– ¿Qué será ahora de vosotros? -susurró Diego.
– Nos iremos hasta que se calmen las cosas, pronto se olvidarán de nosotros -replicó ella.
– Quemaron el campamento, os habéis quedado sin nada.
– No es ninguna novedad, Diego. Los Roma estamos acostumbrados a perderlo todo, nos ha sucedido antes y nos sucederá de nuevo.
– ¿Volveré a verte, Amalia?
– No sé, no tengo mi bola de vidrio -sonrió ella encogiéndose de hombros.
Diego le dio lo que había logrado juntar en esas pocas horas: la mayor parte del dinero que le quedaba de la reciente remesa enviada por su padre y el que consiguieron las niñas De Romeu, una vez que supieron lo ocurrido. Por encargo de Juliana le entregó un paquete envuelto en un pañuelo.
– Juliana me pidió que te diera esto como recuerdo -dijo Diego.
Amalia desanudó el pañuelo y vio que contenía una delicada diadema de perlas, la misma que Diego le había visto usar a Juliana varias veces, era su joya de más valor.
– ¿Por qué? -preguntó la mujer, sorprendida.
– Supongo que debe de ser porque la salvaste de casarse con Moncada.
– Eso no es seguro. Tal vez su destino sea casarse con él de todos modos…
– ¡Jamás! Ahora Juliana sabe qué clase de canalla es -la interrumpió Diego.
– El corazón es caprichoso -replicó ella.
Escondió la joya en una bolsa, entre los pliegues de sus amplias faldas sobrepuestas, hizo un gesto de adiós a Diego con los dedos y retrocedió, perdiéndose en las sombras heladas de la catedral. Instantes más tarde corría por las callejuelas del barrio hacia las Ramblas.
Poco después de la huida de los gitanos y antes de Navidad, llegó una carta del padre Mendoza. El misionero escribía cada seis meses para dar noticias de la familia y la misión. Contaba, por ejemplo, que habían vuelto los delfines a la costa, que el vino de esa temporada había resultado ácido, que los soldados habían detenido a Lechuza Blanca porque arremetió contra ellos a bastonazos en defensa de un indio, pero mediante la intervención de Alejandro de la Vega la soltaron. Desde entonces, agregaba, no habían visto a la curandera por esos lados.
Con su estilo preciso y enérgico lograba conmover a Diego mucho más que Alejandro de la Vega, cuyas cartas eran sermones salpicados de consejos morales. Diferían poco del tono habitual establecido por Alejandro en la relación con su hijo. En esa ocasión, sin embargo, la breve misiva del padre Mendoza no era para Diego, sino para Bernardo, y venía sellada con lacre. Bernardo partió el sello con un cuchillo y se instaló cerca de la ventana a leerla. Diego, que lo observaba a pocos pasos de distancia, lo vio cambiar de color a medida que sus ojos recorrían la angulosa escritura del misionero. Bernardo la leyó dos veces y luego se la pasó a su hermano.
Ayer, dos de agosto del año mil ochocientos trece, vino a visitarme a la misión una joven indígena de la tribu de Lechuza Blanca. Traía a su hijo, de poco más de dos años, a quien llama simplemente Niño. Ofrecí bautizarlo, como se debe, y le expliqué que de otro modo el alma de ese inocente corre peligro, ya que si Dios decide llevárselo, no podrá ir al cielo y quedará varado en el limbo. La india se negó al bautismo. Dijo que esperará el regreso del padre para que él escoja el nombre. También rehusó oír la palabra de Cristo e incorporarse a la misión, donde ella y su hijo tendrían una vida civilizada.
Me dio el mismo argumento: que cuando regrese el padre del niño, tomará una decisión al respecto. No insistí, porque he aprendido a aguardar con paciencia que los indios acudan aquí por su propia voluntad, de otro modo su conversión a la Verdadera Fe resulta apenas un barniz. El nombre de la mujer es Rayo en la Noche. Que Dios te bendiga y guíe siempre tus pasos, hijo mío.
Te abruza, en Cristo Nuestro Señor,
Padre Mendoza
Diego le devolvió la carta a Bernardo y ambos se quedaron en silencio, mientras la luz del día se apagaba en la ventana. Bernardo, quien por la necesidad de comunicarse tenía un rostro muy expresivo, en esos momentos parecía esculpido en granito. Comenzó a tocar una melodía triste, refugiándose en la flauta para no dar explicaciones. Diego no se las pidió, porque sentía en su propio pecho los golpes del corazón de su hermano. Había llegado el momento de separarse.
Bernardo no podía seguir viviendo como un muchacho, lo reclamaban sus raíces, deseaba regresar a California y asumir sus nuevas responsabilidades. Nunca se sintió cómodo lejos de su tierra. Había vivido varios años contando días y horas en esa ciudad de piedra y de helados inviernos, por la lealtad de acero que lo unía a Diego, pero ya no podía más, el hueco en el pecho se le iba agrandando como una insondable caverna.
El amor absoluto que sentía por Rayo en la Noche ahora adquiría una terrible urgencia, porque no tenía la menor duda de que ese niño era su hijo. Diego aceptó los silenciosos argumentos con una garra en el pecho y respondió con un discurso a borbotones desde el alma.
– Tendrás que irte solo, hermano, porque me faltan varios meses para graduarme en el Colegio de Humanidades y en ese tiempo pretendo convencer a Juliana de que se case conmigo, pero antes de declararme y pedir su mano a don Tomás, debo esperar a que se reponga de la desilusión que le produjo Rafael Moncada.
Perdona, hermano, soy muy egoísta, no es el momento de majadearte una vez más con mis fantasías de amor, sino de hablar de ti. Durante estos años me he divertido como un chiquillo mimado, mientras tú has estado enfermo de nostalgia por Rayo en la Noche, sin saber siquiera que te dio un hijo. ¿Cómo has aguantado tanto? No quiero que te vayas, pero tu lugar está en California, de eso no hay duda. Ahora entiendo lo que mi padre y tú mismo siempre dijisteis, Bernardo, que nuestros destinos son diferentes, yo nací con fortuna y privilegios que tú no tienes. No es justo, porque somos hermanos.
Un día seré dueño de la hacienda De la Vega y entonces podré darte la mitad que te corresponde, entretanto le escribiré a mi padre para pedirle que te entregue suficiente dinero para instalarte con Rayo en la Noche y tu hijo donde tú quieras, no tienes que vivir en la misión. Te prometo que mientras yo pueda, nunca le faltará nada material a tu familia. No sé por qué lloro como un chiquillo, debe de ser porque te estoy echando de menos por adelantado. ¿Qué haré sin ti? No tienes idea de cuánto necesito tu fuerza y tu sabiduría, Bernardo.
Los dos jóvenes se abrazaron, primero conmovidos y después con risa forzosa, porque se jactaban de no ser sentimentales. Había concluido una etapa de la juventud.
Bernardo no pudo partir de inmediato, como deseaba. Tuvo que aguardar hasta enero para conseguir que una fragata mercante lo condujese a América. Tenía muy poco dinero, pero le aceptaron pagar su pasaje trabajando como marinero a bordo. Le dejó una carta a Diego con la recomendación de que se cuidara del Zorro, no sólo por el riesgo de ser descubierto, sino porque el personaje terminaría apoderándose de él. «No te olvides de que eres Diego de la Vega, un hombre de carne y hueso, mientras que ese Zorro es un engendro de tu imaginación», le decía en la carta.
Le costó despedirse de Isabel, a quien había llegado a querer como a una hermana menor, porque temía no volver a verla, a pesar de que ella le prometió cien veces que iría a California apenas su padre le diera permiso.
– Nos veremos de nuevo, Bernardo, aunque Diego nunca se case con Juliana. El mundo es redondo, y si le doy la vuelta, un día llegaré a tu casa -le aseguró Isabel, soplándose la nariz y secándose las lágrimas a manotazos.
El año 1814 se anunció pleno de esperanzas para los españoles. Napoleón estaba debilitado por sus derrotas en Europa y la situación interna en Francia. El tratado de Valencay devolvió la corona a Fernando VII, quien se aprontaba para retornar a su patria. En enero el Chevalier dio orden a su mayordomo de empacar el contenido de su palacete, tarea nada simple porque se desplazaba con esplendor principesco. Sospechaba que a Napoleón le quedaba poco tiempo en el poder y en ese caso su propio destino estaba en peligro, porque en su calidad de hombre de confianza del emperador carecía de futuro en cualquier gobierno que lo reemplazara.