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– Tienes razón.

Ella parpadeó.

– ¿Cómo?

Él probó el café.

– Que tienes razón. El café tiene aroma a vainilla francesa -dijo. Sabía que era un mal momento para bromear, pero no pudo resistirse.

Molly enrojeció.

– Hunter, si crees que puedes distraerme con tonterías, te equivocas.

– ¿Yo? ¿Creer que puedo distraerte cuando tienes una misión? Nunca -dijo Daniel, y la miró a los ojos-. Entiendo perfectamente que necesites formar parte de esto. Y lo respeto.

– ¿De verdad? -Molly lo miró con la cabeza ladeada, con los ojos entrecerrados.

– De verdad. ¿Vas a ir al centro de mayores hoy?

– Sí. Tenía la esperanza de que fuéramos los dos. Está en el centro, de camino a cualquier lugar al que necesites ir -respondió ella, arqueando las cejas esperanzadamente.

– Tengo que estudiar toda la documentación que me han enviado desde la oficina. No estoy tan familiarizado como debiera con el entorno y la gente de aquí. Necesito pruebas para poder rechazar la acusación, y como la policía no va a investigar más, tengo que hacerlo yo.

Ella asintió.

– Eso es exactamente lo que yo pensaba. Otros sospechosos. Podemos hacerlo juntos. Sólo quiero llevar una tarta al centro de mayores, para la fiesta de cumpleaños de Lucinda Forest. Es la mejor amiga de la comandante y su familia viene desde California. Su nieta y ella cumplen años el mismo día, y la niña viene para que lo celebren juntas. Le he hecho a Lucinda su tarta favorita, y cuenta con que yo vaya.

– Eso es muy amable por tu parte. Debes ir. Después podemos vernos en la biblioteca.

– Ven conmigo, e iremos juntos a la biblioteca más tarde. Yo puedo responderte cualquier pregunta que tengas sobre la gente de aquí, y te aclararás las ideas mucho más pronto. ¿De acuerdo?

– Eh… No. Preferiría no ir a la fiesta familiar de una extraña.

– ¿Por qué no?

Hunter odiaba admitir sus debilidades, pero no podía hacer otra cosa que explicarse.

– Cuando estaba bajo los cuidados de los servicios sociales, las familias de acogida celebraban los cumpleaños de sus hijos biológicos.

Había tarta, regalos, todas las cosas que él nunca tenía. Recordaba las fiestas, pero no recordaba que lo incluyeran en las celebraciones. Los cumpleaños de los extraños le causaban inseguridad.

– Lo entiendo -le dijo Molly-, pero yo estaré contigo, y no te sentirás como un intruso. Además, hago una tarta de chocolate buenísima.

– ¿Es eso lo que estabas haciendo anoche?

Ella asintió.

– Entonces, ¿vendrás conmigo? Por favor.

Él gruñó. ¿Por qué cada vez que quería decir que no se veía diciendo que sí?

Fueron en el coche de Molly hasta el centro de mayores, porque no podían llevar la tarta en la moto. Ella le había pedido que la acompañara para impedir que Daniel la excluyera del caso de su padre, lo cual, a juzgar por su maletín abultado, era lo que él pretendía hacer.

Sorprendentemente, no le había costado mucho que aceptara su ayuda. Por el contrario, parecía que la entendía.

Cuantos más detalles sabía Molly del tiempo que él había vivido en hogares de acogida, mejor lo entendía a Daniel. Normalmente, Hunter mantenía oculto su dolor, pero debido a la fiesta de Lucinda, había confiado en ella por un momento. Lo suficiente como para causarle una punzada de dolor en el corazón.

Su misión de aquel día era mostrarle lo que significaba estar incluido en una familia. Tenía que admitir que aquello también era nuevo para ella, pero quería que Daniel sintiera el calor de una fiesta familiar. Molly comenzaría con la de Lucinda y con sus amigos, y quizá después, él se abriera un poco más a Molly y a su familia.

Sacudió la cabeza para quitarse aquella idea de la mente. «No pienses en eso», se advirtió. Sabía que debía ir paso a paso, aprovechar el momento. Lo que llegara después tenía potencial para ser bueno también.

Cuando entraron en el centro de mayores, la fiesta ya había empezado, y los residentes estaban reunidos en el salón de actos, alrededor del ponche. De hecho, se había formado una cola por la sala.

– ¿Por qué vive aquí Lucinda? -le preguntó Hunter-. ¿No es muy joven para estar en una residencia?

– Alzheimer -dijo Molly.

No hacía falta explicar nada más. Dejaron sus paquetes con el resto de los regalos, y ella puso la tarta en la mesa de la comida.

– No parece que la familia de Lucinda haya llegado todavía, así que todos los que están aquí deben de ser miembros de la Asociación Americana de Personas Retiradas.

Allá donde miraba, Molly veía cabellos grises.

– Eso parece -dijo Hunter, un poco más atrás que Molly. Claramente, no le apetecía mucho integrarse.

– Vamos a buscar a la homenajeada -le indicó Molly, y lo tomó de la mano para llevarlo por entre los invitados.

Ella iba saludando a sus conocidos y sonreía a los que no conocía. Finalmente, llegó a su destino.

– ¡Lucinda!

– ¡Molly!

La anciana abrazó a Molly con afecto.

– Me alegro mucho de que hayas venido.

– ¿Es que pensabas que no iba a venir?

– Eres muy buena conmigo -dijo Lucinda. Rodeados de arrugas, los ojos azul pálido de la anciana brillaban con la vitalidad de la juventud, pese a su edad.

– Me gustaría presentarte a un amigo mío -le dijo Molly, haciendo un gesto para quitarle importancia al cumplido-. Lucinda Forest, éste es Daniel Hunter -dijo Molly, y señaló a Hunter, que estaba a su lado.

No parecía que estuviera muy incómodo, y ella se alegró.

– Así que éste es el guapísimo joven que vive en casa de Edna -dijo Lucinda, mirando fijamente a Hunter-. He oído hablar mucho de ti. Me alegro de conocerte.

– Le aseguro que el placer es mío.

Ante aquel cumplido, la anciana se rió como una niña. Daniel tenía que admitir que nunca había tenido aquel efecto en una mujer de su edad.

– Eres encantador -le dijo ella.

– Eso intento.

– Bueno, ¿y dónde está tu abuela? -le preguntó Lucinda a Molly.

– Tenía que hacer unos recados, pero me dijo que vendrá a tiempo para tomar la tarta.

– Oh, gracias a Dios. No me gustaría que se perdiera lo más importante de la fiesta.

Molly la miró con confusión.

– Bueno, yo no creo que mi tarta sea lo más importante de la fiesta, pero te la he traído, tal y como prometí.

Lucinda dio unas palmadas, mostrando de nuevo la exuberancia de una adolescente.

– Muchísimas gracias. Significa mucho para mí. Es incluso mejor que en Navidad, cuando alquilaste Qué bello es vivir y trajiste un DVD para que todos pudiéramos verla.

Mientras escuchaba a Lucinda, a Hunter se le hizo un nudo en la garganta. Molly se preocupaba de verdad por aquella mujer y por sus amigos, aunque no tuviera parentesco con ellos. Y era evidente que la mujer también le tenía cariño. El gesto sencillo de Molly de aparecer allí, incluso en mitad del caos que vivía su familia en aquel momento, le había alegrado el día a Lucinda. A Hunter le llegó al corazón.

– Bueno, yo tengo que socializar -dijo la anciana-, pero vosotros dos id por ahí a pasarlo bien. Podéis empezar tomando un poco de ponche.

– ¿Y qué pasa con el ponche, a propósito? -preguntó Molly-. ¿Por qué está todo el mundo haciendo cola?

– Lo ha hecho Irwin Yaeger especialmente para mí -dijo Lucinda-. Tiene muy buena mano para el ponche.

– En otras palabras, que se le va la mano con el alcohol -tradujo Hunter.

– Exacto.

Molly miró al cielo.

– Bueno, de todos modos cualquier hombre que haga un ponche sólo para ti tiene muy buen gusto.

– Como tú, por cierto -dijo Lucinda, mirando a Hunter con aprobación.

Él se ruborizó de verdad.

De repente, Lucinda abrió unos ojos como platos, y en su cara se reflejó una enorme alegría.