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– ¡Ahí está mi familia! -exclamó, y comenzó a saludar a un grupo que entraba en la sala.

– Ve -le dijo Molly.

– Bueno, os veré más tarde -respondió la anciana, despidiéndose, y con emoción, se alejó y los dejó junto a la mesa de las bebidas.

Hunter se volvió hacia Molly, feliz de tenerla para sí durante un rato. La melena rubia le enmarcaba el precioso rostro, y parecía que por unos momentos había dejado a un lado los problemas de su padre.

– ¿Te apetece algo de beber? -le preguntó.

– Sería estupendo un refresco de cola -dijo ella.

Hunter fue a buscarlo y, cuando se lo entregó, servido en un vaso de plástico, ella tomó un sorbo, y después se lamió el líquido que se le había quedado sobre el labio con la lengua. Sin querer, él siguió el movimiento y notó una inyección de lujuria en las venas. No era el momento ni el lugar, pero no le importó.

Miró a su alrededor por la habitación, buscando un lugar para poder estar solos, y encontró una vía de escape. Se había dado cuenta de que Lucinda estaba guiando a sus familiares por la abarrotada sala hacia ellos.

– Vamos -le dijo a Molly, que aún no sabía que tendrían compañía en muy pocos instantes.

– ¿Adónde? -le preguntó ella, confusa.

Él se acercó y le quitó el vaso de refresco de la mano.

– A algún lugar donde podamos estar a solas -respondió él, con la voz ronca.

Aquella ronquera se la había provocado la vista directa del escote de Molly, que era visible pese a sus esfuerzos por vestirse de un modo menos llamativo del que acostumbraba. Tenía los pechos llenos, elevados de un modo seductor en el sujetador de encaje que se le transparentaba ligeramente a través de la camisa.

Antes de que ella pudiera negarse, Hunter la tomó de la mano y se la llevó hacia la puerta más próxima, dejando el vaso en una mesa al pasar. Un momento después, habían llegado a un pasillo corto y oscuro, y él hizo que entraran en lo que parecía un armario de almacenamiento. Él palpó la pared interior del armario en busca de un interruptor, y lo apretó. Se encendió una pequeña bombilla que les proporcionó luz suficiente como para verse.

– ¿Hunter? -dijo Molly en un susurro. Sus intenciones no se le escapaban.

Él avanzó hacia ella y dejó que su calor lo envolviera. Inhaló su esencia femenina, y los músculos se le tensaron.

– No he podido soportar verte lamiéndote el refresco de los labios sin querer ayudarte.

Inclinó la cabeza y la besó. Hunter pensaba que tendría que convencerla para aquello. Después de todo, la había sacado de una fiesta llena de gente.

Antes de que pudiera hacer algo más que comenzar su placentera misión, pasándole la lengua por los labios y probando una combinación de refresco de cola y de Molly, ella se convirtió en la agresora. Le metió la lengua en la boca, enredándola con la de él, ansiosamente. A Daniel lo dominó el deseo. Le enredó los dedos en la melena e hizo que inclinara la cabeza para poder hundirse más profundamente en ella, para tener mejor acceso a su boca, pero aquello no era suficiente.

Parecía que ella lo entendía y también quería más. Pegó su cuerpo esbelto al de él; sus pechos, duros y puntiagudos, se le apretaron contra el torso, y sus caderas se adaptaron a él con precisión. Hunter notó cómo se excitaba por momentos.

Molly gruñó de placer al notarlo, y le hundió las uñas, a través de la camisa, en la piel.

Hunter no recordaba la última vez que había sentido tanto deseo tan rápidamente. Y, mientras ella giraba las caderas con movimientos sensuales contra el cuerpo de Hunter, él comenzó a subirle la falda, más y más alto, pasándole los dedos con delicadeza por la piel sedosa, hasta que por fin apartó toda la tela y le agarró los muslos con las manos.

Interrumpió el beso y la miró. Ella tenía los párpados medio cerrados, los labios separados y la respiración entrecortada. Él tampoco estaba relajado precisamente. La necesidad le tensaba el cuerpo.

Hunter percibió los sonidos de la fiesta en la distancia, mientras, lentamente, los acercaba a la pared. La miró durante un instante, esperando a que ella pusiera fin a aquella situación, dándole la oportunidad de parar.

– Por favor, no me digas que tienes dudas.

Él sacudió la cabeza.

– No, demonios -dijo Hunter.

Le pasó el dedo por los labios a Molly y después se lo metió en la boca para saborearla de nuevo.

– Eres deliciosa -le susurró.

Ella lo tomó por sorpresa; se inclinó hacia él y le pasó la lengua por los labios.

– Y tú -respondió con una sonrisa sexy y los ojos muy brillantes.

Era evidente que parar no entraba en sus planes, y Hunter se lo agradeció al cielo.

Después le deslizó los pulgares bajo el borde de la ropa interior. El suave material estaba caliente y húmedo.

Molly emitió un gemido interminable que a él lo sacudió por dentro, y después se inclinó hacia atrás, dejando que la pared la sujetara. Entonces, Daniel comenzó a juguetear con ella, pasándole los dedos resbaladizos por los pliegues sensibles, haciendo caso omiso de los impulsos de su propio cuerpo en favor de los de ella. Estaba húmeda y excitada, y por la forma en que movía las caderas, él supo que no iba a tardar mucho en llevarla hasta el éxtasis. Quería presenciar su clímax y observarla.

Al pensarlo, notó las pulsaciones de su propio cuerpo, pero continuó concentrándose en Molly hasta que ella comenzó a temblar y a sacudirse, y se deshizo en su mano.

Quedó laxa entre sus brazos, y Hunter esperó hasta que se recuperó y lo miró.

– Vaya.

– Sí -respondió él con una sonrisa, satisfecho consigo mismo. Aunque fuera una respuesta engreída, le gustaba haberle proporcionado placer.

Entonces, Molly se irguió y comenzó a colocarse la ropa y a arreglarse.

– Te debo una -susurró, con la respiración todavía entrecortada.

Él asintió. Tenía el cuerpo tenso.

– Te tomo la palabra -le dijo. Con un dedo en su barbilla, le hizo inclinar la cabeza hacia atrás y la besó-. Hay una fiesta en la otra habitación -le recordó después, no sin lamentarlo.

– Sí, es cierto -respondió, cruzándose de brazos y observándolo fijamente-. Una fiesta a la que tú no querías venir. No pienses que no me he dado cuenta de que esto… -hizo un gesto entre ellos dos-, es consecuencia directa de que querías escapar de la familia de Lucinda.

Hablaba con seguridad, pero su tono de voz era cálido, no de lástima. Ella conseguía ver su interior como nadie lo había conseguido nunca.

Y eso le asustaba más que la idea de una fiesta de cumpleaños y una reunión familiar a la vez.

Capítulo 8

Molly se sentía mortificada. No podía creer que hubiera dejado a Hunter hacer algo así con tanta gente dos puertas más allá. Y quería que se lo hiciera de nuevo. Se puso las manos en las mejillas que, horas más tarde, continuaban sonrosadas.

Después de la fiesta de Lucinda, Molly y Hunter pasaron la tarde en la pequeña biblioteca del centro. Él estudió los documentos que le habían enviado desde la oficina, y Molly también leyó algunas cosas y apuntó las preguntas que se le ocurrieron. La primera de ellas era qué había sucedido con el arma homicida.

En aquel momento, Molly y Hunter estaban sentados en una mesa de la pizzeria, esperando a que les sirvieran la cena. Molly daba sorbitos a su refresco y, aunque estaba concentrada en el caso de su padre, había cosas que la distraían de vez en cuando. Cosas como los largos dedos de Hunter sujetando una lata de cerveza, y lo que podían hacer aquellos dedos.

Cruzó las piernas, pero en vez de obtener alivio, la intensa presión del deseo comenzó a surgir de nuevo.

– Hablemos -dijo Hunter.

Ella tragó saliva. Hablar. Podía hacerlo.

– Dios, estoy excitada.

Él parpadeó.

Molly se tapó la cara con las manos.

– No puedo creer que lo haya dicho.