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Cuando se metió a la cama, todavía temblaba. Estuvo mucho rato sin dormir, añorando a Rigoberto. Se sentía disgustada con lo que había hecho, detestaba al niño con todas sus fuerzas y se empeñaba en no adivinar lo que significaban aquellas embestidas de calor que, de tanto en tanto, le electrizaban los pezones. ¿Qué te ha pasado, mujer? No se reconocía. ¿Serían los cuarenta años? ¿O un efecto de esas fantasías y extravagancias nocturnas de su marido? No, la culpa era toda de Alfonsito. «Ese niño me está corrompiendo», pensó, desconcertada.

Cuando, por fin, pudo dormirse, tuvo un sueño voluptuoso que parecía animar uno de esos grabados de la secreta colección de don Rigoberto que él y ella solían contemplar y comentar juntos en las noches buscando inspiración para su amor.

5 Diana después de su baño

Esa, la de la izquierda, soy yo, Diana Lucrecia. Sí, yo, la diosa del roble y de los bosques, de la fertilidad y de los partos, la diosa de la caza. Los griegos me llaman Artemisa. Estoy emparentada con la Luna y Apolo es mi hermano. Entre mis adoradores abundan las mujeres y los plebeyos.

Hay templos en mi honor desparramados por todas las selvas del Imperio. A mi derecha, inclinada, mirándome el pie, está Justiniana, tiniana, mi favorita. Acabamos de bañarnos y vamos a hacer el amor.

La liebre, las perdices y faisanes los cacé este amanecer, con las flechas que, retiradas de las presas y limpiadas por Justiniana, han vuelto a su aljaba. Los sabuesos son decorativos; rara vez me sirvo de ellos cuando salgo de cacería. Nunca, en todo caso, para cobrar piezas delicadas como las de hoy porque sus fauces las majan hasta volverlas incomestibles. Esta noche nos comeremos estos animales de carne tierna y sabrosa, sazonados con especias exóticas y bebiendo el vino de Capua hasta caer rendidas. Yo sé gozar. Es una aptitud que he ido perfeccionando sin descanso, a lo largo del tiempo y de la historia, y afirmo sin arrogancia que he alcanzado en este dominio la sabiduría. Quiero decir: el arte de libar el néctar del placer de todos los frutos -aun los podridos- de la vida.

El personaje principal no está en el cuadro. Mejor dicho, no se le ve. Anda por allí detrás, oculto en la arboleda, espiándonos. Con sus bellos ojos color de amanecer meridional muy abiertos y la redonda faz acalorada por el ansia, allí estará, acuclillado y en trance, adorándome. Con sus bucles rubios enredados en la enramada y su pequeño miembro de tez pálida enhiesto como un pendón, sorbiéndonos y devorándonos con su fantasía de infante puro, allí estará. Saberlo nos regocija y añade malicia a nuestros juegos. No es dios ni animalillo, sino de especie humana. Cuida cabras y toca el pífano. Lo llaman Foncín. Justiniana lo descubrió, en los idus de agosto, cuando yo seguía la huella de un ciervo por el bosque. El pastorcillo me iba siguiendo, embobado, tropezándose, sin apartar los ojos de mí ni un instante. Mi favorita dice que cuando me vió, empinada.

– un rayo de sol encendiendo mis cabellos y enfureciendo mis pupilas, todos los músculos de mi cuerpo tirantes para disparar la flecha- el chiquillo rompió a llorar. Ella se acercó a consolarlo y entonces advirtió que el niño lloraba de felicidad.

«No sé qué me pasa», le confesó, sus mejillas arrasadas por las lágrimas, «pero cada vez que la señora aparece en el bosque las hojas de los árboles se vuelven luceros y todas las flores se ponen a cantar. Un espíritu ardiente se mete dentro de mí y caldea mi sangre. La veo y es como si, quieto en el suelo, me volviera pájaro y echara a volar».

«La forma de tu cuerpo ha inspirado, precozmente, a sus pocos años el lenguaje del amor», filosofó Justiniana, después de referirme el episodio. «Tu belleza lo embelesa, como el cascabel al colibrí. Compadécete de él, Diana Lucrecia. ¿Por qué no jugamos con el niño pastor? Divirtiéndolo, también nos divertiremos nosotras».

Así ha sido. Gozadora innata, igual que yo y, acaso, más que yo, Justiniana nunca se equivoca en asuntos que conciernen al placer. Es lo que más me gusta de ella, más aún que sus caderas frondosas o el sedoso vello de su pubis de cosquilleo tan grato al paladar: su fantasía rápida y su instinto certero para reconocer, entre los tumultos de este mundo, las fuentes del entretenimiento y el placer.

Desde entonces jugamos con él y, aunque ha pasado bastante tiempo, el juego es tan ameno que no nos aburre. Cada día nos distrae más que el anterior, añadiendo novedad y buen humor a la existencia.

A sus encantos físicos, de diosecillo viril, Foncín suma también el espiritual de la timidez. Los dos o tres intentos que he hecho de acercarme a él para hablarle han sido vanos. Palidece y, cervatillo arisco, echa a correr hasta desdibujarse en el ramaje como por arte de nigromancia. A Justiniana le ha murmurado que la sola idea, ya no de tocarme, sino de estar cerca de mí, de que lo mire a los ojos y le hable, lo aturde y aniquila. «Una señora así es intocable», le ha dicho. «Sé que si me acerco a ella, su belleza me quemará como a la mariposa el sol de Libia».

Por eso jugamos nuestros juegos a escondidas. Cada vez uno distinto, simulacro que se parece a aquellos números de teatro en que los dioses y los hombres se mezclan para sufrir y entrematarse que gustan tanto a los griegos, esos sentimentales. Justiniana, fingiendo ser su cómplice y no la mía -en verdad, la astuta lo es de ambos y sobre todo de sí misma-, instala al pastorcillo en un roquedal, junto a la gruta donde pasaré la noche. Y entonces, a la luz de la fogata de lenguas rojizas, me desnuda y unta mi cuerpo con la miel de las dulces abejas de Sicilia. Es una receta lacedemonia para conservar el cuerpo terso y lustroso y que, además, excita. Mientras ella se agazapa sobre mí, frota mis miembros, los mueve y los expone a la curiosidad de mi casto admirador, yo entrecierro los ojos. A la vez que desciendo por el túnel de la sensación y vibro en pequeños espasmos deleitosos, adivino a Foncín. Más: lo veo, lo huelo, lo acariño, lo aprieto y lo desaparezco dentro de mí, sin necesidad de tocarlo. Aumenta mi éxtasis saber que mientras gozo bajo las diligentes manos de mi favorita, él goza también, a mi compás, conmigo. Su cuerpecito inocente, abrillantado de sudor mientras me mira y se solaza mirándome, pone una nota de ternura que matiza y endulza mi placer.

Así, escondido de mí por Justiniana entre las frondas del bosque, el pequeño pastor me ha visto dormir y despertarme, lanzar la jabalina y el dardo, vestirme y desvestirme. Me ha visto acuclillarme sobre dos piedras y orinar mi orina rubia en un arroyuelo transparente en el que, aguas abajo, él se precipitará luego a beber. Me ha visto decapitar gansos y desventrar palomas para ofrecer su sangre a los dioses y averiguar en sus vísceras las incógnitas del porvenir. Me ha visto acariciarme y saciarme yo misma y acariciar y saciar a mi favorita, y nos ha visto a Justiniana y a mí, sumergidas en la corriente, bebiendo el agua cristalina de la cascada cada una en la boca de la otra, saboreando nuestras salivas, nuestros jugos y nuestro sudor. No hay ejercicio o función, desenfreno y ritual del cuerpo o del alma que no hayamos representado para él, privilegiado propietario de nuestra intimidad desde sus escondrijos itinerantes. Él es nuestro bufón; pero también es nuestro dueño. Nos sirve y lo servimos. Sin habernos tocado ni cruzado palabra, nos hemos hecho gozar innumerables veces y no es injusto decir que, pese al insalvable abismo que nuestras distintas naturalezas y edades abren entre él y yo, estamos más unidos que la más apasionada pareja de amantes.