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– Hazme el amor -susurró.

Chase gimió y la colocó encima de él. La carne tierna tocó el deseo duro mientras él se libraba de las últimas barreras que los separaban. Natalie lo sintió debajo, maduro y dispuesto, con el miembro satinado palpitando a sus puertas.

Natalie siempre había sabido que ése era el modo en que debía ser, intenso y sin inhibiciones, que el placer carnal era lo único que importaba. No había nada que ella se negara a hacer, ningún acto demasiado íntimo. Con la mano lo guió a su interior, dejándose caer sobre él hasta que le dolió. Se movieron juntos, lentos al principio. Pero la pasión los arrastró y las reservas dejaron de estar a su alcance. Al poco, se agitaban frenéticos, meciéndose el uno contra el otro, buscando la plenitud. Él la llamó, una súplica de alivio y Natalie fue a encontrarlo allí, en un momento único que hacía añicos las almas, un momento que ella nunca había conocido.

Después hicieron el amor otra vez. Más despacio, más tiernamente y para Natalie todo volvió a ser nuevo. Desconocía lo placentero que podía ser para un hombre y una mujer porque antes no conocía a Chase. Él le había desvelado un aspecto distinto de su naturaleza, la pasión que se escondía dentro de ella. Una pasión que iba a ser de Chase y únicamente de él.

Chase la miraba desde la cama. Ella se había puesto un polo de su armario, que realzaba las deliciosas curvas de su trasero y se dedicaba a explorar la habitación.

– Has estado en muchos sitios. Yo nunca he viajado.

Chase sonrió.

– Entonces, tendremos que cambiar eso. Cuando vuelvas al trabajo el lunes, creo que deberías conseguir algunos días de vacaciones. Quiero llevarte a un sitio.

– Pero no puedo. Yo…

– ¿Por qué no? El día que fui a la oficina, John me comentó que nunca te tomabas días libres. Me dijo que Edward y tú ni siquiera pensabais ir de luna de miel.

– Edward detesta las vacaciones. No es un hombre que sepa relajarse.

– Pero yo sí. ¿Adonde te gustaría ir? ¿Tahití, Las Canarias? ¿Qué te parecen las Islas Griegas?

Natalie volvió a la cama sonriendo, se acurrucó contra él y le echó una pierna por encima de las caderas.

– ¿Por qué no nos quedamos aquí? Dos semanas juntos en la cama. Hay muchos lugares que todavía quiero explorar.

– Eso suena de maravilla. ¿Cuándo empezamos?

– Me muero de hambre -dijo ella de repente-. Parece que no haya comido hace días. ¿Sabes cocinar?

– Eso digo yo, ¿sé cocinar?

– Será mejor que sepas que yo no. Como regalo de bodas, la señora Jennings iba a contratar a un ama de llaves para mí. De modo que, como no sepas cocinar, tampoco vamos a comer demasiado bien.

– En este momento, no me importa la comida -murmuró él.

Con una risilla, Natalie se zafó de él y salió de la cama. Luego se acercó al escritorio.

– Necesito un papel. Voy a hacer una lista de la compra.

Chase gruñó y rodó a un lado. La sábana con que se cubría cayó de sus caderas.

– Podemos pedir que nos la traigan. Vuelve a la cama, Natalie.

– No, quiero preparar la cena. Será otra experiencia nueva para mí.

Registrando el escritorio, tropezó con un ejemplar del boletín interno de las Donnelly Enterprises.

– ¿Te has leído esto?

– Sí, los he leído todos.

Natalie lo abrió y le señaló una foto.

– Aquí estoy yo. La verdad es que no me gusta esta fotografía. Me hace parecer demasiado femenina y muy poco ejecutiva.

– ¿Me dejas que la vea? -preguntó Chase.

Sentía un vago cosquilleo en el fondo de su mente.

– Es el último número. Salió hace dos o tres semanas.

– Te digo que lo he leído. Y también el artículo sobre ti.

– Es raro que lo leas y luego…

Natalie se puso pálida.

– Lo leí, pero no me fijé en ti en ese momento. O quizá sí -añadió, empezando a preocuparse-. Y luego, unas cuantas noches después, soñé contigo.

Natalie se apartó de él, los ojos clavados en la foto.

– Entonces… no era el destino. No soñaste con la mujer con quien te ibas a casar. Soñaste con la mujer que acababas de ver en el boletín de la empresa.

Chase no sabía qué decir. En el instante en que vio la fotografía había llegado a la misma conclusión. Nana había plantado una semilla en su mente y él sólo tuvo que soñar con una mujer. Pero, ¿de verdad era la mujer con quien iba a casarse?

– En mi sueño eras tú, no otra, Natalie. Eso es lo único que importa.

Chase deseaba disipar sus temores, pero incluso él tenía dudas. Natalie sacudió la cabeza. Despacio, se alejó de la cama.

– No, no es lo único que importa. Se suponía que esto era el destino, hiciste que lo creyera.

Chase saltó de la cama con la sábana en torno a la cintura.

– ¿Y qué pasa si no lo fuera? Estamos juntos, somos felices y yo te quiero.

– ¿Ah, sí? -dijo ella desafiante-. ¿O sólo crees que me quieres? ¿No te habrás convencido de que me quieres sólo porque tu abuela te metió en la cabeza una idea fantástica? Y no me digas que no porque también tienes tus dudas, ¿verdad?

– Muy bien -dijo él, tomándola de la mano-. Quizá me haya obsesionado. Pero olvídate del sueño y de los vaticinios de mi abuela. Piensa en nosotros, en que estamos juntos. Piensa en lo que compartimos, en quiénes somos.

Natalie cerró los ojos, apartó la mano de él y se la puso bajo la barbilla. Entonces, lo miró directamente a los ojos.

– Yo sabía quién era. Y sabía exactamente lo que quería hasta que apareciste tú y me convenciste para que cambiara. ¿Por qué no me dejaste en paz?

– ¡Maldita sea, Natalie! Esto no supone ninguna diferencia.

– Mírame y dime que lo crees. Que no piensas que todo eso del destino es un montón de porquería.

Chase no le podía decir eso, no podía mentirle. Se había dejado llevar por un sueño que ni siquiera era un sueño en realidad. Ahora que la realidad empezaba a imponerse a su alrededor, no sabía qué hacer.

– Lo único que necesitamos es tiempo para pensar.

– Todo esto es un gran error. Quizá hubiera debido casarme con Edward desde el principio.

Chase maldijo en voz alta.

– No es posible que pienses eso, Natalie. No después de lo que acabamos de compartir.

– ¿Y tú cómo lo sabes? -dijo con una voz que temblaba de emoción y con lágrimas en los ojos-. No puedes estar mas seguro que yo -añadió sollozando.

Natalie empezó a recoger su ropa, desperdigada por el suelo.

– Tengo que salir de aquí. Tengo que encontrar un sitio tranquilo para pensar.

– Natalie, no tienes que irte. Esto es algo que debemos pensar juntos.

– Yo te creí -gritó ella-. Creí que verdaderamente estábamos destinados el uno al otro, aunque nunca antes había creído en el destino. Acabo de descubrir que es un error. ¿Cómo he podido ser tan ingenua?

– ¡Esto no ha sido un error!

– No pensé. Algo extraño me pasó al conocerte y… me volví loca. Yo no soy así. Yo no actúo precipitadamente, no soy una mujer que se meta en la cama por capricho, ¡no soy una mujer apasionada!

Natalie acabó de vestirse de cualquier manera. Chase la siguió a la puerta.

– ¡Natalie espera! Me visto y voy contigo.

Natalie no miró hacia atrás.

– Necesito estar sola.

Chase cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. ¿Qué demonios había pasado allí? Después de que todo estuviera arreglado entre ellos y ¡ahora esto! ¿De verdad significaba que su sueño había sido un error? No podía negar las dudas que le habían acosado al ver la foto, pero eso no tenía nada que ver con el amor que sentía por Natalie.

Nunca había experimentado una atracción tan intensa, un deseo tan fulminante hasta que la había conocido. Natalie se había convertido en parte de su futuro, Chase supo desde el momento en que entró en el ascensor que algún día se casaría con ella.