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– En efecto, no estoy de acuerdo.

– ¿Sabe una cosa? Quizá me equivoque, pero esos trozos de cristal que tiene en el pelo me dicen que ustedes son los tipos que fueron tiroteados en Western.

– ¿Y qué? -inquirió Edgar.

– Eso está a pocas manzanas de donde asesinaron a Stacey Kincaid.

– ¿Y?

– Si ustedes venían de allí, me pregunto si se encontraron con mis amigos Rufus y Andy.

– Sí, nos encontramos con ellos y averiguamos que el cadáver fue arrojado en el solar tres días después de que la niña fuera asesinada.

– De modo que están siguiendo mis pasos…

– En efecto. Algunos. Anoche visitamos al Ama Regina.

Bosch había salido de su estupor, pero dejó que Edgar conversara con Pelfry mientras él se mantenía en un discreto segundo plano.

– Entonces ¿no es una pura mentira lo que han dicho acerca de quién mató a Eli?

– Por eso estamos aquí.

– ¿Qué más quieren saber? Eli no solía mostrar sus cartas. Era muy reservado. Yo nunca sabía en qué esquina del rompecabezas estaba trabajando, no sé si me entienden.

– Háblenos de las matrículas -terció Bosch, poniendo fin a su silencio-. Sabemos que Elias y usted consiguieron que el gerente de Hollywood Wax les entregara los recibos correspondientes a setenta y cinco días. ¿Por qué?

Pelfry observó a los detectives durante unos instantes, como para ganar tiempo.

– Acompáñenme -dijo por fin.

Pelfry los condujo a un despacho situado al fondo.

– No quería enseñarles esto -dijo-, pero ahora…

Pelfry alzó las manos para señalar las cajas que cubrían todas las superficies horizontales del despacho. Eran bajas como las que contienen cuatro paquetes de seis refrescos. Dentro había unos montones de recibos separados por unas cartulinas y fechados.

– ¿Son los recibos de Hollywood Wax? -preguntó Bosch.

– Así es. Eli iba a presentarlos en el tribunal como prueba. Me pidió que los guardara aquí hasta que los necesitara.

– ¿Qué es lo que Elias pretendía demostrar con ellos?

– Creí que ya lo sabían.

– No estamos tan bien informados como usted, Pelfry.

– Jenkins. O Jenks. Casi todo el mundo me llama Jenks. No sé exactamente qué significan esos recibos, ya les he dicho que Eli no solía enseñarme sus cartas, aunque me lo imagino. Cuando Eli consiguió una orden judicial para examinar esos recibos, me entregó una lista de números de matrículas y me dijo que examinara estos recibos para comprobar si en algunos de ellos figuraban los números de esas matrículas.

– ¿Los examinó?

– Sí, me llevó casi una semana.

– ¿Y?

– En uno de ellos figura el número de una de esas matrículas.

Pelfry se acercó a una de las cajas y señaló un grupo de recibos clasificados con una cartulina que indicaba la fecha del 12 de junio.

– Es éste.

Pelfry sacó el recibo y se lo mostró a Bosch. Edgar se acercó para echarle un vistazo. El recibo correspondía a un servicio especial. Indicaba que el coche que había que lavar era un Volvo blanco, el número de la matrícula y el precio del servicio, 14,95 dólares.

– ¿El número de la matrícula constaba en la lista que le dio Elias? -preguntó Bosch.

– Sí.

– ¿Es la única matrícula que se correspondía con uno de los números de los recibos?

– En efecto.

– ¿Sabe a quién pertenece ese coche?

– No estoy seguro. Eli no me dijo que lo investigara. Pero me lo imagino.

– A los Kincaid.

– Efectivamente.

Bosch miró a Edgar. Por la expresión de su compañero, Bosch dedujo que no lo había captado.

– Las huellas dactilares. Para demostrar que Harris era inocente más allá de toda duda razonable, Elias tenía que explicar por qué razón las huellas de su cliente se hallaban en el libro de texto de la víctima. Si no existía ningún motivo ni explicación lógica para justificar el que Harris hubiera entrado en casa de los Kincaid y hubiera tocado el libro, podía aducir dos motivos alternativos: Uno, que las huellas habían sido colocadas por la policía. Dos, que Harris tocó el libro cuando éste se hallaba en otro lugar, fuera del dormitorio de la niña.

Edgar asintió para indicar que lo había comprendido.

– Los Kincaid enviaban su coche a lavar al taller de Hollywood Wax and Shine, donde trabajaba Harris. El recibo lo demuestra.

– Exacto. Y Elias sólo tenía que situar el libro en el coche.

Bosch se volvió hacia las cajas que reposaban en el escritorio de Pelfry y golpeó con un dedo la cartulina que ostentaba la fecha.

– El 12 de junio -dijo-. Coincide con la fecha en que comienzan las vacaciones escolares. Los niños sacan sus cosas de las taquillas y se llevan los libros a casa. Como la niña ya no tenía deberes, es posible que dejara sus libros en la parte posterior del Volvo.

– Mandan el Volvo al taller de lavado -intervino Edgar-. Imagino que el servicio especial comprende pasar el aspirador y limpiar el interior del coche.

– El empleado del taller toca el libro mientras limpia el Volvo -añadió Bosch-. Y deja sus huellas dactilares.

– El empleado era Harris -dijo Edgar. Luego miró a Pelfry y agregó-: El gerente del taller dijo que usted regresó para echar un vistazo a las tarjetas de fichar.

– Es cierto. Conseguí una copia de una tarjeta que demuestra que Harris se encontraba trabajando cuando el Volvo blanco llegó al taller de lavado. Eli me pidió que comprobara el dato sin solicitar una orden judicial. Supongo que la tarjeta de fichar era su baza principal, y Eli no quería que nadie lo supiera.

– Ni siquiera el juez que firmó las órdenes -dijo Bosch-. Parece que no se fiaba de nadie.

– Y con razón -apostilló Pelfry.

Mientras Edgar pedía a Pelfry que le mostrara la tarjeta de fichar, Bosch se enfrascó en sus pensamientos, analizando la información. Recordó que Sheehan le había dicho la noche anterior que las huellas dactilares eran muy claras porque la persona que las había dejado allí estaba sudando.

Bosch comprendió que Harris no sudaba debido al nerviosismo por haber cometido un crimen, sino porque estaba trabajando en el taller de lavado, pasando el aspirador en el momento en que dejó las huellas impresas en el libro.

Michael Harris era inocente. Sin duda.

Bosch no había estado convencido de ello hasta ese momento. Y estaba perplejo. No era un iluso. Sabía que los policías cometían errores y que personas inocentes acababan en la cárcel. Pero era un error colosal. Un hombre inocente torturado por la policía, que quería obligarle a confesarse culpable de un crimen que no había cometido. La policía, convencida de que había atrapado al culpable, había abandonado la investigación del caso dejando que el verdadero asesino escapara, hasta que un abogado especializado en derechos civiles había descubierto su identidad, lo cual le había costado la vida. Las reacciones en cadena no habían terminado ahí, pues el asesinato del abogado había llevado de nuevo la ciudad al borde de la autodestrucción.

– ¿Quién mató a Stacey Kincaid, señor Pelfry? -inquirió Bosch.

– No lo sé. Sé que no fue Michael Harris, de eso no cabe la menor duda. Pero Eli no me contó el resto, suponiendo que lo hubiera averiguado antes de que ellos lo mataran.

– ¿Ellos? ¿Cree que fue más de una persona? -preguntó Bosch.

– ¡Yo qué sé!

– Háblenos de Ama Regina -dijo Edgar.zzz

– ¿Qué quiere que les diga? Eli dio con una pista y me la pasó. Fui a ver a esa mujer, pero no conseguí relacionarla con el caso. Es una tía rara, pero no creo que tenga nada que ver en el asunto. Ustedes mismos lo habrán comprobado si fueron a hablar con ella. Supongo que Eli dejó de investigar esa pista cuando le dije que no hallé nada que relacionara a esa mujer con el caso.

Tras reflexionar unos momentos, Bosch meneó la cabeza.