Por dentro el sitio parecía desierto, reinaba un silencio de cementerio y había muy poca luz porque a la mitad de las lámparas se les había consumido el aceite. Invisible como un espectro -sólo el brillo de su acero delataba su presencia-, el Zorro atravesó el vestíbulo. Empujó cautelosamente una puerta y se asomó a la sala de armas, donde sin duda habían distribuido el contenido del barril, porque había media docena de hombres roncando en el suelo, incluyendo el alférez. Se aseguró de que ninguno estaba despierto y luego revisó el tonel. Había sido vaciado hasta la última gota.
– ¡Salud, señores! -exclamó satisfecho, y en un impulso juguetón trazó en el muro una letra zeta con tres rayas de su espada. La advertencia de Bernardo de que el Zorro terminaría por apoderarse de él acudió a su mente, pero ya era tarde.
Confiscó deprisa las armas de fuego y los sables, los amontonó en los arcones del vestíbulo, y enseguida continuó su excursión por el edificio, apagando faroles y velas a medida que avanzaba. Las sombras siempre habían sido sus mejores aliadas. Encontró otros tres hombres derrotados por el jarabe de Lechuza Blanca y calculó que, si no le habían mentido, quedaban alrededor de ocho. Esperaba dar con las celdas de los presos sin tener que enfrentarlos, pero le llegaron voces cercanas y comprendió que debía ocultarse deprisa.
Se hallaba en una amplia habitación casi desnuda. No había dónde parapetarse y tampoco alcanzaba a apagar las dos antorchas en el muro opuesto, a quince pasos de distancia. Miró a su alrededor y lo único que podía servirle fueron las gruesas vigas de la techumbre, demasiado altas para alcanzarlas de un brinco. Envainó la espada, se metió la pistola en el cinturón, desenrolló el látigo y con un gesto de la muñeca enroscó la punta en una de las vigas, haló para tensarlo y trepó mediante un par de brazadas, como lo había hecho tantas veces en los cabos de los mástiles y en el circo de los gitanos.
Una vez arriba recogió el látigo y se aplastó sobre la viga, tranquilo porque allí no llegaba la luz de las antorchas. En ese momento entraron dos hombres conversando y, a juzgar por lo animados que parecían, no habían recibido su ración de vino. Diego decidió interceptarlos antes de que llegaran a la sala de armas, donde sus compañeros yacían despatarrados en lo mejor del sueño. Esperó que pasaran debajo de la viga y se dejó caer desde arriba como un enorme pájaro negro, la capa abierta en abanico y el látigo en una mano. Paralizados, los hombres se demoraron en desenvainar sus sables, dándole tiempo de doblarles las piernas de dos certeros latigazos.
– ¡Muy buenas noches, señores! -saludó con una pequeña reverencia burlona a sus víctimas, que estaban de rodillas-. Les ruego coloquen los sables con mucho cuidado en el suelo.
Hizo chasquear el látigo a modo de advertencia, mientras sacaba la pistola que llevaba al cinto. Los hombres le obedecieron sin chistar y él pateó los sables a un rincón.
– A ver si me ayudan, vuestras mercedes. Supongo que no quieren morir, y a mí me fastidia matarlos. ¿Dónde puedo encerrarles para que no me den problemas? -les preguntó, irónico.
Los soldados lo miraron perplejos, sin tener idea de a qué se refería. Eran rudos campesinos reclutados por el ejército, un par de muchachos que en sus cortos años habían visto horrores, sobrevivido a las matanzas de la guerra y pasado mucha hambre. No estaban para acertijos. El Zorro simplificó la pregunta, acentuando sus palabras con los chasquidos de su látigo. Uno de ellos, demasiado asustado para sacar la voz, señaló la puerta por donde habían entrado. El enmascarado les sugirió que dijeran sus oraciones, porque si lo engañaban iban a morir.
La puerta daba a un largo corredor vacío, que recorrieron en fila, los cautivos adelante y él detrás. Al final el pasillo se bifurcaba, a la derecha había una puerta desportillada y a la izquierda una en mejor estado y con una cerradura que se accionaba por el otro lado. El Zorro indicó a sus prisioneros que abrieran la de la derecha. A su vista apareció una nauseabunda letrina, compuesta de cuatro hoyos en el suelo llenos de excremento, unos baldes de agua y un farol inmundo de moscas. No había más conexión con el exterior que un pequeño portillo con barrotes de hierro.
– ¡Perfecto! Lamento que la fragancia no sea de gardenias. A ver si en el futuro limpian con más cuidado -comentó, y con un movimiento de la pistola indicó a los espantados hombres que entraran.
El Zorro atrancó el retrete por fuera y se encaminó hacia la otra puerta, cuya cerradura era muy simple, pudo abrirla en pocos segundos con el alfiler de acero que siempre llevaba en la costura de una bota para efectuar sus trucos de magia. Abrió con prudencia y descendió sigiloso por una escalera de varios peldaños. Calculó que conducía al subterráneo, donde seguramente estaban las celdas.
Al final de la escalera, pegado al muro, echó una mirada. Una sola antorcha alumbraba un vestíbulo sin ventilación, vigilado por un guardia, quien obviamente tampoco había probado el vino de la adormidera, porque sacaba un solitario con una manoseada baraja, sentado de piernas cruzadas en el suelo. Su fusil se hallaba al alcance de la mano, pero no tuvo ocasión de empuñarlo, porque el Zorro apareció ante él de súbito y le propinó un patada en el mentón que lo tumbó de espaldas, luego lanzó lejos el arma de otra patada.
La pestilencia en el lugar era tan atroz, que sintió la tentación de retroceder, pero no era el momento de remilgos. Tomó la antorcha y se asomó a las pequeñas celdas, unos huecos insalubres, húmedos, infestados de bichos, donde estaban hacinados los prisioneros en la oscuridad. Había tres o cuatro en cada celda; debían mantenerse de pie o sentarse por turnos. Parecían esqueletos con ojos de locos. El aire fétido vibraba con la respiración jadeante de aquellos infelices. El joven enmascarado llamó a Manuel Escalante y una voz le respondió desde uno de los calabozos. Levantó la antorcha y vio a un hombre aferrado a los barrotes, tan golpeado, que la cara era una sola masa deforme y amoratada, donde no se distinguían las facciones.
– Si eres el verdugo, bienvenido -dijo el prisionero, y entonces, por la dignidad de su porte y la firmeza de su voz, lo reconoció.
– Vengo a liberarlo, maestro, soy el Zorro.
– ¡Muy buena idea! Las llaves cuelgan cerca de la puerta. De paso, sería conveniente atender al guardia, que empieza a despabilarse… -replicó tranquilo Manuel Escalante.
Su discípulo tomó el manojo de llaves y le abrió la reja. Los tres prisioneros que compartían su celda salieron en tropel, empujándose y tropezando, como animales, enloquecidos por una mezcla de terror y desgarradora esperanza. El Zorro les encañonó con su pistola.
– No tan deprisa, caballeros, primero deben socorrer a sus camaradas -les ordenó.
El aspecto amenazador del pistolón tuvo la virtud de devolverles algo de la perdida humanidad. Mientras ellos forcejeaban con llaves y cerraduras, Diego encerró al guardia en la celda desocupada y Escalante se apoderó del fusil. Una vez que todos los calabozos fueron abiertos, ambos guiaron hacia la salida a aquellos patéticos espectros en andrajos, desgreñados, cubiertos de sangre seca, porquería y vómito. Subieron las escaleras, recorrieron el pasillo, atravesaron la pieza desnuda donde Diego se había trepado a la viga, y alcanzaron a llegar cerca de la sala de armas, cuando surgió ante ellos un grupo de guardias, alertados por el ruido en los calabozos. Venían preparados, con las espadas en las manos.
El Zorro disparó el único tiro de su arma, dándole a uno de los guardias, que cayó desplomado, pero Escalante se dio cuenta de que su fusil estaba descargado y no había tiempo de prepararlo. Lo empuñó por el cañón y se lanzó hacia delante como una tromba repartiendo golpes en todas direcciones. El Zorro desenvainó su acero y también emprendió el ataque. Logró detener a los contrincantes por unos segundos, dando ocasión a Escalante de echar mano de una de las espadas que Diego les había quitado a los hombres que encerró en la letrina. Entre los dos hacían más ruido y daño que un batallón.
Diego había usado el florete a diario desde que era un niño, pero no había tenido que pelear en serio. Su único duelo a muerte fue con pistolas y había sido mucho más limpio.
Comprobó que no hay nada honorable en un combate real, donde las reglas no cuentan para nada. La única regla es vencer, cueste lo que cueste. Los filos de las armas no chocaban en una elegante coreografía, como en las clases de esgrima, sino que apuntaban directamente al enemigo para atravesarlo. La caballerosidad no existía, los golpes eran feroces y no se daba cuartel a nadie. La sensación que transmitía el acero al entrar en la carne de un hombre era indescriptible.
Se apoderó de él una mezcla de despiadada exaltación, de repugnancia y triunfo, perdió la noción de la realidad y se transformó en una bestia. Los gritos de dolor y las ropas teñidas de sangre de sus adversarios le hicieron apreciar la técnica de combate de los miembros de La Justicia, tan infalible en el Círculo del Maestro como en ciega lucha cuerpo a cuerpo. Después, cuando pudo pensar, agradeció los meses de práctica con Bernardo, cuando terminaba tan agotado que las piernas apenas le sostenían. En el proceso había desarrollado reflejos muy rápidos y visión circular, adivinaba por instinto lo que ocurría a sus espaldas. En una fracción de segundo podía prevenir los movimientos simultáneos de varios enemigos, evaluar las distancias, calcular la velocidad y dirección de cada estocada, cubrirse, atacar.