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Él murmuró algo en sueños. Molly se inclinó y le besó la espalda, sonriendo. Estaba decidida a seguir sonriendo y a no pensar más en el pasado, pero no podía evitar pensar cómo, un año antes, él había dejado aparte sus miedos y le había abierto el corazón. Y ella se lo había pisoteado.

De algún modo, por algún medio, Molly necesitaba traspasar los muros de su corazón. Temía que, de no ser así, el cuerpo sería lo único que Daniel volvería a ofrecerle.

Y ella, en realidad, quería mucho más.

Molly tomó uno de los bagel que había comprado Edna para desayunar. Lo abrió por la mitad y lo untó con crema de queso. Con aquel panecillo delicioso y un café de avellana de los de la comandante, estaba preparada para comenzar el día.

Estaba sentada en la cocina, disfrutando de la paz, pero por los ruidos que oía en el piso de arriba sabía que no duraría mucho. Tomó un sorbo del delicioso café y dejó que el líquido la calentara a medida que descendía por su garganta. Claro que no necesitaba el calor. Hunter le había generado suficiente temperatura como para que le durara años; aunque no para el resto de su vida. Se preguntó cómo iba a conseguir el mayor desafío personal de su vida.

– Bueno, ¿y qué pasa entre el tío bueno y tú? -le preguntó Jessie, haciendo añicos el silencio.

– Oh, a mí también me gustaría saberlo -añadió Edna, que entraba en la cocina junto a su nieta, envuelta en una larga bata y con Ollie en el hombro.

– Confiesa -dijo el guacamayo.

– Sí, confiesa -dijo Jessie, riéndose.

Molly miró a su hermana, que era otro de sus desafíos personales. Tenía la sensación de que su vida estaba llena de retos. Se recordó que quería conseguir el cariño de la adolescente, y no alejarla más de sí.

Así pues, en vez de responderle que su vida privada no era de su incumbencia, Molly sonrió.

– Hunter está muy bien, gracias por preocuparte tanto -le dijo, como si hubiera malinterpretado la pregunta de Jessie y su motivación.

– Yo no… -la adolescente cerró la boca-. Quiero decir que… -después sacudió la cabeza, dejó escapar un gruñido de frustración y miró el desayuno de Molly-. ¿Dónde están los bagel?

– Ahí, junto a la nevera, en una bolsa cerrada. ¿Por qué no os servís uno cada una y desayunáis conmigo?

– Era lo que había pensado -dijo la comandante.

Sin embargo, Jessie tenía que tomar el autobús del instituto, y miró el reloj del horno microondas.

– Tienes tiempo de sobra -le dijo Molly-. Además, no voy a morderte, a contestarte mal ni a molestarte. Te lo prometo.

Jessie se quedó demasiado sorprendida como para hablar. Se hizo el desayuno, pero tomó margarina en vez de queso para su bagel y se sirvió zumo de naranja en vez de café.

– ¿Cómo estuvo la fiesta de anoche? -le preguntó Molly.

Jessie se sentó en la silla más alejada de su hermanastra. Le dio un mordisquito a su panecillo, lo masticó y lo tragó antes de responder.

– En realidad, no estuvo mal. Al menos, para mí. Seth no se lo pasó bien -dijo, y tomó una buena cantidad de zumo antes de continuar-. Pero las chicas están empezando a portarse mejor conmigo. Sarah me dijo que sentía haberme dado de lado por lo de mi padre y me preguntó qué tal estaba.

Molly hizo una pausa, con la taza a medio camino hacia los labios. ¿No iban a cesar las maravillas? Jessie le había respondido civilizadamente a una pregunta y le había revelado datos de su vida personal. Molly respondió con sumo cuidado para no hacer que la niña se cerrara nuevamente a ella.

– Me alegro mucho. Seguro que las cosas no han sido fáciles para ti.

Jessie se encogió de hombros.

– Puedo soportar la situación -dijo, a la defensiva.

– No he dicho que no puedas, pero sé que los chicos pueden ser muy malos. Al menos, tú conoces a tus amigas desde hace muchos años. Hay un vínculo entre vosotras que podéis recuperar aunque a veces falle. Cuando yo tenía tu edad, no permanecía mucho tiempo en el mismo lugar, no más de uno o dos años. Así que cada vez que mi madre cometía una estupidez o hacía algo vergonzoso, las consecuencias eran peores para mí, porque yo ya era la intrusa.

– Vaya. Debió de ser horrible.

Molly arqueó una ceja. ¿Comprensión o sarcasmo?

– Sí, fue horrible. Y yo no tenía una familia en la que apoyarme, como tú. Tampoco tenía un amigo como Seth.

Los recuerdos de su adolescencia, con tantas privaciones emocionales, consiguieron que se estremeciera.

– ¿Y tu madre? -le preguntó Jessie con la boca llena de bagel.

Molly no iba a regañarle por sus modales en aquel momento.

– Si yo no estaba en un internado caro, y ella era imposible de localizar, entonces estaba en su casa, haciendo las cosas que le gustaban, que eran las que más dinero costaban. De todos modos, nunca estaba disponible para mí, y normalmente destrozaba todos sus matrimonios con una infidelidad. Causaba un escándalo, los niños de la escuela se enteraban y yo me quedaba sola hasta que ella recordaba que tenía que ir a buscarme porque su marido no estaba dispuesto a pagar el internado durante más tiempo.

Jessie se quedó boquiabierta.

Por lo menos había terminado el panecillo, pensó Molly, mordiéndose el interior de la boca para no echarse a reír. No quería estropear aquel momento entre las dos.

– ¿Y tu padre, o el hombre que pensabas que era tu padre? ¿Era un buen tipo? -le preguntó Jessie, con una inmensa curiosidad.

– Siempre pensé que era un hombre frío. De vez en cuando me enviaba una postal desde donde estaba de vacaciones, pero nada más. Y como él nunca me pagó el colegio, ni nada, pensé que era porque mi madre había hecho algo para que él nos odiara. Hasta el año pasado no supe que no tenía ninguna obligación hacia mí, ni legal ni paternal. Durante todo el tiempo, él era consciente de que no era mi padre biológico. Y dice que pensaba que, debido a que mi madre siempre se casaba con hombres muy ricos, yo tenía todo lo que necesitaba.

Normalmente, a Molly se le formaba un nudo en el estómago cuando hablaba de su infancia, pero aquella vez no le importaba, en realidad. Aunque se sorprendía de poder compartir su pasado con Jessie de una manera tan natural, también se alegraba. Cuando Jessie no se estaba comportando como una adolescente malcriada, era sólo una niña dolida. Y Molly podía solidarizarse con ella. Quería ayudar a su hermana pequeña y conocerla mejor.

– Cuando las cosas con mis amigas van mal, sé que tengo a mi familia -dijo Jessie-. Supongo que tengo más suerte de la que pensaba.

Molly sonrió.

– Eso no significa que no hayas tenido golpes duros en la vida. Perder a tu madre fue algo muy duro que no debería ocurrirle a ningún niño.

Jessie asintió con vehemencia. Por una vez, estaba de acuerdo con Molly.

– Pero la abuela vino a vivir con nosotros y papá siempre estuvo a nuestro lado. No me imagino lo difícil que era todo para ti.

La comandante tomaba en silencio el café, mirando con cariño a sus nietas. Molly pensó que debía de sentirse feliz por verlas hablar tranquilamente.

Molly miró a Jessie con la cabeza ladeada.

– No empieces a sentir pena por mí, o tendré que tomarte la temperatura y comprobar si te ocurre algo esta mañana -dijo con una sonrisa, implorando silenciosamente que Jessie se riera, queriendo llegar a ella de un modo que significara que habían dado un gran paso en su relación.

– Ni lo sueñes -dijo Jessie, y comenzó a reírse con fuerza, de Molly, de sí misma y de lo repelente que había sido durante aquellos últimos meses.

Al menos, eso fue lo que quiso pensar Molly, y nadie iba a decirle lo contrario cuando Jessie y ella se estaban riendo juntas.