– Y tal vez -ahora Norma está yendo demasiado deprisa, piensa él, ahora está empezando a dominar la conversión hasta un extremo que resulta inapropiado- toda la idea de limpieza frente a suciedad tenga una función completamente distinta: permitir que ciertos grupos se definan a sí mismos de forma negativa como élite, como pueblo elegido. Somos la gente que se abstiene de A, B o C, y mediante ese poder de abstinencia nos marcamos a nosotros como superiores. Como casta superior dentro de la sociedad, por ejemplo. Como los brahmanes.
Se hace el silencio.
– La prohibición de comer carne que se produce en el vegetarianismo no es más que una forma extrema de prohibición dietética -insiste Norma-. Y una prohibición dietética es una forma rápida y simple de definir un grupo de élite. Los hábitos en la mesa del resto de la gente son sucios, nosotros no podemos comer ni beber con ellos.
Ahora se está pasando de castaño oscuro. Se produce cierta agitación, hay incomodidad en el ambiente. Por suerte, el primer plato se ha acabado -el pargo y los fettucini- y las camareras están entre ellos, retirando los platos.
– ¿Has leído la autobiografía de Gandhi, Norma? -pregunta Elizabeth.
– No.
– Cuando Gandhi era joven, lo enviaron a Inglaterra a estudiar derecho. Por supuesto, Inglaterra se enorgullecía de ser un gran país para comer carne. Pero la madre de Gandhi le hizo prometer que no comería carne. Le llenó un baúl de comida para que se la llevara. Durante el viaje por mar cogió un poco de pan del comedor del barco, pero por lo demás comió de su baúl. En Londres emprendió una larga búsqueda de alojamientos y restaurantes que sirvieran lo que él comía. Las relaciones sociales con los ingleses le resultaban difíciles porque no podía aceptar ni devolver invitaciones. Hasta que trabó relación con ciertos elementos marginales de la sociedad inglesa, fabianos, teosofistas y cosas parecidas, no empezó a sentirse cómodo. Hasta entonces no era más que un pobre y solitario estudiante de derecho.
– ¿Qué quieres decir, Elizabeth? -dice Norma-. ¿Qué significa esa historia?
– Simplemente que el vegetarianismo de Gandhi no puede ser entendido como un ejercicio de poder. Lo relegó a los márgenes de la sociedad. La incorporación a su filosofía política de lo que descubrió en esos márgenes fue el resultado de su genialidad personal.
– En cualquier caso -interviene el hombre rubio-, Gandhi no es un buen ejemplo. Su vegetarianismo no era fruto de un compromiso fuerte. Era vegetariano porque se lo prometió a su madre. Puede que mantuviera su promesa, pero lo lamentaba y lo hacía a regañadientes.
– ¿No cree usted que las madres pueden ejercer una influencia positiva en sus hijos? -dice Elizabeth Costello.
Hay un momento de silencio. Es el momento de que hable él, el buen hijo. Pero no dice nada.
– Pero el vegetarianismo de usted, señora Costello -dice el presidente Garrard, echando aceite sobre la marejada-, procede de una convicción moral, ¿no?
– No, creo que no -dice Elizabeth-. Procede del deseo de salvar mi alma.
Ahora sí que hay un silencio absoluto, solamente roto por el tintineo de los platos mientras las camareras les sirven pasteles de helado y merengue.
– Bueno, yo siento un gran respeto por el vegetarianismo -dice Garrard-. Como forma de vida.
– Llevo zapatos de piel -dice Elizabeth-. Y bolso de piel. Si yo fuera usted, no tendría tanto respeto.
– La coherencia -murmura Garrard-. La coherencia es el duende de las mentes pequeñas. Seguramente se puede establecer una distinción entre comer carne y llevar artículos de piel.
– El grado de obscenidad -responde ella.
– Yo también siento un gran respeto por los códigos que se basan en el respeto a la vida -dice el decano Arendt, entrando por primera vez en el debate-. Estoy dispuesto a aceptar que los tabús dietéticos no tienen que ser simples costumbres. Aceptaré que están basados en preocupaciones morales genuinas. Pero al mismo tiempo hay que decir que para los animales toda nuestra superestructura de preocupaciones y creencias es un libro cerrado. A un buey no le puedes explicar que le vas a salvar la vida, igual que no le puedes explicar a un insecto que no lo vas a pisar. En las vidas de los animales, las cosas, sean buenas o malas, simplemente pasan. Así que el vegetarianismo es una transacción muy extraña, si uno lo piensa, ya que los beneficiarios no saben que están siendo beneficiados. Y no tienen posibilidad de averiguarlo nunca. Porque viven en un vacío de conciencia.
Arendt hace una pausa. Le toca hablar a su madre, pero parece confusa. Gris, cansada y confusa. Él se inclina hacia delante.
– Has tenido un día duro, madre -le dice-. Tal vez habría que retirarse.
– Sí, habría que retirarse -dice ella.
– ¿No va a tomar café? -pregunta el presidente Garrard.
– No, si tomo no dormiré -Elizabeth se vuelve hacia Arendt-. Es un comentario muy acertado. No tienen ninguna conciencia que podamos reconocer como tal. Por lo que podemos ver, no son conscientes de un yo provisto de una historia. Lo que me preocupa es lo que suele venir a continuación. No tienen conciencia, por tanto. Por tanto ¿qué? ¿Por tanto somos libres para usarlos a nuestro antojo? ¿Por tanto somos libres para comérnoslos? ¿Por qué? ¿Qué tiene de especial la forma de conciencia que conocemos para que matar a alguien que la posea sea un crimen mientras que matar a un animal quede impune? Hay momentos…
– Por no hablar de los bebés -interviene Wunderlich. Todo el mundo se vuelve para mirarlo-. Los bebés no tienen conciencia de sí mismos y sin embargo nos parece un crimen más espantoso matar a un bebé que a un adulto.
– ¿Por tanto? -dice Arendt.
– Por tanto toda esta discusión sobre la conciencia y sobre si los animales la tienen no es más que una pantalla de humo. Al final de todo protegemos a nuestra especie. Que vivan los bebés humanos y que mueran los terneritos. ¿No le parece, señora Costello?
– No sé qué me parece -dice Elizabeth Costello-. A menudo me pregunto qué es pensar y qué es entender. ¿Realmente entendemos el universo mejor que los animales? A menudo me parece que entender algo es como jugar con uno de esos cubos de Rubik. En cuanto has colocado todos los cuadraditos en su sitio, voilà, ya lo has entendido. Tiene sentido si uno vive en un cubo de Rubik, pero si no…
Hay un silencio.
– Yo pensaba… -dice Norma. Pero en ese momento él se pone de pie y, para su alivio, Norma se calla.
El presidente se pone de pie y después lo hacen todos.
– Una conferencia maravillosa, señora Costello -dice el presidente-. Un gran alimento intelectual. Ya estamos esperando la charla de mañana.
4. LAS VIDAS DE LOS ANIMALES
Son las once pasadas. Su madre se ha ido a la cama y él está con Norma en la planta baja ordenando las cosas de los niños. Después todavía tiene que preparar una clase.
– ¿Vas a ir mañana al seminario de tu madre? -pregunta Norma.
– Tengo que ir.
– ¿Sobre qué es?
– Se titula «Los poetas y los animales». Lo monta el departamento de inglés. Lo celebran en una sala de seminarios, así que no creo que esperen mucho público.
– Me alegro de que sea sobre algo de lo que sabe. Sus filosofías me parecen un poco difíciles de digerir.
– Oh. ¿A qué te refieres?
– Por ejemplo, a lo que ha dicho sobre la razón humana. Presumiblemente intentaba hablar del entendimiento racional. Decir que las explicaciones racionales no son más que una consecuencia de la estructura de la mente humana. Que los animales tienen sus propias explicaciones acordes con la estructura de sus mentes, a las cuales no tenemos acceso porque no compartimos un lenguaje con ellos.
– ¿Y dónde está el error en eso?
– Es una ingenuidad, John. Es la clase de relativismo fácil y banal que impresiona a los estudiantes de primer año. Respetemos todas las visiones del mundo, la de la vaca, la de la ardilla y etcétera. Al final nos lleva a la parálisis intelectual total. Uno se pasa tanto tiempo respetando que no le queda tiempo para pensar.