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Sonya asintió.

– Entonces, hay algo más que deberías saber. Ayer no estaba comprando pizza para Seth, sino para Frank y para mí.

– Creía que Frank tenía una reunión.

– Lo inventó. Pasamos la velada juntos. Sólo queríamos relajarnos un poco sin que la familia se preguntara qué sucede, así que, cuando todo el mundo salió, me dejó en el aparcamiento de la pizzeria y después me recogió. Cenamos juntos en casa de una amiga que está fuera de la ciudad.

– ¿Y su madre recogió a los niños de la fiesta? -le preguntó Hunter.

Sonya asintió.

– Mentí cuando me encontré con Molly y contigo.

Molly exhaló lentamente.

Hunter le hizo caso omiso.

– Le agradezco que me lo haya contado -le dijo a Sonya-. Ahora, vamos a dar la entrevista por terminada, ¿de acuerdo?

Ella asintió de nuevo.

– Gracias -susurró-.Y a ti también, Molly.

Molly inclinó la cabeza. No parecía que la confesión de Sonya la hubiera asombrado. Era evidente que ya lo sabía o al menos lo sospechaba. Y había preferido guardárselo.

Era hora de resolver aquello, pensó Hunter. Molly y él tenían que hablar.

– Estoy seguro de que tendré más preguntas.

– Sólo tienes que llamarme -dijo Sonya.

– Lo haremos -respondió Molly

Hunter miró hacia el despacho.

– Bien, ahora me gustaría ver la oficina de Paul.

Sonya se abrazó a sí misma y asintió.

– La policía lo registró en busca del arma homicida.

– Que no encontraron. ¿Cuándo fue la última vez que vio la pistola de su marido?

Ella se encogió de hombros.

– No sabría decirte. No la usaba. Siempre la tenía guardada en un cajón cerrado del despacho. Prometió que guardaría las balas en otro sitio, por seguridad, y creo que lo hizo.

– Bien, entonces. Gracias -Hunter se volvió hacia Molly-. ¿Preparada?

– Claro.

– Voy a salir durante un rato. ¿Os importaría cerrar al salir? -dijo Sonya, y tomó su bolso.

– Claro -respondió Daniel.

Sonya salió de la casa y Molly siguió a Hunter al despacho.

– ¿Por dónde empezamos? -preguntó.

Hunter se aseguró de que Sonya había cerrado la puerta principal antes de responder a Molly.

– ¿Qué te parece si empezamos por la verdad? -le espetó él-. Sonya y Frank. ¿Sabías que tenían una relación?

Ella sacudió la cabeza.

– No exactamente. No sospeché nada hasta ayer.

– ¿Y qué ocurrió ayer?

– ¿Aparte de lo evidente? -Molly se acercó a él y le acarició la mejilla.

Él se apartó.

– No intentes cambiar de tema. Anoche sospechaste que hay algo entre tu padre y Sonya y, en vez de decírmelo, ¿te acostaste conmigo?

– No es eso -dijo Molly. Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y se las enjugó con enfado-. Hice el amor contigo.

– ¿Cómo puedes decir que hiciste el amor conmigo? ¿Con una mentira entre los dos? -protestó Daniel, sacudiendo la cabeza. No podía creer que ella dijera algo tan indignante.

Molly suspiró y se metió las manos en los bolsillos del pantalón.

– Mira, anoche, cuando fui al servicio de la pizzeria, vi a Sonya desde la ventana trasera. Ella estaba en el aparcamiento con su pizza. Mi padre apareció en su Jeep, la recogió y se marchó. Me dije que había muchas razones por las que mi padre no estaba en la reunión, pero preferí ignorarlo todo. Sin embargo, cuando escuché los mensajes del contestador automático de casa, había uno de Jessie en que le recordaba a mi padre que debía recogerlos a Seth y a ella de su fiesta. Entonces até cabos y supe que Sonya nos había mentido y que sólo podía haber una razón.

– Que tienen una relación.

– Al menos, que tienen algo que ocultar.

– Entonces, ¿por qué no me lo dijiste?

Aquella pregunta era el quid de la cuestión. Ella no había confiado lo suficiente en él como para contarle aquel secreto.

Se frotó la cara con las manos y suspiró.

– Porque tenía miedo de que si sabías que mi padre había mentido sobre dónde estaba anoche, llegarías a la conclusión de que había mentido sobre otras cosas más importantes.

– ¿Como la culpabilidad o la inocencia?

– Y si decidías que era capaz de mentir, no querrías representarlo. No podía arriesgarme a eso.

– De nuevo, no confiaste en mí lo suficiente como para creer que estoy en esto a largo plazo.

Daniel sacudió la cabeza con frustración y atravesó la habitación para mirar por la ventana hacia el jardín delantero.

– No -dijo Molly, acercándose a él-. Yo sí confío en ti. Por eso acudí a ti en primer lugar. Es mi padre en el que no confío, y…

– No te engañes. Elegiste protegerlo en vez de confiar en mí. Me pregunto qué otras cosas me ocultas.

– Nada. No tengo ningún otro secreto.

Él arqueó una ceja.

– ¿Y por qué iba a creerte? ¿Cuántas veces vas a hacerme creer algo y después dejarme en la estacada? Bah, olvídalo. Tenemos que trabajar.

Y Daniel no quería perder más el tiempo con una causa perdida.

«Hicimos el amor», había dicho ella. Y un cuerno. No había amor sin confianza, y él debería agradecerle que se lo hubiera dejado claro.

Hunter se dirigió hacia el escritorio de Paul y comenzó a registrar los cajones. Molly rebuscó en otras partes de la sala. No había nada más que decir, y parecía que ella lo entendía. Miró por las estanterías y se fijó en los libros, los adornos y las fotografías familiares. Estaba claro que, después de que la policía registrara el despacho, Sonya lo había limpiado y había restaurado lo mejor posible los destrozos de Paul.

– ¿Qué estamos buscando, exactamente? -le preguntó Molly a Paul.

– No estoy seguro -respondió él-. Lo sabré cuando lo encuentre.

– Una respuesta muy útil. Me parece que deberíamos averiguar qué hizo Paul con el dinero, ¿no? Porque la policía no lo sabe, y parece que no les importa.

Él sacó papeles y facturas de uno de los cajones. Molly tenía razón, pero había hecho una pregunta retórica, y Daniel prefirió no responder.

– Quizá el rastro del dinero nos lleve al verdadero asesino -continuó ella, pese al silencio de Daniel.

Él la miró por el rabillo del ojo. Molly se había sentado y estaba removiendo en un cuenco lleno de cajas de cerillas. Aunque no iba a decírselo en aquel momento, Molly tenía instinto. Las cerillas podrían darles pistas sobre los lugares que frecuentaba Paul.

– Mi madre coleccionaba cajas de cerillas de los restaurantes lujosos a los que iba -musitó ella.

Hunter apretó los dientes y se resignó a escuchar sus cavilaciones. Sabía que ella quería implicarlo en la conversación para asegurarse de que él había dejado la discusión atrás. Sin embargo, Daniel no estaba listo para complacerla.

– Cuando era más joven, sacaba las cajas de cerillas y me imaginaba en el lugar de mi madre. Al principio fingía que me iba a llevar a esos restaurantes, hoteles y spas, y que iba a presumir de mí ante sus amigas. Después, comencé a fantasear con que me llevaba un príncipe rico y guapo. Sin embargo, cuando crecí lo suficiente para ver lo que era mi madre, decidí que yo me haría tan rica como para ir por mí misma a sitios lujosos, sin depender de los hombres como hacía ella.

Sonrió con satisfacción, y al darse cuenta de que él la estaba mirando fijamente, se ruborizó.

– Lo siento. Me he dejado llevar -dijo Molly. Después bajó la mirada y siguió removiendo las cajas de cerillas que la habían transportado al pasado.

Segundos antes, Daniel estaba dolido y enfadado. En aquel momento se sentía agradecido por aquella súbita visión. Se imaginaba a Molly de niña, ansiando el amor de su madre, deseando ser lo suficiente para aquella mujer a la que sólo le importaban los lujos y su nivel de vida. Sintió ganas de abrazarla y de prometerle que nadie volvería a hacerle daño, pero aún tenía un ligero resentimiento.