Sheehan alzó su copa y bebió un largo trago. Destilaba tal odio hacia el abogado que casi era tangible.
– De modo que nadie manipuló la escena del crimen -dijo Bosch-. Las huellas son legítimas.
– Totalmente legítimas. La patrulla precintó la habitación. Nadie entró en ella hasta que yo llegué. Luego yo mismo me ocupé de que todo se hiciera correctamente. Se trataba de la familia Kincaid y sabía a lo que nos exponíamos: el zar de los automóviles es uno de los mayores contribuyentes a las arcas políticas locales. No pasamos por alto ni el más mínimo detalle. Las huellas estaban en el libro de texto de la niña, un libro de geografía. El laboratorio identificó cuatro dedos en un lado y un pulgar en el otro, como si el asesino hubiera tomado el libro por el lomo. Las huellas eran tan perfectas que deduzco que el tío debía de sudar como un cerdo cuando las dejó impresas.
Sheehan apuró su copa e indicó al barman que volviera a llenarla.
– Es increíble que no se pueda fumar en ningún bar de esta ciudad -observó Sheehan-. Malditas ratas de alcantarilla.
– Sí.
– El caso es que examinamos minuciosamente todas las pruebas y dimos con Harris. Un ex presidiario que había sido condenado por agresión y robo a mano armada. Tenía tantos motivos legítimos para haber dejado sus huellas en la habitación de la niña como yo tengo posibilidades de ganar la lotería, y ni siquiera juego. De modo que atrapamos a nuestro hombre. En aquellos momentos aún no habíamos descubierto el cadáver de la niña. Pensábamos que aún podía estar viva. Nos equivocamos, pero no lo sabíamos. De modo que arrestamos a Harris, lo llevamos a la comisaría y lo encerramos en una habitación. Pero ese hijo de puta no quiso decirnos ni la hora. Se pasó tres días encerrado allí, pero no soltó prenda. Ni siquiera lo metíamos en una celda por las noches. Se pasó setenta y dos horas seguidas en aquella habitación. Trabajábamos en equipo y por turnos, pero no logramos arrancarle ninguna información. No nos dijo nada. Aunque es un hijo de puta, tengo que reconocer que aguantó como un jabato. Jamás me había encontrado con un tipo como él.
Sheehan bebió dos tragos de la cerveza que el barman acababa de dejar ante él. Bosch aún no se había terminado la primera. Decidió dejar que Sheehan le contara la historia a su aire, sin interrumpir su relato con preguntas.
– El último día, algunos chicos perdieron los estribos. Hicieron cosas.
Bosch cerró los ojos. Se había equivocado respecto a Sheehan.
– Yo fui uno de ellos, Harry.
Lo dijo con frialdad, como si se quitara un peso de encima. Bebió otro trago de cerveza, se giró sobre el taburete y echó un vistazo a su alrededor como si fuera la primera vez que ponía los pies en aquel bar. En una esquina había un televisor adosado a la pared. Tenía sintonizada la cadena ESPN.
– Supongo que lo que estamos comentando aquí es confidencial, ¿verdad, Harry?
– Desde luego.
Sheehan se volvió, se inclinó hacia Bosch y dijo en voz baja:
– Lo que Harris dijo que ocurrió… ocurrió. Pero eso no justifica lo que él hizo. Violó y estranguló a una niña. Vale, nosotros le metimos un lápiz en el oído. ¿Y qué? Él se sale de rositas y yo me convierto en el nuevo Mark Fuhrman, un policía racista que se dedica a colocar pruebas falsas. Me gustaría que alguien me dijera cómo coño pude colocar esas huellas en la casa.
Sheehan estaba alzando la voz, cada vez más excitado. Por fortuna, el único que podía oírles era el barman.
– Lo siento -se excusó Bosch-. No debí preguntártelo.
Sheehan continuó como si no le hubiera oído.
– Supongo que llevaba siempre encima una copia de las huellas de un cabrón al que se la tenía jurada y las planté en ese libro «no me preguntes cómo» para poder echarle el guante. Pero ¿por qué iba a elegir precisamente a Harris? No conocía a ese tipo ni jamás tuve nada que ver con él. Y no existe nadie en este planeta que pueda demostrar que lo hice, porque no lo hice.
– Tienes razón.
Sheehan meneó la cabeza con aire de perplejidad y contempló su cerveza.
– Dejé de preocuparme por toda esa mierda cuando el jurado entró en la sala y dijo que Harris era inocente. Cuando dijeron que yo era culpable…, cuando prefirieron creer a ese tipo en lugar de fiarse de nosotros.
Bosch guardó silencio. Sabía que Sheehan tenía necesidad de desahogarse.
– Estamos perdiendo la batalla, Harry. Está claro. Se trata de un juego. Esos malditos abogados pueden joderte. Y manipular las pruebas. Me rindo. Te lo juro. Lo tengo decidido. No puedo más. Me quedan ocho meses para salir de aquí, trasladarme a Blue Heaven y dejar esta mierda para que se revuelquen en ella todos esos cabrones.
– Es una buena idea, Frankie -respondió Bosch con voz queda.
No sabía qué decir. Estaba dolido y asombrado ante el odio y el cinismo de que había hecho gala su amigo.
Comprendía sus motivos, pero le sorprendió el inesperado giro que había tomado la conversación. Por otra parte estaba disgustado consigo mismo por haber caído en la ingenuidad de defender a Sheehan ante Carla Entrenkin.
– Recuerdo el último día -dijo Sheehan-. Yo estaba en la habitación con él. Me cabreé tanto que me entraron ganas de sacar la pistola y pegarle dos tiros a ese cabrón. Pero no podía hacerlo porque él sabía dónde estaba esa niña. ¡La tenía secuestrada!
Bosch se limitó a asentir.
– Lo habíamos intentado todo sin resultado. Estábamos más cansados que él. Llegó un momento en que le supliqué que nos dijera dónde estaba la niña. Fue penoso, Harry.
– ¿Y él qué hizo?
– Me miró como si yo no estuviera allí. No dijo nada. No movió un músculo. Entonces… me enfurecí… Me dio un ataque de rabia como… No sé explicártelo. Era como si me hubiera atragantado con un hueso. Jamás había experimentado nada parecido. En un rincón de la habitación había un cubo de basura. Saqué la bolsa del cubo y se la metí en la cabeza. Luego le agarré del cuello y empecé a apretar… -Sheehan se echó a llorar y trató de terminar su relato-: y los otros… tuvieron que separarme de él.
Sheehan apoyó los codos en la barra y se tapó los ojos con las manos. Durante unos minutos permaneció quieto, sin moverse. Bosch observó una lágrima que fue deslizándose por su barbilla hasta caer en la cerveza.
– Tranquilo, Frankie -dijo apoyando una mano en el hombro de su amigo.
Sin apartar las manos del rostro, Sheehan prosiguió:
– Aquel día me convertí en uno de esos tipos a los que había perseguido durante años. Quise matar a Harris allí mismo. Y lo habría hecho si los otros no me hubieran apartado de él. Jamás podré olvidarlo.
– Tranquilo, hombre.
Sheehan bebió otro trago de cerveza y recuperó un poco la compostura.
– Después de hacer lo que hice, la situación cambió. Los otros le metieron un lápiz en el oído y le perforaron el tímpano. Nos convertimos en monstruos. Nos comportamos como los soldados en Vietnam, como unos tipos enloquecidos que se dedican a quemar aldeas. Estuvimos a punto de matar a ese cabrón. ¿Sabes qué le salvó? La niña. Le salvó Stacey Kincaid.
– ¿Qué quieres decir?
– Hallaron su cadáver. Cuando nos enteramos, nos dirigimos a la escena del crimen. Dejamos a Harris en una celda. Lo dejamos vivo. Tuvo suerte de que nos enteráramos justamente en aquellos momentos de que habían descubierto el cadáver de la niña.
Sheehan hizo una pausa y bebió otro trago.
– Fui allí… Estaba a una manzana del apartamento de Harris. El cadáver se encontraba bastante descompuesto, los niños se descomponen rápidamente. Pero recuerdo el aspecto que tenía. Parecía un angelito, con los brazos extendidos como si volara…
Bosch recordaba las fotografías que había publicado la prensa. Stacey Kincaid era una chiquilla preciosa.