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– Pero hace un rato dijeron en televisión…

– La televisión se equivoca, señor Kincaid. Los de la televisión se equivocan y nosotros estamos en lo cierto.

Kincaid asintió. Luego alzó los ojos para contemplar la vista y el smog.

– ¿Qué quiere de nosotros? -preguntó Kate Kincaid.

– Su ayuda. Su cooperación. Comprendo que esto les ha pillado por sorpresa, y no les pedimos que lo dejen todo para colaborar con nosotros. Pero como habrán podido comprobar si ven la televisión, el tiempo apremia.

– Cuente con nuestra colaboración -dijo Sam Kincaid-. Y D. C. hará lo que ustedes le ordenen.

Bosch miró al guarda de seguridad y de nuevo a Kincaid.

– Creo que no será necesario. Sólo queremos hacerles unas cuantas preguntas más y mañana volveremos para examinar de nuevo todos los detalles del caso.

– De acuerdo. ¿Qué desea saber?

– Howard Elias averiguó lo que acabo de contarles por medio de una nota anónima que recibió por correo. ¿Sabe usted o su esposa quién pudo haberla enviado? ¿Sabía alguien que habían llevado el Volvo a lavar a Hollywood Wax and Shine?

– Sólo lo sabía yo -dijo Kate Kincaid tras un breve silencio-. No creo que lo supiera nadie más. No recuerdo haberle dicho a nadie que había llevado a lavar el coche allí. ¿Por qué iba a hacerlo?

– ¿Envió usted la nota a Howard Elias?

– No, claro que no. ¿Por qué iba a ayudar a Michael Harris? Yo creía que él era… el que se llevó a mi hija. Ahora usted me dice que es inocente, y yo le creo. Pero antes no, no habría movido un dedo para ayudarle.

Bosch observó detenidamente a la señora Kincaid, que tenía los ojos clavados en la mesa de café mientras hablaba.

Luego los alzó para contemplar el valle durante unos segundos y por fin los fijó en sus manos, que tenía crispadas sobre el regazo. En ningún momento miró a su interrogador. Bosch llevaba muchos años tratando de adivinar los pensamientos de las personas a las que entrevistaba e interrogaba. En aquel momento comprendió que Kate Kincaid había enviado la nota a Elias. Pero no se explicaba el motivo. Bosch miró a Richter y comprobó que no le quitaba ojo de encima a la señora Kincaid. El detective se preguntó si el guarda de seguridad también habría adivinado que ella había enviado la nota.

– ¿Quiénes son ahora los propietarios de la casa de Brentwood donde se cometió el crimen? -preguntó Bosch.

– Nosotros seguimos siendo los propietarios -contestó Sam Kincaid-. Aún no hemos decidido qué hacer con ella. En parte queremos venderla para no volver a pensar en ella. Pero en parte… Stacey vivió la mitad de su vida allí…

– Lo comprendo. Nos gustaría…

De pronto sonó el busca del detective. Bosch lo desconectó y prosiguió con el interrogatorio.

– Me gustaría echar un vistazo a la habitación de la niña. Mañana, a ser posible. Para entonces habré obtenido una orden del juez. Imagino que anda usted siempre muy atareado, señor Kincaid. Quizá su esposa podría reunirse conmigo allí y mostrarme la casa. La habitación de Stacey. Si no le importa.

Por la expresión de Kate Kincaid era evidente que le aterrorizaba la idea de volver a poner los pies en la casa de Brentwood. Pero asintió de mala gana.

– D. C. la llevará en el coche -declaró Sam Kincaid-. Puede recorrer la casa a su gusto. No necesita una orden de registro. Le damos nuestra autorización. No tenemos nada que ocultar.

– No pretendía insinuar eso, señor Kincaid. La orden de registro es necesaria para evitar posibles complicaciones. Es más bien una protección para nosotros. Si encontramos en la casa nuevas pruebas que nos conduzcan al asesino, no queremos que puedan cuestionarse los métodos empleados para conseguir esas pruebas.

– Comprendo.

– Le agradezco que me ofrezca la ayuda del señor Richter, pero creo que no será necesaria. -Bosch miró a Kate Kincaid-. Preferiría que viniera usted sola, señora Kincaid. ¿A qué hora le va bien que nos reunamos allí?

Mientras Kate Kincaid reflexionaba sobre el particular, Bosch miró el busca. La llamada procedía de una de las líneas de Homicidios. Pero después del número de teléfono aparecía un 911. Era un código de Kiz Rider: Llama inmediatamente.

– Discúlpenme -dijo Bosch-. Al parecer es una llamada importante. ¿Puedo utilizar su teléfono? Tengo el móvil en el coche, pero en estas colinas no sé si habrá cobertura…

– No faltaba más -respondió Sam Kincaid-. Puede usar el teléfono de mi despacho. Diríjase hacia el vestíbulo de entrada y tuerza a la izquierda. Es la segunda puerta a la izquierda. Allí no le molestará nadie. Nosotros le esperaremos aquí con el detective Edwards.

Bosch se levantó.

– Me llamo Edgar -dijo Edgar.

Mientras Bosch se dirigía hacia el vestíbulo de entrada sonó el busca de Edgar. Imaginó que era Rider, que le enviaba el mismo mensaje. Miró su busca y luego a los Kincaid.

– Será mejor que vaya con el detective Bosch.

– Parece que es algo muy urgente -observó Sam Kincaid-. Confío en que no se trate de un disturbio.

– Yo también -dijo Edgar.

El despacho de Kincaid podía alojar a todo el departamento de Homicidios de Hollywood. Era una habitación inmensa con unas estanterías adosadas a dos de las paredes que llegaban hasta el elevado techo. El centro de la estancia estaba ocupado por un escritorio en el que cabía otro pequeño despacho. En comparación con aquél, el de Howard Elias parecía una miniatura.

Bosch se acercó al escritorio y descolgó el teléfono que reposaba sobre él. Unos instantes después entró Edgar.

– ¿Has recibido una llamada de Kiz? -preguntó Bosch.

– Sí. Debe de haber ocurrido algo.

Bosch marcó el número y esperó. Sobre el escritorio había una fotografía colocada en un marco de oro, en la que se veía a Kincaid con su hijastra en las rodillas. La niña era una preciosidad. Bosch pensó en el comentario de Frankie Sheehan, de que parecía un ángel, incluso muerta. Bosch apartó la vista y se fijó en el ordenador, que estaba instalado en una mesita a la derecha del escritorio. En la pantalla, cubierta por un filtro, vio una serie de coches circulando a través de la misma. Edgar también se fijó en ese detalle.

– El zar de los automóviles -murmuró Edgar-. Yo lo llamaría más bien el rey del smog.

Rider atendió la llamada antes de que sonara el segundo tono.

– Soy Bosch.

– Harry, ¿has hablado ya con los Kincaid?

– En estos momentos estamos en su casa, interrogándoles. ¿Qué ocurre?

– ¿Se lo has dicho?

Bosch guardó un momento de silencio.

– ¿Decirles qué? -preguntó en voz baja.

– Sal de ahí y vuelve enseguida a la comisaría, Harry.

Bosch nunca había oído expresarse a Rider en un tono tan serio. Miró a Edgar, que enarcó las cejas en un gesto de perplejidad.

– De acuerdo, Kiz, vamos para allá. ¿Puedes explicarme el motivo?

– No. Es mejor que te lo enseñe. He encontrado a Stacey Kincaid en el más allá.

26

Bosch no hubiera sabido describir la expresión que observó en el rostro de Kizmin Rider cuando regresó con Edgar a la sala de patrullas. La detective estaba sentada ante la mesa de Homicidios, con su ordenador portátil ante ella; el resplandor de la pantalla se reflejaba sobre su rostro de piel oscura. Parecía tan horrorizada como resuelta. Bosch conocía esa expresión pero no sabía cómo describirla. Al parecer había visto algo espantoso, pero estaba decidida a resolverlo.

– Hola, Kiz -dijo Bosch.

– Siéntate. Espero que no os hayáis dejado pelos en la tarta que hayáis compartido con los Kincaid.

Bosch y Edgar tomaron asiento. Rider se refería a una metedura de pata que pudiera perjudicar el caso debido a un error constitucional o de procedimiento. Si un sospechoso pide hablar con su abogado pero confiesa su delito antes de que aparezca el abogado, hay pelos en la tarta. La confesión no es válida. Asimismo, si la policía no informa a un sospechoso de sus derechos antes de interrogarle, nada de lo que éste diga podrá ser utilizado en el juicio.