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La vehemencia y la rabia con la que se expresaba su compañera llevó a Bosch a preguntarse de nuevo si no habría visto algo en esa página web que le había tocado una fibra sensible, si no le habría evocado alguna dolorosa experiencia personal.

– ¿Qué hacemos ahora? -preguntó-. ¿Solicitar unas órdenes de registro?

– Sí -contestó Rider-. Y haremos que vengan los Kincaid. Me importa una mierda su lujosa mansión en la colina. Tenemos lo suficiente para interrogarlos sobre los abusos contra la niña. Lo haremos por separado, para ponerlos nerviosos. Conseguiremos que la esposa confiese, que renuncie al derecho a no acusar a su marido y nos entregue a ese cerdo.

– Estás hablando de una familia muy poderosa y relacionada con destacados políticos.

– No me digas que temes al zar de los automóviles.

Bosch miró a Rider para comprobar si se estaba burlando.

– Temo precipitarme y meter la pata. No tenemos nada que relacione directamente a nadie con Stacey Kincaid o Howard Elias. Si traemos aquí a la madre y no logramos convencerla, el zar de los automóviles se largará en su elegante limusina y nos dejará con dos palmos de narices. Eso es lo que me da miedo, ¿comprendes?

Rider asintió.

– La esposa se muere de ganas de dejarse convencer -dijo Edgar-. ¿Por qué si no iba a enviar esas notas a Elias?

Bosch apoyó los codos en la mesa, se frotó la cara con las manos y reflexionó sobre el asunto. Tenía que tomar una decisión.

– ¿Qué me decís de la web de Charlotte? -preguntó sin apartar las manos del rostro-. ¿Qué hacemos con eso?

– Se lo daremos a Inglert y a las O’Connor -respondió Rider-. Les encantará ocuparse de ese asunto. Ya te he dicho que pueden investigar la lista de usuarios. Los identificarán y tomarán nota de sus datos. Conseguiremos arrestar a una red de pedófilos usuarios de Internet. Eso para empezar. Luego el fiscal del distrito quizás intentará relacionarlos con los homicidios.

– Deben de estar repartidos por todo el país -comentó Edgar-, no sólo en Los Ángeles.

– Aunque estuvieran en todo el mundo, eso es lo de menos. Nuestra gente trabajará respaldada por el FBI.

Se produjo otro silencio, hasta que por fin Bosch dejó caer las manos y las apoyó sobre la mesa. Había tomado una decisión.

– Bien, vosotros quedaos aquí y redactad las órdenes de registro -dijo Bosch-. Las quiero para esta noche, por si decidimos seguir adelante. Quiero que comprendan todas las armas, los ordenadores…, en fin, ya sabéis lo que tenéis que hacer. Quiero unas órdenes de registro para la antigua casa de los Kincaid, que todavía les pertenece, y la nueva, todos los coches y el despacho de Kincaid. Y ya puestos quiero que tú, Jerry, averigües lo que puedas sobre el guarda de seguridad.

– D. C. Richter. De acuerdo. ¿Qué…?

– Incluye una orden para registrar su coche.

– ¿Cuál es la causa probable?

Bosch reflexionó unos instantes. Sabía lo que quería pero necesitaba un medio legal para conseguirlo.

– Di que como jefe de seguridad de Kincaid, creemos que utilizaron su vehículo para cometer delitos relacionados con el asesinato de Stacey Kincaid.

– Esa no es una causa probable, Harry.

– Pediremos la orden junto con las otras -contestó Bosch-. Quizás el juez no hilará tan fino después de leer lo que contienen. Comprobad la lista de jueces. Prefiero que sea una jueza.

– Muy sagaz -dijo Rider sonriendo.

– ¿Y tú qué vas a hacer, Harry? -preguntó Edgar.

– Iré a la Central para hablar con Irving y Lindell. Les contaré lo que hemos averiguado y les preguntaré qué quieren que hagamos.

– No te conozco, Harry -dijo la detective, decepcionada-. Sabes que si lo consultas con Irving optará por la vía conservadora. No nos dejará mover un dedo hasta que hayamos verificado todas las posibilidades.

Bosch asintió.

– En circunstancias normales estarías en lo cierto. Pero éstas no son unas circunstancias normales. Irving quiere evitar a toda costa que arda la ciudad. Puede que la manera de evitarlo sea resolviendo rápidamente este caso. Irving es lo suficientemente inteligente para haberse dado cuenta.

– Tienes demasiada fe en la naturaleza humana -dijo Rider.

– ¿A qué te refieres?

– El mejor método de calmar los ánimos de esta ciudad es arrestar a un policía. Irving ya tiene a Sheehan en la sala de interrogatorios. No querrá oír lo que vas a contarle, Harry.

– Piensas que si arrestas al zar de los automóviles y dices que mató a Elias todo el mundo te creerá y te aclamará -terció Edgar-. Pero creo que te equivocas. Hay gente ahí afuera que necesita que el culpable sea un policía y todo lo demás les tiene sin cuidado. Irving también es lo suficientemente inteligente para saber eso.

Bosch pensó en Sheehan retenido en el Parker Center, encerrado en una habitación. Iban a sacrificarlo como chivo expiatorio para lavar los pecados del departamento.

– Vosotros ocupaos de las órdenes de registro, y yo me ocuparé del resto -dijo.

27

Bosch contempló a través de la ventana a los numerosos manifestantes agrupados frente al Parker Center y en Los Ángeles Street. Se movían en una hilera ordenada, portando pancartas que decían «Justicia ya» en un lado y «Justicia para Howard Elias» en el otro.

La escena mostraba la esmerada orquestación de la protesta en beneficio de los medios de comunicación. Bosch vio al reverendo Preston Tuggins entre los manifestantes. Echó a andar hacia las oficinas seguido por un enjambre de reporteros con micrófonos y cámaras en ristre. Bosch no vio ninguna pancarta que pidiera justicia para Catalina Pérez.

– Detective Bosch -dijo Irving a sus espaldas-. Háganos un resumen. Ya nos ha relatado la información que ha recabado. Ahora resúmala y explíquenos lo que significa.

Bosch se volvió. Miró a Irving y luego a Lindell. Se hallaban en el despacho de Irving. El subdirector estaba sentado detrás de su mesa, tieso como un palo y vestido de uniforme, lo que indicaba que más tarde comparecería en una rueda de prensa. Lindell ocupaba una de las sillas situadas frente al escritorio. Bosch acababa de relatarles lo que había descubierto Rider y los pasos que habían dado hasta el momento. Irving no quería oír su interpretación de los hechos.

Bosch puso en orden sus pensamientos mientras se dirigía hacia la mesa y se sentaba junto a Lindell.

– Creo que Sam Kincaid mató a su hijastra o tuvo algo que ver con el crimen. No hubo ningún secuestro. Esa fue una historia que él se inventó. Luego tuvo la suerte de que la policía encontrara unas huellas pertenecientes a Harris. A partir de ahí Kincaid quedó libre de toda sospecha.

– Empiece por el principio.

– De acuerdo. En primer lugar, Kincaid es un pedófilo. Hace seis años se casó con Kate, probablemente para presentar una fachada respetable y para tener acceso a la hija. El cadáver de la niña estaba en un estado de descomposición demasiado avanzado para que el forense pudiera determinar si había sufrido abusos sexuales durante años. Pero yo digo que sí. Y en…

– ¿La madre lo sabía?

– Deduzco que debió de averiguarlo, aunque ignoro en qué momento.

– Siga. Siento haberle interrumpido.

– El verano pasado ocurrió algo. Quizá la niña amenazó con contárselo a alguien, tal vez a su madre, si ésta aún no lo sabía, o con acudir a las autoridades. O quizá Kincaid se cansó de ella. A los pedófilos les atraen los niños de una determinada edad, no les interesan mayores. Stacey Kincaid iba a cumplir los doce años. Quizás era demasiado mayor para los gustos de su padrastro. Cuando dejó de serle útil para satisfacer sus aberrantes caprichos, empezó a representar una amenaza.