Bosch les mostró la placa.
– Quiero hacerles unas preguntas sobre el cadáver que el año pasado encontraron aquí.
– ¿Ah, sí? ¡Ya iba siendo hora!
– ¿Es usted el señor Gundy o el señor Mercer?
– Yo soy Mercer.
Bosch asintió con la cabeza.
– ¿Por qué dice que ya iba siendo hora? ¿No fueron interrogados por los detectives cuando hallaron el cadáver?
– No nos interrogó ningún detective, sino un policía de patrulla, un jovenzuelo que nos preguntó si sabíamos algo.
Bosch asintió. Señaló los sacos de dormir y el infiernillo.
– ¿Viven ustedes aquí?
– Hemos tenido una mala racha. Nos quedaremos aquí hasta que podamos encontrar otra cosa.
Bosch sabía que el informe no especificaba que los dos ancianos vivieran en el solar. Decía que cuando pasaban por allí, buscando latas vacías, descubrieron el cadáver.
Tras reflexionar unos instantes, Bosch dedujo el motivo de la confusión.
– Ustedes vivían entonces aquí, ¿no es cierto?
Ninguno de los ancianos respondió.
– No se lo dijeron a los policías porque temieron que les obligaran a marcharse.
Silencio.
– De modo que ocultaron los sacos de dormir y el infiernillo y dijeron al agente de patrulla que pasaban por aquí.
– Si tan listo es -replicó por fin Mercer-, ¿cómo es que no le han nombrado jefe de la policía?
Bosch se rió.
– Porque son lo suficientemente inteligentes para no darme ese cargo. Díganme una cosa. Si en aquella época ustedes dormían aquí por las noches, es probable que hubieran descubierto el cadáver mucho antes si éste hubiera estado aquí desde el mismo día en que la niña fue raptada, ¿no es así?
– Probablemente -respondió Gundy.
– De modo que todo indica que alguien arrojó el cadáver aquí la noche antes de que ustedes lo encontraran.
– Es posible -contestó Gundy.
– Supongo que sí -apostilló Mercer.
– ¿Ustedes dormían a unos diez o quince metros de donde se hallaba el cuerpo?
Esta vez los ancianos se abstuvieron de contestar. Bosch se acuclilló ante ellos para mirarlos a los ojos.
– Cuéntenme lo que vieron aquella noche.
– No vimos nada -afirmó Gundy con firmeza.
– Pero oímos cosas -dijo Mercer.
– ¿Qué cosas?
– Se detuvo un coche -respondió Mercer-. Se abrió una puerta y luego el maletero. Oímos que algo pesado caía al suelo. Luego se cerraron el maletero y la puerta y el coche arrancó.
– ¿No miraron para comprobar de qué se trataba? -se apresuró a preguntar Edgar. Luego se agachó y apoyó las manos en las rodillas-. ¿Alguien arroja un cadáver a menos de quince metros de donde se hallan ustedes y no miran a ver qué ocurre?
– Pues no -replicó Mercer-. La gente arroja basura y trastos en este solar cada noche. Pero nosotros no nos movemos. Seguimos acostados. Por la mañana echamos un vistazo. De vez en cuando encontramos alguna cosa que nos resulta útil. Pero siempre esperamos a que amanezca antes de buscar.
Bosch asintió para indicar que lo comprendía y confió en que Edgar dejara a los ancianos en paz.
– ¿Y ustedes no les dijeron nada de esto a los policías?
– No -respondieron Mercer y Gundy al unísono.
– ¿Ni a ninguna otra persona? ¿No se lo contaron a alguien que pueda confirmar que lo que dicen es cierto?
Después de reflexionar unos instantes, Mercer meneó la cabeza en sentido negativo mientras Gundy lo hizo afirmativamente.
– Sólo se lo contamos al hombre que envió Elias.
Bosch miró a Edgar y luego a Gundy.
– ¿A quién se refiere? -preguntó a éste.
– Al investigador. Le dijimos lo que les hemos contado a ustedes. Dijo que el señor Elias nos pediría que compareciéramos un día ante el tribunal. Nos aseguró que el señor Elias se portaría bien con nosotros.
– ¿Pelfry? -preguntó Edgar-. ¿Se llama Pelfry?
– Es posible -contestó Gundy-. No lo sé.
Mercer guardó silencio.
– ¿Han leído hoy algún periódico? -inquirió Bosch-. ¿Han visto la televisión?
– ¿En qué aparato vamos a ver la tele? -replicó Mercer.
Bosch se incorporó. Ni siquiera sabían que Elias había muerto.
– ¿Cuánto hace que el investigador vino a hablarles?
– Más o menos un mes -respondió Mercer.
Bosch miró a Edgar e hizo un gesto con la cabeza para indicar que había terminado de interrogar a los ancianos.
Edgar asintió.
– Les agradezco su ayuda -dijo Bosch-. ¿Me permiten que les invite a cenar?
Metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y entregó a cada uno de los ancianos un billete de diez dólares. Éstos le dieron las gracias y los detectives se marcharon.
Mientras circulaban por la autovía del oeste hacia Wiltshire, Bosch empezó a analizar la información que los dos hombres les habían proporcionado.
– Harris es inocente -dijo satisfecho-. Elias lo supo al averiguar que habían movido el cadáver. Lo arrojaron allí tres días después de que la niña fuera asesinada. Harris estaba detenido cuando eso ocurrió. La mejor coartada del mundo. Elias iba a presentar a esos dos ancianos ante el tribunal para desmentir al Departamento de Policía de Los Ángeles.
– Un momento, Harry -dijo Edgar-. Eso no prueba de forma concluyente la inocencia de Harris. Quizá tenía un cómplice que se encargó de mover el cadáver de la niña mientras él permanecía detenido.
– Pero ¿por qué iban a arrojar el cadáver tan cerca del apartamento de Harris? Yo no creo que tuviera un cómplice sino que fue el asesino quien arrojó el cadáver de la niña en el solar. Leyó en el periódico o vio en la tele que habían detenido a Harris como sospechoso y trasladó el cadáver al barrio de éste, para añadir otra prueba en su contra.
– ¿Y qué me dices de las huellas dactilares? ¿Cómo llegaron las huellas de Harris a esa lujosa mansión de Brentwood? ¿Te has tragado la historia de que las colocaron tu amigo Sheehan y sus hombres?
– No. Debe de haber una explicación, aunque todavía no la conozcamos. Cuando interroguemos a Pel…
De pronto se produjo una detonación y la ventanilla trasera del coche estalló en pedazos. Edgar perdió momentáneamente el control del vehículo, que derrapó y cruzó las líneas amarillas de la autovía. Se oyó un coro de airados bocinazos mientras Bosch se echaba sobre el volante para enderezar la trayectoria del coche.
– ¡Joder! -exclamó Edgar cuando logró recuperar el control del vehículo y frenó.
– ¡No! -gritó Bosch-. ¡Sigue, no te pares!
Bosch sacó la radio del espacio de recarga que había en el suelo y apretó el botón de transmisión.
– ¡Han disparado contra nosotros! Estamos en Western y Olympic.
Mientras mantenía oprimido el botón de la radio, Bosch echó un vistazo al asiento posterior y al maletero. Luego escrutó el tejado y las ventanas de los edificios de apartamentos a dos manzanas de distancia. Pero no vio nada que le llamara la atención.
– Desconocemos la identidad del sospechoso. Un francotirador ha disparado contra una unidad identificable de servicios de investigación. Solicitamos el envío inmediato de refuerzos. Solicitamos vigilancia desde el aire de los tejados situados al este y al oeste de Western. Conviene extremar la precaución.
Bosch cortó la comunicación. Mientras el agente que había recibido el mensaje repetía la mayor parte de lo que había dicho el detective a las otras unidades, Bosch ordenó a Edgar que detuviera el coche.
– Creo que los disparos procedían del lado este -comentó Bosch-. De esos apartamentos con el tejado liso. Creo que primero los he percibido con el oído derecho.
Edgar exhaló profundamente. Sostenía el volante con las manos crispadas y tenía los nudillos tan blancos como los de Bosch.
– ¿Sabes qué te digo? -soltó volviéndose hacia su jefe-. Que no vuelvo a montarme en uno de estos malditos coches.