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Ni ella ni yo tenemos esos problemas de conciencia y de moral. Yo porque soy un diosecillo pagano, y para colmo inexistente, nada más y nada menos que una imaginación de los humanos, y ella porque es una esposa obediente que se somete a estas veladas preparatorias de la noche conyugal por respeto a su esposo, quien las programa en sus mínimos detalles. Se trata, pues, de una dama dócil a la voluntad de su dueño, como debe serlo la esposa cristiana, de modo que, si hay pecado en estos ágapes sensuales, es de suponer que ennegrecerán únicamente el alma de quien, para su deleite personal, los concibe y los manda.

También el delicado y laborioso peinado de la señora, con sus bucles, ondulaciones, coquetas mechas sueltas, elevaciones y caídas, y sus adornos de perlas exóticas, es espectáculo orquestado por don Rigoberto. Él dio instrucciones precisas a los peluqueros y él pasa revista cada día, como un jefe a su mesnada, al ejército de alhajas del ajuar de la señora para elegir las que lucirán esa noche sobre sus cabellos, rodearán su garganta, penderán de sus translúcidas orejas y aprisionarán sus dedos y muñecas. «Tú no eres tú sino mi fantasía», dice ella que le susurra cuando la ama. «Hoy no serás Lucrecia sino Venus y hoy pasarás de peruana a italiana y de terrestre a diosa y símbolo».

Tal vez sea así, en las alambicadas quimeras de don Rigoberto. Pero ella sigue siendo real, concreta, viva como una rosa sin arrancar de la rama o una avecilla que canta. ¿No es una mujer hermosa? Sí, hermosísima. Sobre todo, en este instante, cuando sus instintos han empezado a despertar, recordados por la sabia alquimia de las notas alargadas del órgano, las trémulas miradas del músico y las ardientes corrupciones que le destilo en el oído. Mi mano izquierda siente, allí sobre su pecho, cómo su piel se ha ido tensando y calentando. Su sangré empieza a hervir. Este es el momento en que ella alcanza la plenitud, o (para decirlo cultamente) aquello que los filósofos llaman absoluto y los alquimistas transubstancia.

La palabra que cifra mejor su cuerpo es: turgente. Azuzada por mis salaces ficciones, todo en ella se vuelve curva y prominencia, sinuosa elevación, blandura al temple. Esa es la consistencia que el buen gastador debería preferir para su compañera a la hora del amor: tierna abundancia que parece a punto de derramarse pero que se mantiene firme, suelta, elástica como la fruta madura y la pasta recién amasada, esa tierna textura que los italianos llaman morbidezza, palabra que hasta aplicada al pan suena lasciva.

Ahora que ya está incendiada por dentro, su cabecita fosforeciendo de lúbricas imágenes, yo escalaré su espalda y me revolcaré sobre la satinada geografía de su cuerpo, haciéndole cosquillas con mis alas en las zonas propicias, y retozaré como un cachorrillo feliz en la tibia almohada de su vientre.

Esos disfuerzos míos la hacen reír y encandilan su cuerpo hasta volverlo brasa. Ya mi memoria está oyendo su risa que vendrá, una risa que apaga los gemidos del órgano y cubre de líquida saliva los labios del joven profesor. Cuando ella ríe sus pezones se endurecen y empinan como si una invisible boca mamara de ellos, y los músculos de su estómago vibran bajo la tersa piel olorosa a vainilla sugiriendo el rico tesoro de tibiezas y sudores de su intimidad. En ese momento mi respingarla nariz puede oler el aroma a quesillo rancio de sus jugos secretos. El perfume de esa supuración de amor enloquece a don Rigoberto, quien -ella me lo ha contado-, de hinojos, como el que ora, lo absorbe y se impregna de él hasta embriagarse de dicha. Es, asegura, mejor afrodisíaco que todos los elixires de inmundas mezclas que andan vendiendo a los amantes los brujos y las celestinas de esta ciudad. «Mientras huelas así, seré tu esclavo», dice ella que él le dice, con la lengua floja de los ebrios de amor.

Pronto se abrirá la puerta y escucharemos el quedo susurro de las pisadas en la alfombra de don Rigoberto. Pronto lo veremos asomarse a la vera de este lecho a comprobar si hemos sido capaces, yo y el profesor, de acercar la rastrera realidad a los oropeles de su fantasía. Oyendo la risa de la señora, viéndola, respirándola, comprenderá que algo de eso ha ocurrido. Hará entonces un casi imperceptible ademán de aprobación, que será para nosotros la orden de partida.

El órgano enmudecerá; con una profunda venia, el profesor hará mutis por el patio de los naranjos y yo saltaré por la ventana y me alejaré volatineando rumbo a la noche fragante del campo.

En la alcoba quedarán ellos dos y el rumor de su tierna contienda.

8 La sal de sus lágrimas

Justiniana tenía los ojos como platos y no dejaba de accionar. Sus manos parecían aspas:

– ¡El niño Alfonso dice que se va a matar! ¡Porque usted ya no lo quiere, dice! -pestañeaba, aterrada-. Está escribiéndole una carta de despedida, señora.

– ¿Es éste otro de esos disparates que…? -balbuceó doña Lucrecia, mirándola por el espejo del tocador-. ¿Tienes pajaritos en la cabeza, no?

Pero la cara de la mucama no era de bromas y doña Lucrecia, que estaba depilándose las cejas, dejó caer la pinza al suelo y sin preguntar más echó a correr escaleras abajo, seguida por Justiniana. La puerta del niño estaba cerrada con llave. La madrastra tocó con los nudillos: «Alfonso, Alfonsito». No hubo respuesta ni se oyó ruido adentro.

– ¡Foncho! ¡Fonchito! -insistió doña Lucrecia, tocando de nuevo. Sentía que la espalda se le helaba-. ¡Ábreme! ¿Estás bien? ¿Por qué no contestas? ¡Alfonso!

La llave giró en la cerradura, chirriando, pero la puerta no se abrió. Doña Lucrecia tragó una bocanada de aire. El suelo era otra vez sólido bajo sus pies, el mundo se reordenaba después de haber sido un resbaladizo tumulto.

– Déjame sola con él -ordenó a Justiniana.

Entró en el cuarto, cerrando la puerta a su espalda. Hacía esfuerzos por reprimir la indignación que iba ganándola, ahora que había pasado el susto.

El niño, todavía con la camisa y el pantalón del uniforme de colegio, estaba sentado en su mesa de trabajo, la cabeza baja. La alzó y la miró, inmóvil y triste, más bello que nunca. A pesar de que aún entraba luz por la ventana, tenía encendida la lamparilla y en el dorado redondel que caía sobre el secante verdoso doña Lucrecia divisó una carta a medio hacer, la tinta todavía brillando, y un lapicero abierto junto a su manecita de dedos manchados.

Se acercó a pasos lentos.

– ¿Qué estas haciendo? -murmuró.

Le temblaban la voz y las manos, su pecho subía y bajaba.

– Escribiendo una carta -repuso el niño en el acto, con firmeza-. A ti.