Lucrecia entró poco después, flotando en una vaporosa túnica semitransparente, de seda blanca, con filigrana de encaje en los puños, el cuello y el ruedo. Llevaba un collar de perlas, una cofia y envolvían sus pies unas chinelas de madera y fieltro, de tacón alto.
La tuve así un buen rato, gustándola con los ojos y regalándole a mi buen ministro ese espectáculo para dioses. Y mientras la contemplaba y pensaba en que Giges lo hacía también, esa maliciosa complicidad que nos unía súbitamente me inflamó de deseo. Sin decir palabra avancé sobre ella, la hice rodar sobre el lecho y la monté. Mientras la acariciaba, la cara barbada de Giges se me aparecía y la idea de que él nos estaba viendo me enfebrecía más, espolvoreando mi placer con un condimento agridulce y picante hasta entonces ignorado por mí. ¿Y ella? ¿Adivinaba algo? ¿Sabía algo? Porque creo que nunca la sentí tan briosa como esa vez, nunca tan ávida en la iniciativa y en la réplica, tan temeraria en el mordisco, el beso y el abrazo. Acaso presentía que, aquella noche, quienes gozábamos en esa habitación enrojecida por la candela y el deseo no éramos dos sino tres.
Cuando, al amanecer, Lucrecia ya dormida, me deslicé en puntas de pie fuera del lecho, para guiar a mi guardia y ministro hasta la salida del jardín, lo encontré temblando de frío y de pasmo.
– Usted tenía razón, Majestad -balbuceó, extasiado y trémulo-. Lo he visto y es tan extraordinario que no puedo creerlo. Lo he visto y aún me parece que sólo lo soñé.
– Olvídate de todo ello cuanto antes y para siempre, Giges -le ordené-. Te he concedido este privilegio en un arrebato extraño, sin haberlo meditado, por el aprecio que te tengo. Pero, cuidado con tu lengua. No me gustaría que esta historia se volviera habladuría de taberna y chisme de mercado. Podría arrepentirme de haberte traído aquí.
Me juró que nunca diría una palabra. Pero lo ha hecho. ¿Cómo, si no, correrían tantas voces sobre el suceso? Las versiones se contradicen, cada cual más disparatada y más falsa. Llegan hasta nosotros y, aunque al principio nos irritaban, ahora nos divierten. Es algo que ha pasado a formar parte de este pequeño reino meridional de aquel país que siglos más tarde llamarán Turquía. Igual que sus montañas resecas y sus súbditos rústicos, igual que sus tribus itinerantes, sus halcones y sus osos. Después de todo, no me desagrada la idea de que, una vez que haya corrido el tiempo, tragándose todo lo que ahora existe y me rodea, para las generaciones del futuro sólo perdure, sobre las aguas del naufragio de la historia de Lidia, redonda y solar, munificente como la primavera, la grupa de Lucrecia la reina, mi mujer.
3 Las orejas del miércoles
«Son como las caracolas que llevan atrapada, en su laberinto de nácar, la música del mar», fantaseó don Rigoberto. Sus orejas eran grandes y bien dibujadas; ambas, aunque principalmente la izquierda, propendían a alejarse de su cabeza por lo alto y a curvarse sobre sí mismas, resueltas a acaparar para ellas solas todos los ruidos del mundo. Aunque de niño se avergonzaba de su tamaño y de su forma gacha, había aprendido a aceptarlas. Y ahora que dedicaba una noche semanal a su solo cuidado hasta se sentía orgulloso de ellas. Porque, además, a fuerza de experimentar e insistir, consiguió que esos ingraciados apéndices participaran, con la alacridad de la boca o la eficacia del tacto, en sus noches de amor. También Lucrecia los quería y, en la intimidad, les prodigaba risueños halagos. En los acápites de los entreveros conyugales solía apodarlos: «Mis dumbitos».
«Flores abiertas, élitros sensibles, auditorios para la música y los diálogos», poetizó don Rigoberto. Examinaba cuidadosamente con la lupa los bordes cartilaginosos de su oreja izquierda. Sí, ya asomaban otra vez las cabecitas de los vellos extirpados el miércoles pasado. Eran tres, asimétricos, como los puntos donde se cortan los lados de un triángulo isósceles. Imaginó el oscuro plumerillo en que se convertirían si él los dejara crecer, si renunciara a exterminarlos, y lo invadió una pasajera sensación de náusea. Rápidamente, con la destreza que da la asidua práctica, atrapó esas testas pilosas entre las muelas de la pinza y las arrancó, una tras otra. El tirón con cosquillas que acompañó la extirpación le produjo un delicioso escalofrío. Se le ocurrió entonces que doña Lucrecia, con sus blancos y parejos dientes, le escarmenaba, acuclillada, los crespos vellitos del pubis. La ocurrencia le deparó media erección. La sofrenó en el acto, imaginando a una mujer peluda, con las orejas rebalsando de matas lacias y un bozo pronunciado en cuyas sombras temblarían gotas de sudor. Entonces recordó que un colega del ramo de los seguros había contado, aquella vez, al volver de unas vacaciones en el Caribe, que la reina indiscutible de un prostíbulo de Santo Domingo era una recia mulata que lucía, entre los senos, un inesperado penacho. Trató de imaginar a Lucrecia con un atributo semejante -¡una sedosa crin!- entre sus ebúrneos pechos y sintió horror. «Estoy lleno de prejuicios en materia amorosa», se confesó. Pero, por el momento no tenía intención de renunciar a ninguno de ellos. Los pelos estaban bien, eran un poderoso aderezo sexual, a condición de hallarse en el sitio debido. En la cabeza y en el monte de Venus, bienvenidos e imprescindibles; en las axilas, tolerables alguna vez, por aquello de probarlo y averiguarlo todo (era una obsesión europea, parecía) pero en brazos y piernas decididamente no; ¡y entre los pechos, jamás!
Procedió al escrutinio de su oreja izquierda, ayudándose con los espejos convexos que usaba para afeitarse. No, en ninguno de los ángulos, protuberancias y curvas del pabellón habían brotado nuevos pelillos, fuera de esos tres mosqueteros cuya presencia detectó un buen día, sorprendido, hacía ya de esto algunos años.
«Esta noche no haré sino oiré el amor», decidió. Era posible, él lo había conseguido otras veces y a Lucrecia también la divertía, al menos como prolegómeno. «Déjame oír tus pechos», musitaría, y, acomodando amorosamente, uno primero, otro después, los pezones de su esposa en la hipersensible gruta de sus oídos -calzaban el uno en la otra como un pie en un mocasín-, los escucharía con los ojos cerrados, reverente y extático, reconcentrado como en la elevación de la hostia, hasta oír que a la aspereza terrosa de cada botón ascendían, de subterráneas profundidades carnales, ciertas cadencias sofocadas, tal vez el resuello de sus poros abriéndose, tal vez el hervor de su sangre convulsionada por la excitación.
Estaba depilando las excrecencias capilares de su oreja derecha. Identificó de pronto a un forastero: el solitario pelillo se balanceaba, ignominioso, en el centro de la torneada perilla del lóbulo. Lo extirpó de un ligero tirón y, antes de echarlo al lavador para que el agua del caño lo hiciera correr por el desagüe, lo examinó con desagrado. ¿Seguirían apareciendo nuevos vellos, en los años venideros, en sus grandes orejas? En todo caso él no abdicaría nunca; hasta en su lecho de muerte, si le restaban fuerzas, seguiría destruyéndolos (¿podándolos, más bien?). Sin embargo, luego, cuando su cuerpo yaciera sin vida, los intrusos podrían brotar a sus anchas, crecer, afear su cadáver.