– Ya le he dicho que vivo en casa de mi…
– Lo sé, lo sé. Con tu hermana. Su nombre era… ¿Lydia? ¿No estudiaba arte?
– Pero, ¿cómo sabe…?
– Chase me lo ha contado.
Natalie se preguntó si estaba dispuesta a creer en los poderes paranormales de Antonia Donnelly. Una mujer que escuchaba tan atentamente todo lo que le contaba su nieto, ¿no merecía al menos que le siguiera la corriente?
– Cuando anulé mi boda ayer, me convertí en una persona sin casa. Tengo que buscarme un piso.
– Deberías vivir con mi nieto -dijo la anciana, sacudiendo los guantes contra la palma de su mano-. Serías feliz con él, eso puedo verlo ahora mismo.
– ¿Es otra predicción?
– No. Sencillamente, conozco a mi nieto y sé lo que siente por ti. Él te haría feliz, de eso estoy segura. Y tendrías unos niños preciosos. La verdad es que no me importaría convertirme en tatarabuela.
Natalie empezó a sentirse incómoda con aquel tema.
– La verdad es que no creo que Chase y yo estemos hechos el uno para el otro. Somos demasiado diferentes.
– ¡Estupendo Mi marido y yo éramos muy distintos y nos queríamos con locura. Ser iguales no siempre es bueno. Es mejor ser distintos.
– ¿Por eso ha venido a verme? ¿Para convencerme de que vuelva con Chase?
– He venido a convencerte de que sería una tontería no hacer caso de lo que sientes por él. Winston, llévanos a ese restaurante de coches que tanto me gusta, ése que tiene un dinosaurio monstruoso. Tomaremos té y unas pastas, ¿te apetece, querida?
Natalie asintió. A los pocos minutos, tomaban té en tazas de plástico en un restaurante de comida basura. Antonia hablaba de Chase, contándole historias de su infancia hasta que Natalie tuvo la impresión de que hacía siglos que se conocían. Sin embargo, en ningún momento trató de convencerla de que volviera con él, aunque no se recató de enumerar las buenas cualidades que harían de su nieto un buen marido.
La última vez que Natalie había hablado con él, Chase le prometió que le daría tiempo para pensar y ella pensaba tomarse todo el necesario hasta aclarar su confusión. Llegó a pensar que había mandado a su abuela para apremiarla. Pero no, algo le decía que Antonia había ido a buscarla por su propia voluntad.
Cuando llegaron frente al edificio donde vivía Lydia, Antonia la tomó de la mano.
– No importa cómo se llega a amar, lo importante es amar de verdad.
Natalie le dio un beso en la mejilla. Por un instante, la anciana se quedó inmóvil y luego parpadeó.
– Esta noche vas a soñar con tu boda.
Un tanto perpleja por el extraño comportamiento de la abuela, Natalie se despidió y corrió hacia el portal. Cuando se volvió para ver que el coche se alejaba, no pudo evitar un escalofrío helado.
Esa noche, no podía dormir por miedo a lo que lo esperaba al otro lado de la consciencia… Estaba en el sofá cama, muerta de cansancio, pero realizando complicadas multiplicaciones de cabeza. Pero, cuando se durmió, soñó con su boda.
Iba vestida de blanco y caminaba despacio hacia el altar. Como a través de una niebla, vio a Edward esperándola. Cerca de allí, sus padres los observaban. Pero cuando se acercaba, un viento abrió todas las ventanas de la iglesia. Arremolinándose en torno a ella, el viento levantó el velo que flotaba por encima de su cabeza como si fuera una nube. Natalie intentó alcanzarlo dando saltos hasta rozar el tul con los dedos. Pero no conseguía recuperarlo y tampoco podía casarse sin velo. No podía… no podía…
Natalie se despertó sin aliento. Gimió al darse cuenta de que Antonia no se había equivocado. Pero no había soñado con Chase, sino con Edward… el hombre con quien estaba destinada a casarse desde el principio. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo había podido arruinar su vida de esa manera? ¿Por qué había permitido que un hombre como Chase la desviara de su rumbo?
Natalie dio la vuelta y ahuecó la almohada. Mañana iba a arreglarlo todo. Mañana volvería a su vida de siempre.
– La presión era excesiva. Al fin y al cabo, nada me había preparado para las… obligaciones sociales, las responsabilidades, pero espero que podáis perdonar mi comportamiento, mi falta de juicio.
Natalie puso las manos sobre el escritorio miró a Edward y a su madre. No esperaba que Edward aceptara su invitación para conversar y mucho menos que se trajera a su madre. Pero los dos la estaban esperando cuando llegó a su oficina el miércoles por la mañana. Había mantenido una conversación con él la noche anterior, después de que él volviera a la casa de Birch Street y habían acordado reunirse para hablar de la devolución de los regalos. En un lugar remoto de su mente, tenía la esperanza de que él encontrara un modo de perdonarla.
La señora Jennings se aclaró la garganta.
– Desde luego, no pienso preguntarte qué provoco ese súbito cambio en tu personalidad, aunque tengo mis sospechas.
Natalie sabía que se refería a Chase y se preguntó cuánto de lo sucedido el domingo había llegado a oídos de Edward. Lo que menos deseaba explicar era su loca atracción por un hombre completamente inadecuado y que de verdad había creído que su breve relación había sido impuesta por el destino.
Había logrado poner a Chase y a su aventura en el lugar que les correspondía, el pasado. Y ahora, gracias a Edward y a la señora Jennings, a recuperar su vida de siempre.
– La verdad es que no quisiera extenderme sobre mi comportamiento -dijo Natalie-. Sólo decir que lo siento terriblemente si os he herido. Yo te fui fiel mientras estuvimos prometidos, Edward.
– Entonces, el daño no es irreparable -dijo la madre, mirándola astutamente.
– Pero sus amigos, su familia, su reputación… No hay modo de que yo…
– Aún no se lo hemos dicho a nadie -le explicó Edward.
Natalie miró asombrada a su prometido. Se mantenía tranquilo, indiferente, ocultando por completo sus sentimientos tras una fachada pétrea. Era un hombre muy guapo, aunque raramente sonreía.
– ¿Que aún no la habéis cancelado oficialmente? ¡Ay, querido! Supongo que yo soy la responsable, ¿verdad?
– He decidido perdonarte, Natalie. Todos tenemos nuestros momentos de duda. Y sé que puedo parecer… desinteresado en ocasiones.
– Sí, lo pareces -dijo ella, sin salir de su asombro.
– Quisiera pedirte disculpas por eso y espero cambiar. No te culpo por buscar… solaz en los brazos de otro hombre.
– Edward, fue mas que eso…
– No hace falta oír los detalles -dijo la señora Jennings con un suspiro dramático-. Estoy convencida de que todos sabemos perfectamente lo que sucedió. Pero eso ya no tiene importancia ¿verdad Edward?
– Los dos hemos cometido errores -dijo Edward-. Que sean cosa del pasado.
– Entonces, ¿podrás perdonarme?
– Sí, y te espero en la iglesia el domingo -dijo, poniéndose de pie-. Por favor, no te retrases.
– ¿En la iglesia? -repitió Natalie con dificultad-. ¿Quieres seguir adelante con la boda?
– Querías hablar conmigo para salvar del naufragio nuestros planes de boda, ¿no? Bueno, todos nos hemos perdonado nuestros errores. Seguiremos adelante como si nada de todo esto hubiera sucedido.
– Yo no esperaba… -Natalie suspiró-. Tendré que pensarlo. Os agradezco en el alma vuestra comprensión, pero…
– ¿Dónde demonios está su despacho?
El grito sonó justo en la puerta de Natalie. Reconoció la voz con un escalofrío de aprensión. Chase sabía que tarde o temprano se cansaría de esperar. Pero no imaginaba que tendría que enfrentarse a él delante de Edward y su madre.
La voz de John Donnelly se unió al alboroto antes de que la puerta de su despacho se abriera. Natalie sintió que le daba un vuelco el corazón al ver a Chase. Estaba igual que el día que habían pasado en la cama, sólo que vestido. Lentamente, se levantó de su sillón mientras sus miradas se encontraban.