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En cuanto a la familia, la comandante dormía como un tronco toda la noche, Jessie nunca salía de su cuarto y su padre… Molly no sabía si estaba dormido o no, pero sabía que estaba en su dormitorio, y dudaba que bajara a molestar a Hunter en mitad de la noche.

Molly contaba con ello.

Capítulo 9

Hunter se puso las manos tras la cabeza y se apoyó contra las almohadas mientras miraba al pájaro, que estaba silencioso en su jaula. Edna le había dicho que debía cubrirlo todas las noches, y ya casi era hora de acostar al animal. Daniel, incapaz de dormir ni de trabajar, supuso que la compañía del ave era mejor que no tener compañía. Albergaba la esperanza de que el pájaro lo distrajera, pero hasta el momento Ollie había permanecido extrañamente callado. Y Hunter no podía dejar de pensar en Molly. Su cuerpo se tensaba con sólo recordar lo que había ocurrido aquella mañana.

Alguien llamó a la puerta suavemente, y Hunter se sobresaltó. No llevaba nada puesto salvo los calzoncillos, y no tuvo tiempo de meterse bajo las sábanas antes de que el objeto de sus fantasías entrara en la habitación. Ella cerró la puerta con llave.

– Hola -dijo Molly.

– Hola -dijo el pájaro.

Daniel alzó los ojos al cielo con resignación.

– Ahora habla.

Molly sonrió.

Con los ojos brillantes, se acercó a la jaula y la cubrió con el paño blanco.

– Buenas noches, Ollie.

Entonces, se aproximó a la cama de Daniel. Llevaba una larga bata de seda que le tapaba demasiado el cuerpo.

– ¿Qué haces aquí? -le preguntó él en broma-. ¿Te has perdido de camino a la cocina?

Molly apretó los labios y sacudió la cabeza.

– Tengo hambre, pero no de comida.

Sus intenciones no podían ser más claras, y a Daniel se le aceleró el corazón.

– A mí me apetece algo dulce -dijo con la voz ronca.

En aquel momento, él no podía ocultar su erección, y no quería hacerlo. Paso a paso, se dijo. Ya sabía que Molly podía arrancarle el corazón, y entendía la importancia de proteger sus emociones, pero en aquel momento no había nada que tuviera importancia salvo hundirse en su cuerpo y saciar la necesidad palpitante que sentía.

Apoyó la mano en el colchón y se echó a un lado para que ella pudiera sentarse junto a él. El sofá cama se hundió ligeramente bajo su peso. Sin embargo, Daniel notó que los muelles no chirriaban, y eso le dio esperanzas de que nadie de la familia los iba a sorprender.

Ella flexionó una rodilla y la bata se le abrió. Daniel alcanzó a verle la piel desnuda. Nunca le había parecido tan sexy la rodilla de una mujer, y posó la palma de la mano allí.

– Esta bata es demasiado larga y te cubre mucho -le dijo.

– Y si alguien me veía bajando por las escaleras, pensarían que iba a hacerme una taza de té.

Molly inclinó la cabeza. Las puntas de su cabello rubio le rozaron los hombros. Estaba sexy y despeinada, y él quería tenerla desnuda a su lado.

Ella se desató el nudo de la bata y dejó al descubierto el camisón más sexy que él hubiera visto en su vida. Era de encaje amarillo, y complementaba a la perfección con su piel pálida. La tela le cubría los pechos y se los elevaba de una manera seductora, dejando al descubierto una deliciosa cantidad de escote. Él no podía apartar la vista salvo para observar el borde del corto camisón. Su imaginación se avivó con imágenes de lo que había bajo el encaje.

Y, a medida que sus ojos descendían, se quedó asombrado al ver unas sandalias de tacón de aguja en los pies de Molly.

Ante aquella visión, el cuerpo se le endureció.

– ¿Y cómo habrías explicado eso a los miembros de tu familia?

– Esperaba que la bata las escondiera -respondió ella con una sonrisa de picardía. Estiró las piernas deliberadamente para mostrarle las uñas de los pies, pintadas de rosa.

Hunter le pasó la mano por la pierna desnuda, desde la tira de cuero que se le ceñía alrededor del tobillo hasta la parte superior del muslo. Tenía la piel de seda. Irradiaba una fragancia ligera y provocativa, que él no podía nombrar, pero que en adelante siempre asociaría con Molly y con aquel momento.

– No tenia idea de que fueras tan atrevida.

Ella arqueó una ceja.

– Hay muchas cosas que no sabes de mí.

Aquello era un rotundo «Te desafío a que las averigües». Daniel le pasó una pierna por encima de las suyas con intención de colocarse sobre ella, pero Molly lo detuvo sujetándole los hombros contra el colchón.

– Te debo una de esta mañana -le dijo mientras se quitaba la bata, regalándole una vista completa de su cuerpo sexy envuelto en encaje.

Él se echó a temblar y su mano se le puso rígida sobre la pierna de Molly. No quería mirarse la erección, sabiendo que estaba preparado para cualquier cosa que ella quisiera darle.

– Sólo un idiota diría que no -susurró, sin reconocer apenas su propia voz.

Antes de que pudiera parpadear o prepararse, Molly enganchó los dedos en la cintura de sus calzoncillos y se los quitó. Después rodeó su cuerpo con la mano y él emitió un gruñido gutural. Daniel dejó de intentar mirar, cedió el control y dejó caer la cabeza sobre la almohada para poder disfrutar.

Con los ojos cerrados, sintió cómo ella enroscaba los dedos a su alrededor, jugueteando con los movimientos justos para que él creciera y se hinchara en su palma. Sin previo aviso, la boca húmeda sustituyó a la mano. El cuerpo de Daniel dio una sacudida y sus caderas casi se levantaron del colchón.

Ella lo tomó profundamente en la boca, mientras deslizaba la mano por la base de su erección. El movimiento doble de su lengua y su boca succionándolo y el deslizamiento de su mano por el miembro tenso sobrecargaron su cuerpo. Daniel se agarró a las sábanas y gimió, sintiendo una oleada de placer que lo llevaba más y más alto.

Sabía que no podría soportarlo mucho más, pero, de repente, se vio privado de aquel calor húmedo y abrió los ojos. Molly tenía un paquetito de papel de aluminio en la mano.

– Me encantaría continuar lo que estaba haciendo, o si no, podemos terminarlo de esta otra manera -le dijo, mostrándole el paquetito-. Tú eliges.

Qué mujer, pensó él, pero no dijo las palabras en alto.

– Preservativo, claramente -respondió él, sabiendo que no iba a lamentar la elección.

A ella se le iluminaron los ojos de calor ante su respuesta, y entre los dos se ocuparon de la protección. Después, Molly se colocó a horcajadas sobre él.

– ¿Te había dicho que no llevo nada debajo? -le preguntó en tono burlón.

– No lo dirás en serio -preguntó él, y quiso agarrarle el borde del camisón. Ella le apartó la mano juguetonamente.

– No, no llevo nada -le confirmó.

Y pensar que si hubiera movido la mano un centímetro más arriba lo hubiera comprobado por sí mismo… Daniel reprimió un gruñido.

Entonces, mientras él miraba, ella se levantó el camisón y se lo sacó por la cabeza hasta que quedó desnuda, salvo por las sandalias de tacón que permanecían en sus pies.

Hunter abrió unos ojos como platos, y Molly disfrutó de su reacción. No sabía de dónde estaba sacando el valor, pero parecía que él lo pasaba bien y eso la hacía más atrevida.

Desde el momento en que había tomado a Hunter en su boca, su propio deseo se había multiplicado y en aquel momento su cuerpo deseaba el de él de una manera primitiva, íntima. Avanzó lentamente hacia Daniel hasta que estuvo justo bajo ella, donde Molly más lo necesitaba.

Estaba excitada, húmeda y lista, pero de todos modos Hunter la tomó por sorpresa cuando alargó la mano y deslizó un dedo al interior de su calor resbaladizo. Ella se estremeció al sentir aquella caricia, porque ambos llevaban mucho tiempo esperando aquel momento. No días, sino meses, pensó Molly. Años.

Lo miró a los ojos mientras él embestía hacia arriba al mismo tiempo que ella albergaba su erección profundamente en su cuerpo. Molly no era virgen, pero sí era quisquillosa, y hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre; aunque no tanto como para olvidar cómo se sentía una persona. Y nunca se había sentido así. Hunter y ella, conectados completamente, el cuerpo de él creciendo más y más en el suyo.