Al llegar a Kester dobló hacia el norte y se metió en un barrio lleno de casas prefabricadas ubicado entre el bulevar y la autopista de Ventura. Eran unas casas pequeñas y adocenadas. El rumor de la autopista estaba siempre presente. Eran viviendas de policías pero costaban entre cuatro y cinco mil dólares, y pocos se podían permitir el lujo de poseer una.
Frankie Sheehan, el ex compañero de Bosch, había comprado una de esas casas a buen precio. Estaba sentado sobre un capital que ascendía a un cuarto de millón de dólares. Su plan de pensiones, en el caso de que llegara a la edad de la jubilación.
Bosch aparcó junto a la acera, frente a la casa de Sheehan, y dejó el coche en marcha. Sacó el móvil y marcó el número de Sheehan después de consultar su agenda. Sheehan atendió la llamada. Su voz sonaba alerta. Estaba despierto.
– ¿Frankie? Soy Harry.
– Hombre, cuánto tiempo sin vernos.
– Estoy aparcado frente a tu casa. ¿Por qué no sales y nos damos una vuelta en el coche?
– ¿Adónde vamos?
– Da lo mismo.
Silencio.
– ¿Estás ahí, Frankie?
– De acuerdo. Espera un par de minutos.
Bosch cerró el móvil y se llevó la mano al bolsillo en busca de un cigarrillo. Nada.
– Maldita sea -masculló.
Mientras aguardaba, Bosch pensó en los días en que Sheehan y él andaban a la caza de un traficante sospechoso de haber hundido el negocio de un rival. El tipo había irrumpido con una Uzi en un garito de drogadictos y había matado a seis personas entre clientes y traficantes.
Bosch y Sheehan habían llamado reiteradamente a la puerta del apartamento del sospechoso, pero nadie abrió.
Mientras reflexionaban sobre el siguiente paso, Sheehan oyó una vocecilla dentro del apartamento que decía:
«Adelante, adelante». Los dos detectives habían vuelto a llamar a la puerta diciendo que eran de la policía. Acto seguido aguardaron. La vocecilla repitió: «Adelante, adelante».
Bosch hizo girar la manecilla y la puerta se abrió. No estaba cerrada con llave. Él y su compañero entraron en actitud de combate, pero el apartamento estaba vacío a excepción de un enorme loro verde instalado en una jaula en el cuarto de estar. Sobre la mesa de la cocina reposaba una metralleta Uzi, desmontada para limpiarla. Bosch se acercó a la puerta y llamó de nuevo. El loro dijo: «Adelante, adelante».
Al cabo de unos minutos, cuando el sospechoso regresó de la ferretería con el aceite para engrasar la Uzi, Bosch y Sheehan lo detuvieron. En balística comprobaron que la metralleta era el arma con la que el traficante había cometido los asesinatos. El individuo fue condenado por un juez que se negó a desaprovechar los resultados del registro. Aunque el acusado declaró que los detectives habían entrado en su apartamento sin una orden de registro y que por tanto era ilegal, el juez dictaminó que Bosch y Sheehan habían obrado de buena fe al entrar después de que el loro les invitara a pasar. El caso aún se hallaba en los tribunales de apelación, pero el asesino permanecía en la cárcel.
Se abrió la puerta del conductor y Sheehan subió al coche de Bosch.
– ¿Cuándo te compraste este trasto? -preguntó.
– Cuando me obligaron a conducir un sedán.
– Ah, sí, lo había olvidado.
– Los peces gordos de Robos y Homicidios no tenéis que preocuparos de esas cosas.
– ¿Cómo estás? He oído decir que te han asignado el caso Elias. Ojo no te vayas a pillar los dedos.
– Ya. ¿Cómo están Margaret y los chicos?
– Estupendamente. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Pasear, charlar o qué?
– No lo sé. ¿Todavía está abierto aquel local irlandés en Van Nuys?
– No, ya no existe. Pero podemos ir a un barecito que hay en Oxnard.
Bosch arrancó y fue siguiendo las indicaciones de su amigo.
– Estaba pensando en el caso del loro y la Uzi -dijo.
Sheehan soltó una carcajada.
– Aún me río cuando lo recuerdo. Me parece increíble que el caso todavía circule por los tribunales de apelación. Sólo le falta llegar al Supremo.
– Descuida, llegará. Ese sinvergüenza es capaz de irse de rositas.
– ¿Cuánto tiempo hace de eso? ¿Ocho años? Aunque lo suelten, ya se habrá tirado lo suyo entre rejas.
– Seis asesinatos, ocho años. No está mal.
– Seis ratas de alcantarilla.
– ¿Aún utilizas esa expresión?
– Sí, me recuerda a los viejos tiempos. Pero no creo que hayas venido hasta aquí para hablar sobre loros, ratas de alcantarilla y los viejos tiempos, ¿verdad?
– No, Frankie. Quiero hacerte unas preguntas sobre el asunto Kincaid.
– ¿A mí? ¿Por qué?
– ¡Por qué va a ser! Porque eras el detective encargado del caso.
– Todo cuanto sé está en los expedientes. No te será difícil conseguirlos. Eres el detective encargado del caso Elias.
– Ya los tengo. Pero los expedientes no siempre contienen todos los datos.
Sheehan señaló un letrero luminoso rojo y Bosch se dirigió hacia él. Había un aparcamiento junto a la puerta del bar.
– Este local siempre está vacío -dijo Sheehan-. Incluso los sábados por la noche. No sé cómo se gana la vida el dueño. Debe de ser con las máquinas o vendiendo hierba.
– Esto es entre tú y yo, Frankie -dijo Bosch-, pero debo averiguar a quién pertenecían las huellas dactilares. No quiero dar palos de ciego. No tengo motivos para dudar de ti, pero quiero saber si oíste algo, ya sabes a lo que me refiero.
Sheehan se apeó del Cherokee sin decir palabra y se encaminó hacia la puerta del bar. Cuando hubo entrado, Bosch se bajó del vehículo. El bar se hallaba prácticamente desierto. Sheehan se había sentado a la barra. El barman estaba sirviendo una cerveza. Bosch se sentó en el taburete junto a su ex compañero.
– Que sean dos -dijo.
Bosch sacó un billete de veinte y lo puso sobre la barra. Sheehan aún no lo había mirado desde que Harry le había formulado la pregunta.
El barman depositó las copas heladas sobre unos posavasos que anunciaban una fiesta organizada tres meses atrás.
Tomó el billete de veinte dólares y se acercó a la caja registradora. Bosch y Sheehan alzaron al unísono las copas y bebieron un largo trago de cerveza.
– Desde lo de O. J… -comentó Sheehan.
– ¿Qué?
– Ya sabes a qué me refiero. Desde ese caso, ya nada ofrece garantías. Ni pruebas, ni la actuación de la policía, nada. Presentes lo que presentes ante un tribunal, siempre habrá alguien que lo rompa en mil pedazos, lo tire al suelo y se mee encima. Todo el mundo lo cuestiona todo. Incluso los policías, incluso un compañero.
Bosch bebió otro trago antes de responder.
– Lo siento, Frankie. No tengo motivos para dudar de ti ni de las huellas. Pero al examinar los expedientes y otras cosas del despacho de Elias, me dio la impresión de que estaba preparado para comparecer la semana que viene ante el tribunal con la idea de demostrar quién había asesinado a esa niña. Y no se refería a Harris. Alguien…
– ¿Quién?
– No lo sé. Trato de ver las cosas desde el punto de vista de Elias. Si él había descubierto al asesino y no era Harris, ¿cómo es posible que encontraran esas huellas…?
– Elias era un cabrón. Y en cuanto lo hayan enterrado iré una noche al cementerio y me pondré a bailar sobre su tumba. Luego me mearé sobre ella y no volveré a pensar en Elias. Lamento que Harris no estuviera con él en el funicular. Es un asesino de mierda. Si alguien se los hubiera cargado a los dos, eso sería como acertar la quiniela.