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– Recordemos ese nombre, Bernardo. Creo que volveremos a toparnos con este bellaco. No puedo decirle nada de esto a Juliana, porque pensará que lo hago por mezquindad o celos. Debo encontrar otra forma de revelarle que esa voz no es de Moncada. ¿Se te ocurre algo? Bueno, cuando se te ocurra me lo dices -concluyó Diego.

Uno de los visitantes asiduos de la casa de Tomás de Romeu era el encargado de los asuntos de Napoleón en Barcelona, el caballero Roland Duchamp, conocido como el Chevalier. Era la sombra gris detrás de la autoridad oficial; más influyente, según decían, que el mismísimo rey José I. Napoleón le había ido quitando poder a su hermano, porque ya no lo necesitaba para perpetuar la dinastía Bonaparte, ahora tenía un hijo, un enclenque bebé apodado el Aguilucho y agobiado desde temprana edad con el título de rey de Roma.

El Chevalier manejaba una vasta red de espías que le informaban de los planes de sus enemigos aun antes de que éstos los formularan. Tenía rango de embajador, pero en realidad le rendían cuenta incluso los altos mandos del ejército. Su vida en esa ciudad, donde los franceses eran detestados, no era agradable. La alta sociedad le hacía el vacío, aunque él halagaba a las familias acaudaladas con bailes, recepciones y obras de teatro, tanto como procuraba ganarse a la chusma repartiendo pan y autorizando corridas de toros, que antes estuvieron prohibidas. Nadie quería aparecer como afrancesado.

Los nobles, como Eulalia de Callís, no se atrevían a quitarle el saludo pero tampoco aceptaban sus invitaciones. Tomás de Romeu, en cambio, se honraba con su amistad, porque admiraba todo lo que venía de Francia, desde sus ideas filosóficas y su refinamiento, hasta el mismo Napoleón, a quien comparaba con Alejandro Magno. Sabía que el Chevalier estaba vinculado con la policía secreta, pero no daba crédito a los rumores de que era responsable de torturas y ejecuciones en La Ciudadela. Le parecía imposible que una persona tan fina y culta se mezclara en las barbaridades que se atribuían a los militares. Discutían de arte, de libros, de los nuevos descubrimientos científicos, de los avances de la astronomía; comentaban la situación de las colonias en América, como Venezuela, Chile y otras, que habían declarado su independencia.

Mientras los dos caballeros compartían horas placenteras con sus copas de coñac francés y sus cigarros cubanos, Agnés Duchamp, la hija del Chevalier, se entretenía con Juliana leyendo novelas francesas a espaldas de Tomás de Romeu, quien jamás habría consentido tales lecturas. Se afligían a muerte con los amores contrariados de los personajes y suspiraban de alivio con los finales felices. El romanticismo aún no estaba de moda en España, y antes de la aparición de Agnés en su vida, Juliana sólo tenía acceso a ciertos autores clásicos de la biblioteca familiar, seleccionados por su padre con criterio didáctico.

Isabel y Nuria asistían a las lecturas. La primera se burlaba pero no perdía palabra, y Nuria lloraba a lágrima viva. Le habían aclarado que nada de eso sucedía en la realidad, eran sólo mentiras del autor, pero no lo creía. Las desgracias de los personajes llegaron a preocuparla de tal manera, que las jóvenes cambiaban el argumento de las novelas para no amargarle la existencia. La dueña no sabía leer, pero sentía un respeto sacramental por todo material impreso. Compraba con su salario unos folletos ilustrados con vidas de mártires, verdaderos compendios de salvajadas, que las niñas debían leerle una y otra vez. Estaba segura de que todos ellos eran desdichados compatriotas supliciados por los moros en Granada. Era inútil explicarle que el coliseo romano quedaba donde su nombre lo indica, en Roma.

También estaba convencida, como buena española, de que Cristo murió en la cruz por la humanidad en general, pero por España en particular. Para ella lo más imperdonable de Napoleón y los franceses era su condición de ateos, por eso salpicaba con agua bendita el sillón que había ocupado el Chevalier después de cada visita. Explicaba el hecho de que su amo tampoco creyera en Dios como una consecuencia de la muerte prematura de su esposa, la madre de las niñas. Estaba segura de que don Tomás padecía una condición temporal; en su lecho de muerte recobraría el juicio y clamaría por un confesor que le perdonara sus pecados, como a fin de cuentas hacían todos, por muy ateos que se declararan en salud.

Agnés era menuda, risueña y vivaz, con un cutis diáfano, mirada maliciosa y hoyuelos en mejillas, nudillos y codos. Las novelas la habían madurado antes de tiempo, y a una edad en que otras niñas no salían de sus casas, ella hacía vida de mujer adulta. Usaba la moda más atrevida de París para acompañar a su padre a los eventos sociales. Asistía a los bailes con el vestido mojado, para que la tela se le pegara al cuerpo y nadie dejara de apreciar sus caderas redondas y sus pezones de virgen atrevida.

Desde el primer encuentro se fijó en Diego, quien durante ese año dejó atrás los sinsabores de la adolescencia y pegó un estirón de potrillo; medía tanto como Tomás de Romeu y, mediante la contundente dieta catalana y los mimos de Nuria, había ganado peso, que mucha falta le hacía. Sus facciones se asentaron en forma definitiva y, por sugerencia de Isabel, llevaba el pelo cortado como melena para taparse las orejas.

A Agnés le parecía que no estaba nada de mal, era exótico, podía imaginarlo en los territorios salvajes de las Américas, rodeado de indios sumisos y desnudos. No se cansaba de interrogarlo sobre California, que confundía con una isla misteriosa y caliente, como aquélla donde había nacido la inefable Josefina Bonaparte, a quien ella procuraba imitar con sus vestidos translúcidos y su aroma de violetas. La había conocido en París, en la corte de Napoleón, cuando ella era una niña de diez años.

Mientras el emperador estaba ausente en alguna guerra, Josefina había distinguido al chevalier Duchamp con una amistad casi amorosa. A Agnés le quedó grabada en la memoria la imagen de esa mujer, que sin ser joven ni bella lo parecía por su forma ondulante de caminar, su voz somnolienta y su fragancia efímera. De eso hacía más de cuatro años. Josefina ya no era la emperatriz de Francia; Napoleón la había reemplazado por una insípida princesa austriaca cuya única gracia, según Agnés, era que tuvo un hijo. ¡Qué ordinaria es la fertilidad!

Al enterarse de que Diego era el único heredero de Alejandro de la Vega, dueño de un rancho del tamaño de un pequeño país, no le costó nada imaginarse convertida en la castellana de aquel fabuloso territorio. Esperó el momento apropiado y le susurró, detrás de su abanico, que fuera a visitarla para que pudieran conversar a solas, ya que en casa de Tomás de Romeu siempre estaban vigilados por Nuria; en París nadie tenía dueña, esa costumbre era el colmo de lo anticuado, agregó. Para sellar la invitación le entregó un pañuelo de hilo y encaje con su nombre completo bordado por las monjas y perfumado de violetas.

Diego no supo qué contestarle. Durante una semana trató de dar celos a Juliana hablándole de Agnés y agitando el pañuelo en el aire, pero le salió el tiro por la culata, porque la bella se ofreció amablemente para ayudarlo en sus amores. Además, Isabel y Nuria se burlaron de él sin misericordia, de modo que acabó tirando el pañuelo a la basura. Bernardo lo recogió y lo guardó, fiel a su teoría de que todo puede servir en el futuro.

Diego se topaba a menudo con Agnés Duchamp, porque la muchacha se había convertido en visitante asidua de la casa. Era menor que Juliana, pero la dejaba atrás en viveza y experiencia. Si las circunstancias hubieran sido diferentes, Agnés no se habría rebajado a cultivar una amistad con una muchacha tan sencilla como Juliana, pero la posición de su padre le había cerrado muchas puertas y privado de amigas. Además, Juliana tenía a su favor su fama de hermosura y, aunque en principio Agnés evitaba ese tipo de competencia, pronto se dio cuenta de que el solo nombre de Juliana de Romeu atraía el interés de los caballeros y de refilón ella se beneficiaba.