerró la cartera. Luego volvió a meterla en el bolsillo del pantalón.

Cuando volvieron al ático, Rider y Regina los miraron en silencio. Bosch creyó observar en Regina una expresión de orgullo y una leve sonrisa en sus labios, como si supiera que lo que habían visto abajo les había dejado impresionados.

Al mirar a Rider, Bosch comprendió que también ella se había percatado de la expresión que mostraban sus compañeros.

– ¿Todo en orden? -preguntó Rider.

– Sí -respondió Bosch.

– ¿Qué ocurre? -insistió ella.

Bosch eludió la pregunta y se volvió hacia la otra mujer.

– ¿Dónde están las llaves?

Regina hizo un pequeño mohín y se sacó del sujetador una diminuta llave que correspondía a las esposas, que entregó a Bosch. Bosch se la dio a Edgar.

– Suelta a ese hombre. Si luego decide quedarse aquí, allá él.

– Pero él dijo…

– Me tiene sin cuidado lo que dijera o dejara de decir. Quítale las esposas. No vamos a marcharnos de aquí dejando a un tío esposado.

Edgar bajó la escalera mientras Bosch observaba a Regina.

– ¿Por eso cobra usted doscientos dólares por hora? -preguntó.

– Mis clientes quedan más que satisfechos, se lo aseguro. Siempre repiten. ¡Qué raros son los hombres! Le aconsejo que pruebe alguna vez, detective. Quizá se divierta.

Bosch miró a la mujer durante un buen rato antes de volverse hacia Rider.

– ¿Qué has conseguido, Kiz?

– Su nombre verdadero es Virginia Lampley. Dice que conocía a Elias de verlo en televisión, no por ser un cliente. Me ha explicado que hace unas semanas se presentó el investigador de Elias y le hizo unas preguntas.

– ¿Pelfry? ¿Qué le preguntó?

– Estupideces -replicó Regina antes de que Rider pudiera contestar-. Me preguntó si sabía algo sobre la chica a la que asesinaron el año pasado. La hija del zar de los coches que aparecía en la tele. Le dije que qué coño iba yo a saber de ese asunto. El tipo se puso pesado pero yo le paré los pies. No permito que ningún hombre se pase. Al final el tío se marchó. Ustedes también están muy confundidos con respecto a mí.

– Es posible -repuso Bosch.

Durante algunos momentos nadie dijo nada. Bosch estaba todavía impresionado por lo que había visto en el vestidor y no se le ocurría ninguna otra pregunta.

– Dice que se queda.

Era Edgar, que acababa de subir de la habitación en penumbra. Devolvió la llave a Regina y ésta se la guardó de nuevo en el sujetador con unos gestos aparatosos, sin dejar de mirar a Bosch.

– Bien, vámonos -dijo éste.

– ¿No le apetece quedarse para tomarse una Coca-Cola, detective? -preguntó Virginia Lampley con una sonrisa entre picara y perversa.

– Nos vamos -contestó Bosch.

Los tres detectives bajaron la escalera en silencio, con Bosch cerrando la comitiva. Al llegar al recibidor miró hacia la habitación que estaba en penumbra. Distinguió el resplandor de la bombilla roja y la silueta del hombre sentado en el sillón en una esquina de la estancia. Aunque tenía el rostro en la sombra, Bosch se percató de que le estaba mirando.

– No se preocupe, detective -dijo Regina a sus espaldas-. Le trataré bien.

Al llegar a la puerta, Bosch se volvió para mirarla. La mujer seguía sonriendo de aquella forma tan peculiar.

20

De regreso hacia la comisaría, Rider preguntó una y otra vez qué habían visto exactamente en la habitación de abajo, pero Bosch y Edgar se limitaron a contarle escuetamente que uno de los clientes del Ama Regina se hallaba esposado en un vestidor. Rider sabía que debía de haber algo más, pero por más que insistió no consiguió que le revelaran ningún otro detalle.

– El hombre que estaba allí no es importante -dijo al fin Bosch para zanjar el asunto-. Aún no sabemos por qué Elias tenía la fotografía y la dirección de la web de esa mujer. Ni por qué envió a Pelfry a entrevistarla.

– Yo creo que esa tal Regina mintió -intervino Edgar-. Ella conoce toda la historia.

– Es posible -respondió Bosch-. Pero si conoce la historia, ¿qué necesidad tenía de mantenerla en secreto una vez muerto Elias?

– La clave de este enigma es Pelfry -apostilló Rider-. Deberíamos ir a verlo inmediatamente.

– No -replicó Bosch-. Esta noche no. Es muy tarde y no quiero hablar con Pelfry hasta que hayamos examinado los expedientes de Elias y sepamos lo que contienen. Entonces iremos a hablar con él sobre el Ama Regina y todo lo demás. Mañana por la mañana.

– ¿Y el FBI?

– Nos reuniremos con los agentes del FBI a las ocho. Para entonces ya se me ocurrirá algo.

Durante el resto del trayecto permanecieron en silencio. Bosch les dejó en el aparcamiento de Hollywood, donde tenían sus respectivos automóviles, y les recordó que a la mañana siguiente debían presentarse a las ocho en el Parker Center. Luego aparcó su sedán. Los expedientes del despacho de Elias aún estaban en el maletero: Después de cerrar el vehículo, fue a recoger su propio coche.

Al enfilar Wilcox, el detective miró el reloj del coche y vio que eran las diez y media. Sabía que era tarde, pero decidió efectuar una última llamada antes de dirigirse a su casa. Mientras atravesaba Laurel Canyon no dejó de pensar en el hombre que había visto en el vestidor y en los desesperados intentos de éste por ocultar su rostro para que no descubrieran su identidad. Después de tantos años de trabajar en homicidios, a Bosch ya no le sorprendían los horrores que unas personas perpetraban contra otras. Pero los horrores que algunos se reservaban para sí mismos, eso era otra historia.

Bosch tomó por Ventura Boulevard en dirección oeste, hacia Sherman Oaks. Era sábado por la noche y había mucho tráfico. Tal vez la ciudad se había convertido en un polvorín al otro lado de la colina, pero en las calles del valle de San Fernando los bares y cafeterías estaban llenos de gente. Los botones con chaquetillas rojas se apresuraban en buscar los automóviles de los clientes del Bistrot Pinot y otros lujosos restaurantes del bulevar. Numerosos adolescentes circulaban en descapotables. Todo el mundo parecía ajeno al odio y la rabia que bullían en otros sectores de la ciudad, debajo de la superficie, como una falla a punto de abrirse y engullir a todo bicho viviente.