– Esta conversación me produce náuseas, detective. Estamos hablando de una niña de once años.
– ¿Qué quiere que haga, jefe? A mí también me produce náuseas. Yo he visto las fotos.
– Entonces acabemos cuanto antes.
– Quedamos en que ocurrió algo y él la mató. Ocultó el cuerpo y forzó la cerradura de la ventana. Luego dejó que los acontecimientos siguieran su curso. La historia del secuestro comienza a cobrar forma.
– El tipo tuvo suerte -comentó Lindell.
– Efectivamente -asintió-. Mucha suerte. Con todas las huellas recogidas en la habitación de la niña y el resto de la casa, el ordenador llegó a la conclusión de que correspondían a un tal Michael Harris, ex presidiario y delincuente impenitente. Los de Robos y Homicidios se lanzaron en persecución de Harris, como si llevaran una venda en los ojos. Abandonaron las otras pistas y se concentraron única y exclusivamente en Harris. Lo atraparon y trataron de obligarle a confesar. Pero ocurrió algo muy curioso. Harris se negó a confesar, y la única prueba que existía eran esas huellas. A todo esto, alguien filtró el nombre de Harris a la prensa. Los medios difundieron la noticia de que la policía tenía un sospechoso. Kincaid averiguó dónde vivía Harris, quizás obtuvo la información de un solícito policía que mantuvo bien informados a los padres de la víctima. El caso es que Kincaid se enteró de dónde vivía Harris. Deduzco que fue al lugar donde había ocultado el cadáver y lo sacó de allí. Probablemente lo había metido en el maletero de uno de los coches de sus concesionarios. A continuación trasladó el cadáver al barrio de Harris y lo arrojó en el solar, a un par de manzanas de donde vivía el sospechoso. Cuando a la mañana siguiente hallaron el cuerpo de la niña, la policía ya tuvo otra prueba, aunque fuera circunstancial, además de las huellas dactilares. Pero Harris era inocente.
– Dejó sus huellas cuando lavó el coche de la señora Kincaid -dijo Irving.
– Exacto.
– ¿Y Elias? -preguntó Lindell-. ¿Por qué lo mataron?
– Creo que lo mató la señora Kincaid. Por error. Supongo que en cierto momento, atormentada por la participación en el crimen de su hija, empezó a ver fantasmas. Se sintió culpable y trató de enmendar su error. Sabía de lo que su marido era capaz, quizás él la había amenazado, y trató de hacerlo sin que él lo averiguara. Empezó a enviar notas anónimas a Elias, para ayudarle en su investigación. Y consiguió su propósito. Elias logró introducirse en una web secreta, la web de Charlotte. Cuando vio las imágenes de la niña, Elias sospechó quién la había matado. Obró con cautela. Iba a solicitar una citación judicial para obligar a Kincaid a comparecer en el juicio. Pero cometió el error de mostrar sus cartas. Dejó una pista en la página web. Kincaid o los operadores de la web se dieron cuenta de que corrían peligro.
– Y enviaron a alguien para que lo matara -dijo Lindell.
– Dudo mucho de que fuera el propio Kincaid. Seguramente fue alguien que trabajaba para él. Tiene contratado a un guarda de seguridad. Vamos a investigar a ese tipo.
Todos mantuvieron silencio. Irving juntó las manos y las apoyó en la mesa, en la que no había ningún objeto. Era tan sólo una superficie de madera pulida.
– Tienen que soltar a Sheehan -dijo Bosch-. Él no lo hizo.
– No se preocupe por Sheehan -repuso Irving-. Si es inocente lo enviaremos a casa. No sé qué hacer con Kincaid. Todo esto parece tan…
Bosch hizo caso omiso del escepticismo del subdirector.
– Haremos lo que debemos hacer -dijo-. Conseguiremos unas órdenes de registro y nos pondremos en marcha. He quedado citado mañana por la mañana con la señora Kincaid en la casa que ocupaban anteriormente. Trataré de congraciarme con ella y espero arrancarle una confesión. Creo que es una mujer frágil, quizás esté a punto de caer. En cualquier caso, obtendremos los mandatos judiciales. Utilizaremos a todo el equipo y nos presentaremos en todos los lugares que debamos registrar simultáneamente: los domicilios, los coches, las oficinas. Ya veremos qué sacamos en limpio. También investigaremos los archivos de los concesionarios de Kincaid, para averiguar qué coches utilizó en julio. Y Richter también.
– ¿Richter?
– El jefe de seguridad personal de Kincaid.
Irving se levantó y se acercó a la ventana.
– Está hablando del miembro de una familia que ha ayudado a construir esta ciudad -dijo-. El hijo de Jackson Kincaid.
– Ya lo sé -replicó Bosch-. Ese tipo procede de una familia poderosa. Incluso se considera el creador del smog. Lo considera un logro de la familia. Pero no importa, jefe. No después de lo que ha hecho.
Irving bajó la mirada y Bosch supuso que estaba observando a los manifestantes.
– La ciudad ha resistido…
Irving no terminó la frase. Bosch adivinó lo que estaba pensando. Que esos manifestantes que llenaban las aceras esperaban la noticia de que habían arrestado a un policía acusado de haber cometido el asesinato.
– ¿Qué hemos averiguado del detective Sheehan? -preguntó Irving.
– Llevamos seis horas hablando con él -respondió Lindell tras consultar su reloj-. Cuando me marché no había pronunciado ni una palabra que lo incriminara en el asesinato de Howard Elias.
– Pero amenazó a Elias, advirtiéndole que moriría justamente de la forma en que lo asesinaron.
– Eso ocurrió hace mucho tiempo. Además, lo dijo públicamente, delante de testigos. Según mi experiencia, la gente que profiere ese tipo de amenazas no suele llevarlas a cabo. Por lo general sólo es una forma de desahogarse.
Irving asintió, sin apartar el rostro de la ventana.
– ¿Y los análisis de balística?
– Aún no sabemos nada. Iban a practicar la autopsia del cadáver de Elias esta tarde. Envié al detective Chastain. Extraerán las balas y Chastain las llevará a los expertos en armas de fuego. Pero recuerde, jefe, que Sheehan entregó su pistola voluntariamente. Dijo: «Que la analicen en balística». Sí, lleva una del nueve, pero no creo que hubiera entregado la pistola de no haber estado seguro de que las balas no habían sido disparadas con su arma.
– ¿Y su domicilio?
– Lo registramos de arriba abajo, con la autorización de Sheehan. Nada. No hallamos armas, ni notas sobre Elias, nada en absoluto.
– ¿Coartada?
– Es el único punto débil. El viernes por la noche había estado en casa.
– ¿Y su esposa? -inquirió Bosch.
– La esposa y los niños estaban en Bakersfield -respondió Lindell-. Por lo visto llevaban bastante tiempo allí.
Ésa fue otra sorpresa. Bosch se preguntó por qué Sheehan no se lo dijo cuando Bosch le preguntó por su familia.
Irving guardó silencio y Lindell continuó:
– Me refiero a que podemos retenerlo y esperar a mañana, cuando hayamos conseguido el informe de balística. O podemos seguir el consejo de Harry y enviarlo ya a casa. Pero, en caso de que lo retengamos esta noche, alimentaremos las esperanzas de la gente y…
– Y si lo soltamos sin más explicaciones podríamos desencadenar disturbios -dijo Irving.
El subdirector siguió mirando por la ventana con gesto hosco. Lindell aguardó en silencio.
– Soltadlo a las seis -dijo por fin Irving-. Durante la rueda de prensa de las cinco anunciaré que lo hemos dejado en libertad, en espera, si bien la investigación continúa. Ya me parece oír los alaridos de indignación de Preston Tuggins y su gente.
– Eso no basta, jefe -terció Bosch-. Tiene que afirmar que es inocente. ¿Cómo va a decir que lo sueltan, pero continúa la investigación? Es como decir que Sheehan es culpable pero que aún no disponemos de las pruebas suficientes para acusarlo.
Irving se volvió hacia Bosch.
– No se atreva a decirme qué debo hacer, detective. -Y añadió-: Usted cumpla con su obligación y yo cumpliré con la mía. A propósito, la rueda de prensa es dentro de una hora. Quiero que sus dos compañeros estén presentes. No voy a tomar la palabra con una partida de blancos sentados detrás de mí y anunciar que hemos soltado a un policía blanco hasta que hayamos investigado todos los datos. Quiero que sus compañeros estén ahí. Y no voy a aceptar ninguna excusa.