– No estoy de acuerdo. Allí hay algo.
– Pues si Eli lo sabía, no me lo dijo.
Al subir al coche, Bosch llamó a Rider para que le informara sobre las últimas novedades.
La detective le dijo que había terminado de revisar los expedientes y no había encontrado nada que le llamara la atención y requiriera una investigación más a fondo.
– Vamos a hablar con los Kincaid -le dijo Bosch.
– ¿Tan pronto?
– Uno de ellos es la coartada de Harris.
– ¿Qué?
Bosch le explicó lo del descubrimiento de la matrícula que habían hecho Pelfry y Elias.
– O sea que una de ellas está clara -dijo Rider.
– ¿A qué te refieres?
– Ya sabemos lo que significa una de las cuatro notas misteriosas.
– Sí, supongo que sí.
– Estaba pensando en las dos primeras. Creo que están relacionadas y tengo una idea. Voy a verificarlo en el ordenador. ¿Sabes lo que es un enlace de hipertexto?
– No domino ese lenguaje, Kiz. Aún tecleo con dos dedos.
– Lo sé. Ya te lo explicaré cuando llegues. Quizás haya descubierto algo.
– De acuerdo. Suerte.
Cuando Bosch se disponía a colgar, Rider añadió de pronto:
– A propósito, Harry, te ha llamado Carla Entrenkin. Dijo que tenía que hablar contigo. Pensé en darle el número de tu busca, pero supuse que no querrás que te llame cada vez que se le ocurra algo.
– Bien. ¿Dejó algún número de teléfono?
Rider se lo dio y ambos colgaron.
– ¿Vamos a casa de los Kincaid? -preguntó Edgar.
– Sí, acabo de decidirlo. Pide por radio que verifiquen la matrícula del Volvo blanco. Quiero saber a qué nombre está registrado. Yo tengo que hacer una llamada.
Bosch marcó el número que Carla Entrenkin había dejado, y ella misma atendió la llamada al cabo de dos tonos.
– Soy Bosch.
– Detective…
– ¿Me ha llamado?
– Sí, quería disculparme por lo de anoche. Me disgustó lo que oí por televisión y…, creo que me pasé de la raya. He hecho algunas indagaciones y creo que estaba equivocada.
– Lo estaba.
– Lo siento.
– Le agradezco que me llamara. Tengo que…
– ¿Cómo va la investigación?
– Bien. ¿Ha hablado usted con Irving?
– Sí. Me ha dicho que están interrogando al detective Sheehan.
– No se precipite en sacar conclusiones.
– No lo haré. ¿Y la pista que seguía? Me han dicho que ha decidido volver a investigar el caso original. El asesinato de Stacey Kincaid.
– Podemos demostrar que Harris no la mató. Usted llevaba razón. Elias iba a probar su inocencia ante el tribunal. Harris no es culpable. Ahora tenemos que demostrar que la asesinó otra persona. Sigo pensando que fue la misma persona que mató a Elias. Lo siento, inspectora, pero tengo que colgar.
– ¿Me llamará si averigua algo importante?
Bosch reflexionó unos instantes antes de responder. Cuando trataba con Carla Entrenkin le parecía que estuviera conspirando con el enemigo.
– De acuerdo -respondió por fin-. La llamaré si averiguo algo importante.
– Gracias, detective.
– De nada.
25
El zar de los automóviles de Los Ángeles y su esposa se habían mudado a una lujosa urbanización cerca de Mulholland Drive llamada The Summit. Estaba rodeada por una verja electrónica y habitada por millonarios que vivían puerta con puerta en unas espectaculares mansiones con vistas desde las colinas de Santa Mónica sobre la cuenca septentrional del valle de San Fernando. Los Kincaid se habían trasladado desde Brentwood a estas colinas custodiadas por una verja electrónica después del asesinato de su hija, una medida demasiado tardía para la pequeña.
Bosch y Edgar habían llamado para anunciar su visita y al llegar a la caseta del guarda, éste los dejó pasar. Después de subir por la serpenteante carretera llegaron a una mansión construida al estilo francés provenzal en unos terrenos situados en lo alto de la urbanización. Una sirvienta latina abrió la puerta y los condujo a un salón más grande que la casa de Bosch. Había dos chimeneas y tres ambientes, amueblados de distinta forma. Bosch no alcanzaba a comprender el motivo de tanta ostentación. La pared norte del salón era prácticamente una cristalera a través de la cual se divisaba una amplia vista del valle. Bosch también tenía una casa en la colina, pero la diferencia en el panorama era de unos quinientos metros de altitud y unos diez millones de dólares de capital. La sirvienta les comunicó que los Kincaid se reunirían con ellos enseguida.
Bosch y Edgar se acercaron a la ventana, tal como se suponía que debían hacer. Los ricos te hacen esperar para que tengas tiempo de admirar todo lo que poseen.
– Vistas de avión-comentó Edgar.
– ¿Qué?
– Así llaman a las vistas que contemplas desde una mansión en lo alto de una colina.
Bosch asintió. Unos años atrás, Edgar y su mujer se habían dedicado a vender terrenos para completar los ingresos del matrimonio, hasta que su trabajo de policía corrió el riesgo de convertirse en una actividad secundaria.
Bosch contempló las colinas de Santa Susana, al otro lado del valle. Distinguió Oat Mountain, que se alzaba sobre Chatsworth. Recordó que hacía muchos años había ido allí con sus compañeros de la academia de policía. Pero no era una hermosa vista pues el valle estaba cubierto por una espesa capa de smog. Desde la casa de los Kincaid, debido a la altura, se divisaba justamente ese panorama.
– Ya sé lo que estás pensando. Una fantástica panorámica del smog.
Bosch se volvió. Un hombre risueño y una mujer de semblante inexpresivo habían entrado en el salón. Detrás de ellos aparecía otro hombre vestido con un traje oscuro. Bosch reconoció al primero por haberlo visto en televisión. Sam Kincaid, el de los automóviles. Era más bajo de lo que el detective había supuesto. Más sólido. Su intenso bronceado era natural, no fruto de un hábil maquillaje y su mata de pelo negro también parecía auténtica. En televisión daba la impresión de que era un peluquín. Lucía una camisa de jugar al golf, como las que llevaba siempre en sus espacios publicitarios. Como las que solía lucir su padre hacía una década cuando era él quien aparecía en la televisión.
La mujer tenía unos cuarenta años, algo más joven que Kincaid, y se conservaba estupendamente gracias a las sesiones semanales de masaje y a las visitas a los salones de belleza de Rodeo Drive. Fijó la vista en el panorama, sin mirar a Bosch ni a Edgar. Tenía una mirada como ausente y Bosch supuso que Katherine Kincaid aún no se había recuperado de la trágica muerte de su hija.
– Pero ¿saben lo que les digo? -dijo Sam Kincaid sin dejar de sonreír-. No me importa ver el smog. Mi familia lleva tres generaciones vendiendo coches en esta ciudad. Desde 1928. Eso representa muchos años y muchos coches. Ese smog me lo recuerda continuamente.
Parecía una frase ensayada, como si la utilizara con todos sus visitantes para romper el hielo. El zar de los automóviles avanzó con la mano tendida.
– Sam Kincaid. Esta es mi esposa, Kate.
Bosch le estrechó la mano, se identificó y luego presentó a Edgar. Por la forma en que Kincaid observó a Edgar antes de estrecharle la mano, Bosch dedujo que su compañero era el primer negro que ponía los pies en aquel salón, sin contar a los que se encargaban de servir los canapés y las bebidas.
Bosch miró al hombre que permanecía de pie debajo del arco de la entrada. Kincaid se apresuró a presentarlo:
– D. C. Richter, mi jefe de seguridad. Le pedí que se reuniera con nosotros. Espero que no le moleste.
A Bosch le chocó la presencia del jefe de seguridad, pero no dijo nada. Saludó a Richter con una breve inclinación de cabeza, y el hombre le devolvió el gesto. Era alto y delgado, aproximadamente de la edad de Bosch, con el pelo corto y canoso y peinado con gel. También lucía un pequeño pendiente, un aro de oro, en la oreja izquierda.