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– ¿Señorita Hillyard? ¿Se encuentra bien?

Natalie cruzó los brazos sobre el pecho, dándole a Chase la posibilidad de contemplar su trasero.

– No se preocupen. Me ha parecido oír a alguien rondando por aquí, pero sólo era un perro callejero. No hay nada de qué preocuparse.

– ¿No quiere que eche un vistazo?

– No, no se preocupe. Todo está bien. Yo estoy, bien, todos andamos bien por aquí.

Los dos se quedaron observando hasta que el coche patrulla se perdió en la calle siguiente. Natalie se inclinó y lo agarró por el cuello de la chaqueta.

– Quiero que salgas de mis arbustos enseguida. Vete a tu casa, Donnelly! ¡largo!

Chase sonrió, la tomó de la mano y le besó la palma.

– Estoy enamorado de ti, Natalie.

– He dicho que te vayas. Procura dormir. Por la mañana verás las cosas de otro modo.

Natalie se recogió el borde del camisón y fue a la puerta de su casa. Chase rodó hasta quedar tumbado de espaldas y miró al cielo mientras suspiraba.

– Empiezas a gustarme, Natalie Hillyard. Lo noto. Ya falta poco.

– ¡Vete a casa! -gritó ella.

Chase se rió y se puso en pie. Al final, había sido una buena noche. Él le había dicho a Natalie que la amaba y ella le había repetido que la dejara en paz. Echó a andar silbando alegremente porque había descubierto un resquicio en la armadura. O mucho se equivocaba o Natalie también se estaba enamorando de él.

– ¡Un calientaplatos de plata! Mamá, es justo lo que yo quería.

– Una esposa como Dios manda nunca dispone de suficientes calientaplatos.

Era una reunión familiar que examinaba la cubertería de plata que iba pasando de mano en mano. Natalie no tenía la más remota idea de qué podía hacer con seis calientaplatos de plata, pero algo le decía que iba a averiguarlo muy pronto.

– En mi vida he visto tanta plata junta -rezongó Lydia junto a su hermana-. ¿Pero dónde está la escobilla de plata para la taza? ¿Y la llave inglesa de plata? ¡Cielos! Espero que te acuerdes de incluirlos en tu lista de bodas.

– Basta -masculló Natalie entre dientes-. Van a oírte.

– Que me oigan. Son unas pajarracas de mal agüero que no tienen otra cosa mejor que hacer que meter sus narices en las vidas de los demás. Bueno, en «tu» vida, Nat.

Natalie se levantó del sofá.

– Si me… -tuvo que aclararse la garganta-. Señoras, si me excusan, volveré ahora mismo.

Lydia se levantó tras ella, pero Natalie le hizo gestos de que no la siguiera.

– Mamá, ¿por qué no le cuenta a Lydia toda la cristalería que nos ha regalado el primo segundo de Edward? Mi hermana adora la cristalería fina.

Lydia le lanzó una mirada venenosa antes de que Natalie consiguiera escabullirse. Con alivio, se encerró en los aseos de la parte de atrás de la casa. Pasándose las manos por la cara, se miró al espejo. Pero la imagen que le devolvió la mirada la pilló por sorpresa. Estaba pálida, consumida, surcada de arrugas de tensión. Se tocó las comisuras de los labios y trató de sonreír, pero lo único que consiguió fue una mueca helada.

Si era sincera, tenía que reconocer que no había conocido un momento de sosiego desde la ultima vez que había visto a Chase, hacía cuatro días.

Recordó la noche que la había abrazado sobre la hierba. Pero todo se difuminaba cuando miraba a la mujer que había en el espejo.

– ¿Qué estoy haciendo? -musitó-. Este no es mi sitio.

De repente, se olvidó de respirar. Tuvo que apoyarse en el lavamanos mientras luchaba por tranquilizar su corazón desbocado.

– No lo quiero, no quiero casarme con él. Y por nada del mundo estoy dispuesta a llamar madre a esa arpía.

Se fijó en el teléfono que había sobre el lavabo. Ella se había criado en una casa donde sólo había un teléfono. Edward vivía en una casa donde había teléfono en todos los baños y dos en el garaje. Lo tomó sin muchas contemplaciones, se sacó el organigrama del bolsillo y marcó el número de Edward en Londres, necesitaba oír su voz.

Contestó al tercer tono.

– ¿Edward? -preguntó con voz quebrada.

Edward carraspeó. Natalie se lo imaginó sentándose en la cama.

– ¡Natalie! ¿Para qué me llamas?

Natalie frunció el ceño. Sonaba frío y distante, igual que cuando lo interrumpía en el trabajo.

– Yo… Estoy bien Edward. No, la verdad es que no estoy nada bien.

– Natalie, ¿no podemos hablar en otro momento? ¿Ahora estoy verdaderamente ocupado?

– Edward, si estabas durmiendo.

– Bueno, sí. Es que ha sido un día muy duro y…

– Edward, yo… yo…

Natalie respiró hondo.

– ¿Qué? ¿Qué te pasa?

Ni ella misma lo sabía, quizá fuera el tono irritado de su voz o su negativa a poner las preocupaciones de su novia por encima de unas horas de sueño.

– Te llamo para decirte que no habrá boda, que rompo nuestro compromiso. No puedo casarme contigo.

Hubo un largo silencio mientras ella esperaba alguna respuesta.

– ¿Edward, estás ahí?

– Ya hablaremos de esto cuando vuelva a casa. Por ahora, quiero que te tranquilices y que consideres tu comportamiento. Estás siendo irracional e impetuosa. Por el amor de Dios, Natalie, madura.

– Ya he considerado mi comportamiento y, créeme, se ha acabado Edward. Siento decírtelo por teléfono, pero no puedo soportarlo. La boda está cancelada.

Natalie esperó temblando, pero él no le contestó, no protestó, ni siquiera se mostró sorprendido. Lo único que ella oyó fue que colgaba. Esperaba sentir remordimientos, tristeza, pero mientras miraba el teléfono que tenía en la mano, lo único que pudo sentir fue rabia. Lo había llamado para que la reconfortara, para que le ofreciera seguridad, pero lo único que había recibido era palabras de indiferencia e irritación por haberlo despertado.

Cada vez estaba más rabiosa.

– Se acabó -masculló poniéndose a andar por el baño-. Lo he hecho, se acabó.

Más allá de eso, lo único que sabía era que tenía que salir de la casa de los Jennings. Ni siquiera se había llevado su coche, pero podía escapar con el de su hermana. Sin embargo, Lydia seguía atrapada en el salón, entre las tías y demás familia. No había modo de hacerle llegar un mensaje sin enfrentarse al resto de la parentela. Y Natalie nunca había sabido mentir.

Pero tenía otro recurso. Volvió a sacar la hoja de su organigrama y marcó el número. Chase había dicho que lo llamara a cualquier hora del día o de la noche, para lo que fuera.

– ¿Chase? Soy Natalie -dijo cerrando los ojos y dejando que el sonido de su voz la inundara.

– Pensé que no ibas a llamarme. ¡Dios mío! Natalie, no sabes cómo echaba de menos tu voz.

– Me dijiste que te llamara si te necesitaba. Pues te necesito. Necesito que vengas a sacarme de aquí, enseguida. Estoy en Redmond, en el 721 de Kensington, al otro lado de la plaza. ¿Puedes venir?

– Ya estoy en el coche, llegaré dentro de quince minutos.

Natalie suspiró y al fin pudo sonreír.

– Gracias.

Se sentó en la taza a esperar impacientemente. No habían pasado diez minutos cuando llamaron a la puerta.

– ¿Natalie? ¿Estás ahí dentro?

Abrió la puerta apenas una rendija. En el pasillo sólo estaba su hermana.

– ¿Qué pasa? -preguntó Lydia-. ¡Dios bendito! Si vuelvo a oír más chorradas sobre cuál es la mejor plata, te juro que vomito. ¿Y tú? ¿Te encuentras bien?

Natalie abrazó a su hermana.

– Perfectamente. No voy a casarme con Edward -dijo ella, con la misma facilidad que si estuviera hablando del tiempo.

Lydia tuvo que sentarse en la taza, aunque no acertó a cerrar la boca.