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– ¿Qué podemos hacer por ustedes, caballeros? -inquirió Kincaid-. Debo reconocer que no me esperaba esta visita. Suponía que con lo que está pasando ustedes estarían en la calle, tratando de controlar a esos animales.

Se produjo un tenso silencio. Kate Kincaid clavó la vista en la alfombra.

– Estamos investigando la muerte de Howard Elias -dijo Edgar-. Y la de su hija.

– ¿La de mi hija? No le comprendo.

– ¿Podemos sentarnos, señor Kincaid? -preguntó Bosch.

– Desde luego.

Kincaid los condujo hacia una zona del salón presidida por dos sofás situados en torno a una mesa de café, con superficie de cristal. A un lado había una chimenea en la que casi cabía un hombre de pie; al otro estaba la cristalera, a través de la cual se divisaba una espléndida vista del valle. Los Kincaid se sentaron en uno de los sofás, y Bosch y Edgar ocuparon el otro. Richter permaneció de pie, detrás del sofá en el que estaban los Kincaid.

– Hemos venido para informarles de que hemos reabierto la investigación de la muerte de Stacey -les explicó Bosch-. Debemos comenzar de nuevo.

Los Kincaid se quedaron con la boca levemente abierta en un gesto de perplejidad.

– Mientras investigábamos el asesinato de Howard Elias, ocurrido la noche del viernes -continuó Bosch-, descubrimos cierta información que creemos que exonera a Michael Harris. Nosotros…

– ¡Imposible! -bramó Sam Kincaid-. Harris es el asesino. Hallaron sus huellas en la casa, en nuestra antigua casa. ¿Va a decirme que el Departamento de Policía de Los Ángeles cree ahora que su propia gente colocó las pruebas?

– No, señor. Lo que digo es que ahora tenemos una explicación razonable de esas pruebas.

– Pues me encantaría oírla.

Bosch sacó papeles doblados del bolsillo de la chaqueta y los abrió. Uno era una fotocopia del recibo del lavado de coche que había hallado Pelfry. El otro era una fotocopia de la tarjeta de fichar de Harris, proporcionada también por Pelfry.

– Señora Kincaid, usted conduce un automóvil blanco de la marca Volvo cuyo número de matrícula es uno-B-H-seis-seis-ocho, ¿de acuerdo?

– No -intervino Richter.

Bosch lo miró un momento y luego observó de nuevo a la mujer.

– ¿Condujo ese vehículo este verano?

– Conduje un automóvil blanco Volvo, sí -respondió la señora Kincaid-. No recuerdo la matrícula.

– Mi familia es propietaria de once concesionarios y tiene participación en otras seis en este condado -aclaró su esposo-. Chevrolet, Cadillac, Mazda, un montón de marcas. Incluso tenemos un concesionario Porsche. Pero no poseemos ninguna franquicia de Volvo. Y ya ve, ése es precisamente el coche preferido de mi esposa. Decía que era más seguro para Stacey y luego termina… ya qué más da.

Sam Kincaid se cubrió la boca con la mano y guardó silencio. Bosch esperó unos momentos antes de proseguir.

– Les aseguro que ése es el número de la matrícula. El coche estaba registrado a su nombre, señora Kincaid. El 12 de junio del año pasado ese coche, el Volvo, fue lavado en Hollywood Wax and Shine, en Sunset Boulevard. La persona que lo conducía pidió un servicio especial, que comprendía pasar el aspirador y limpiar el interior del coche. Éste es el recibo.

Bosch lo depositó en la mesa de café, delante de los Kincaid. Ambos se inclinaron para mirarlo. Richter también se acercó a echar un vistazo.

– ¿Alguno de ustedes recuerda haber llevado el coche allí?

– Nosotros no lavamos nuestros coches -contestó Sam Kincaid-. Y no acudimos a talleres públicos de lavado. Cuando quiero que me laven un coche lo llevo a uno de nuestros concesionarios. No tengo que pagar para que…

– Ya recuerdo -le interrumpió su mujer-. Lo llevé yo. Llevé a Stacey al cine, a El Capitán. Cerca del aparcamiento donde dejamos el automóvil estaban haciendo obras, estaban instalando un tejado nuevo en el edificio junto al garaje. Cuando salimos del cine observé que el coche tenía algunas manchas que parecían de alquitrán. Como era blanco, las manchas destacaban mucho. Así que cuando pagué el tíquet pregunté al empleado del aparcamiento dónde podía llevarlo para que me lo lavaran, y él me indicó el taller de Sunset Boulevard.

Kincaid observó a su esposa como si ésta acabara de soltar un eructo en el baile de beneficencia.

– De modo que lo llevó allí -dijo Bosch.

– Sí. Ahora lo recuerdo.

La señora Kincaid miró a su esposo y luego a Bosch.

– El recibo indica el doce de junio -dijo Bosch-. ¿Cuántos días hacía que su hija había comenzado las vacaciones de la escuela?

– Fuimos al cine al día siguiente de que empezaran las vacaciones, para celebrarlo. Llevé a mi hija a comer y al cine. Era una película sobre dos hombres que no logran dar con un ratón que tienen en casa. Era divertida… El ratón resulta ser más listo que ellos.

Los ojos de la señora Kincaid expresaban los recuerdos que guardaba de la película y de su hija. Luego volvió a fijarlos en Bosch.

– De modo que la escuela ya había cerrado -observó el detective-. ¿Es posible que su hija se dejara los libros de la escuela en el Volvo, en la parte posterior del coche?

Kate Kincaid asintió lentamente.

– Sí. Recuerdo que un día, durante el verano, le dije que sacara los libros del coche porque se deslizaban sobre el asiento mientras yo conducía. Pero no lo hizo. Por fin los saqué yo misma y los llevé a su habitación.

Bosch se inclinó de nuevo hacia adelante y depositó la otra fotocopia sobre la mesa.

– Michael Harris trabajaba el verano pasado en Hollywood Wax and Shine. Ésta es la tarjeta de fichar correspondiente a la semana que comprende el 12 de junio. El día que usted llevó el Volvo para que lo lavaran trabajó la jornada completa.

Sam Kincaid se inclinó hacia adelante y examinó la fotocopia.

– ¿De modo que durante todo este tiempo nosotros…? -empezó a decir Kincaid, pero se detuvo-. ¿Insinúa usted que ese hombre, Harris, al pasar el aspirador por el interior del Volvo debió de tocar el libro de mi hijastra, lo tomó o tocó sin querer? Posteriormente mi esposa trasladó el libro a la habitación de Stacey, y cuando la raptaron…

– La policía encontró las huellas en el libro -concluye Bosch-. Sí, eso es lo que pensamos.

– ¿Porqué no dijeron eso durante el juicio? ¿Por qué…?

– Porque existían unas pruebas que vinculaban a Harris con el asesinato -respondió Edgar-. Stacey fue hallada a menos de dos manzanas del apartamento de Harris. Eso le apuntaba directamente. Su abogado decidió que la mejor defensa era ir a por los policías que habían investigado el caso. Arrojar dudas sobre la autenticidad de las huellas, poniendo en entredicho la honestidad de los policías No se molestó en investigar la verdad.

– Y los policías tampoco -apostilló Bosch-. Tenían las huellas dactilares. Así que cuando hallaron el cadáver en el barrio donde vivía Harris, fue un caso cerrado. La opinión pública quedó muy impresionada desde el principio, y esto incidió en la investigación. A partir del momento en que hallaron el cadáver y relacionaron el crimen con Harris, la investigación dio un giro. La policía dejó de centrarse en la búsqueda de la niña para perseguir un objetivo específico. Pero no investigaron la verdad de lo ocurrido.

Sam Kincaid se quedó estupefacto.

– ¿Se imagina el odio que he acumulado durante este tiempo? -preguntó a Bosch-. Odio, rencor…, ésas han sido las únicas emociones que he sentido durante estos últimos nueve meses…

– Le comprendo bien, señor Kincaid -dijo Bosch-. Pero debemos partir de cero. Tenemos que volver a investigar el caso. Eso fue lo que había comenzado a hacer Howard Elias. Hay motivos fundados para creer que él sabía lo que acabo de contarles. Pero además sabía o sospechaba quién era el asesino de la niña. Creemos que por eso lo mataron.

Sam Kincaid lo miró perplejo.