– ¿Ves lo fácil que es, Harry? No me digas que no lo entiendes.
Rider tecleó y la pantalla volvió a borrarse. Unos instantes después apareció un mensaje de bienvenida:
BIENVENIDO A LA WEB DE CHARLOTTE
Debajo del mensaje se formó el dibujo de una araña que se deslizó por la parte inferior de la pantalla y comenzó a tejer una tela que se fue extendiendo hasta llenar por completo el monitor. Acto seguido aparecieron unas pequeñas fotos de los rostros de unas niñas, como si estuvieran aprisionadas en la telaraña. Una vez completada la imagen de la telaraña y las niñas atrapadas en ella, la araña se situó en la parte superior de la telaraña.
– Esto no me gusta -comentó Edgar-. Empiezo a tener un mal presentimiento.
– Es una web de pedófilos -dijo Rider-. Y ésta es Stacey Kincaid -añadió golpeando con una uña una de las fotos de la telaraña-. Haces clic sobre la foto que te gusta y aparecen una serie de imágenes y vídeos. Es repugnante. Pobre ángel, quizás el que la mató le hizo un favor.
Rider movió el puntero sobre la pantalla y se detuvo sobre la foto de una niña rubia. La imagen era tan pequeña que Bosch no pudo identificar a Stacey Kincaid. Hubiera preferido dar por cierto lo que Rider le había dicho.
– ¿Estáis listos para lo que vais a ver? -preguntó Rider-. No puedo mostraros vídeos en mi ordenador portátil, pero las fotos os darán una idea.
Rider no esperó a que sus compañeros le respondieran. Accionó el ratón y apareció una nueva imagen en la pantalla.
La fotografía de una niña de pie, desnuda, frente a un seto. Sonreía de manera forzada. Pese a la sonrisa mostraba una expresión ingenua. Tenía las manos apoyadas en las caderas. Bosch la identificó como Stacey Kincaid. El detective trató de aspirar aire, pero sintió una opresión en el pecho que se lo impedía. Rider hizo un scroll y aparecieron numerosas imágenes de la niña en diversas poses, sola y por último acompañada de un hombre. Sólo se veía el torso desnudo del hombre, nunca su rostro. Las últimas fotos mostraban a la niña y al hombre en diferentes posturas de contenido sexual. Luego apareció la última imagen de Stacey Kincaid, ataviada con un vestido blanco y un estampado de banderitas. Saludando a la cámara. Paradójicamente resultaba la imagen más siniestra, pese a ser la más inocente.
– Retrocede o ve hacia adelante o haz lo que tengas que hacer para salir de ahí -dijo Bosch.
Rider movió el cursor hasta situarlo sobre un botón debajo de la última foto que decía HOME. A Bosch le pareció una triste ironía que para salir tuviera que hacer clic en la palabra HOME, casa. Rider hizo clic con el ratón y en la pantalla apareció de nuevo la telaraña. Bosch se levantó, trasladó su silla hasta el lugar que ocupaba en la mesa de Homicidios y se dejó caer en ella. De pronto se sentía deprimido y agotado. Deseaba irse a casa, dormir y olvidar todo cuanto había averiguado.
– No hay animales más salvajes que las personas -observó Rider-. Somos capaces de cualquier barbaridad con tal de satisfacer nuestras fantasías.
Bosch se dirigió a una de las mesas situada junto a la suya. Pertenecía a un detective de robos llamado McGrath.
Bosch abrió los cajones y empezó a rebuscar en ellos.
– ¿Qué buscas Harry? -preguntó Rider.
– Un cigarrillo. Me parece que Paul guarda un paquete de tabaco en su mesa.
– Eso era antes. Le aconsejé que cuando se fuera a casa se lo llevara.
Bosch miró a Rider.
– ¿Le dijiste eso?
– No quería que tuvieras ocasión de caer en la tentación, Harry.
Bosch cerró el cajón y volvió a sentarse en su silla.
– Muchas gracias. Gracias, Kizmin. Me has salvado.
El tono de su voz no contenía el menor asomo de agradecimiento.
– Lo superarás, Harry.
Bosch fulminó a Rider con la mirada.
– Nada menos que tú, que no te has fumado un cigarrillo en toda tu vida, vas a darme consejos sobre la forma de abandonar el vicio y encima me aseguras que lo superaré…
– Lo siento, sólo trataba de ayudarte.
– Repito, muchas gracias.
Bosch señaló el ordenador y preguntó:
– ¿Qué más? ¿En qué estás pensando? ¿Qué tiene eso que ver con que debimos haber informado a Sam y a Kate Kincaid de sus derechos?
– Ellos tenían que estar enterados -contestó Rider, asombrada de que Bosch no hubiera caído en la cuenta-. El hombre que aparece en las fotos debe de ser Kincaid.
– ¡Joder! -exclamó Edgar-. ¿Cómo puedes asegurarlo? No se ve la cara de ese tipo. Estuvimos hablando con Kincaid y tanto él como su esposa se mostraron lógicamente dolidos e indignados por la muerte de su hija.
Entonces Bosch lo comprendió. Al contemplar las fotos de la niña en el ordenador había deducido que las había tomado su secuestrador.
– ¿Insinúas que esas fotos son antiguas? -preguntó a Rider-. ¿Que ese hombre abusó de la niña antes de que la secuestraran?
– Lo que digo es que probablemente no la secuestraron. Un hombre abusó de Stacey Kincaid. Yo creo que su padrastro la violó y luego la asesinó. Y eso no ocurre sin el conocimiento tácito de la madre, cuando no con su consentimiento.
Bosch guardó silencio. Rider se había expresado con tal vehemencia y rabia que el detective se preguntó si también ella habría sufrido alguna experiencia de ese tipo.
– Mirad -dijo Rider, que al parecer no se había percatado del escepticismo de sus compañeros-. Durante un tiempo pensé en pedir un puesto en el departamento de delitos sexuales contra niños, antes de solicitar una plaza en Homicidios. Acababan de crear un equipo en la División del Pacífico, encargado de proteger a los niños contra esos abusos y me habrían dado el puesto sin mayores problemas. Me enviaron a Quantico para asistir a un cursillo sobre delitos sexuales contra niños que el FBI organiza una vez al año. Un cursillo de dos semanas de duración. Sólo duré ocho días. Comprendí que no valía para eso. De modo que volví y solicité una plaza en Homicidios.
Rider se detuvo, pero ni Bosch ni Edgar dijeron una palabra. Sabían que había más.
– Pero antes de irme -continuó Rider- averigüé lo suficiente para saber que la mayoría de abusos sexuales contra niños se producen en el seno de la familia y que los cometen parientes o allegados. La historia del monstruo que entra por una ventana y se lleva a un niño es muy poco frecuente.
– Pero eso no prueba nada, Kiz -observó Bosch con tacto-. Siempre existe la excepción a la regla. El que entró por la ventana no fue Harris sino el tipo de las fotos.
Bosch señaló el ordenador, aunque por fortuna las imágenes del hombre sin cabeza que había violado a Stacey Kincaid habían desaparecido de la pantalla.
– Nadie entró por la ventana -dijo Rider.
A continuación sacó una carpeta y la abrió. Bosch vio que contenía una copia del informe de la autopsia que le habían practicado a Stacey Kincaid. Rider pasó las hojas hasta dar con las fotografías que buscaba. Sacó una y se la entregó a Bosch. Mientras el detective la observaba, Rider se puso a leer el informe.
La foto que Bosch sostenía en la mano era del cadáver de Stacey Kincaid in situ, es decir, en la posición y el lugar en que lo habían hallado. Tenía los brazos extendidos. Sheehan estaba en lo cierto. La pigmentación de su cuerpo había empezado a oscurecerse debido al avanzado estado de descomposición, y aunque tenía el rostro demacrado ofrecía un aspecto angelical. Al contemplar las imágenes de aquel cuerpecito torturado y asesinado, Bosch sintió una punzada en el corazón.
– Observa la rodilla izquierda -dijo Rider.
Bosch hizo lo que le pedía su compañera y vio una mancha oscura y redonda que parecía una costra.
– ¿Una costra?
– Exacto. Según el protocolo se trata de una lesión que Stacey se produjo unos cinco o seis días antes de ser secuestrada. De modo que durante los días que estuvo con su secuestrador, suponiendo que éste exista, la niña tenía la costra en la rodilla. Si quieres puedo volver a entrar en la web y te lo enseño.