Hunter carraspeó y Molly lo miró de nuevo. Durante un breve instante, sus miradas se mantuvieron atrapadas. Las mentiras y la falta de confianza se disolvieron en el calor de la atracción que sentían. Él no podía negar lo mucho que la deseaba.
Tampoco podía negar lo mucho que le había herido. Otra vez.
– Tú no eres como tu madre -le dijo.
Ella sonrió.
– Pero no voy a engañarte, Molly. Tampoco eres tan independiente como piensas.
A Molly se le borró la sonrisa de los labios.
– No te entiendo.
– Dependes tanto de tu familia como tu madre depende de los hombres. Todas tus decisiones se basan en la reacción de otra persona. El año pasado era tu madre, y este año es tu padre. Estás tan paralizada por el miedo a perder el amor de tu familia que no piensas en lo que tú quieres.
Y hasta que no se librara de aquellos complejos, Molly no podría tener una relación seria y duradera con un hombre, aunque ella no se diera cuenta.
Cuando le hubo dicho lo que pensaba, Daniel puso en orden los papeles que tenía en la mano, pero se quedó inmóvil al darse cuenta de algo.
– O quizá soy yo el que no debería engañarme. Quizá estás tomando las decisiones que son más importantes para ti. Me ocultaste lo de Sonya y tu padre porque no soy el príncipe del que has hablado, el que tiene que rescatarte. Sólo soy un abogado que puede salvar a tu padre y a tu preciosa familia, pero que no es lo suficientemente bueno para ti.
– ¡No! -exclamó ella, y se puso en pie con brusquedad. Sin querer, tiró las cajas de cerillas al suelo. Sin hacerles caso, se acercó a él y le tomó la cara entre las manos-. Estás completamente equivocado -le dijo, y lo besó.
Y, demonios, fue un beso estupendo. Hunter sabía que no sólo estaba destinado a demostrarle que sí era lo suficientemente bueno para ella, sino también que lo quería y que lo necesitaba. Sin embargo, al mentirle había acabado con la posibilidad de convencerlo de nada.
Él se apartó las manos de Molly de la cara y terminó con el beso, haciendo caso omiso de su mirada dolida.
– Tenemos que trabajar -le dijo con la voz ronca.
– Siento haberte mentido.
Molly se alejó y se acercó de nuevo a las cajas de cerillas. Comenzó a recogerlas del suelo y las depositó en el cuenco.
– Conozco todos estos lugares -murmuró con frustración.
Él volvió al escritorio y miró los resguardos de los pagos con tarjeta más recientes.
– ¡Espera!
Aquella exclamación le llamó la atención y alzó la vista.
– ¿Has encontrado algo?
– Creo que sí. Todos estos sitios son locales. Son restaurantes y bares de por aquí, o al menos, de Connecticut. Pero mira, éste es de Nueva York y es un motel, no un restaurante -dijo Molly, y le lanzó una de las cajas de cerillas.
Él la atrapó en el aire y la observó.
– Pone «A.C.» Posiblemente quiere decir Atlantic City.
Molly asintió.
– Eso es lo que yo pienso. ¿Puede ser la pista que estamos buscando?
– Quizá, pero puede que no sea nada. Cuando Sonya llegue a casa, le preguntaremos si alguna vez ha estado allí, y si no ha estado, le pediré a Ty que investigue.
Se guardó la caja de cerillas y buscó un recibo de tarjeta de los últimos meses.
No había ninguno que indicara que Paul Markham había estado en Atlantic City ni en Nueva Jersey. Sin embargo, aquel hombre le había estado robando a su socio durante una buena temporada. Tenía que ser experto en ocultar su rastro, y quizá pagara todo en efectivo o usando un nombre falso.
Hunter captó la mirada de desaliento de Molly. Entendía que ella deseara con todas sus fuerzas encontrar alguna pista válida que pudiera ayudar a su padre.
– No he dicho que no sea nada. He dicho que tenemos que buscar más -dijo-. Volvamos a casa de tu padre y veamos qué podemos averiguar -sugirió.
– Buena idea.
Él la siguió hacia la salida, lamentando que Molly hubiera preferido mentirle sobre Sonya y su padre en vez de confiar en él. No sólo había hecho que acudiera sin preparación a una entrevista con una testigo, sino que había dado al traste con la frágil confianza que habían recuperado hasta el momento.
Realmente, era irónico. Y sería divertido si él no se sintiera tan decepcionado. Molly le había mentido por miedo a que Hunter no confiara más en su padre y dejara el caso.
Le había salido el tiro por la culata, porque quien había perdido la confianza de Hunter era ella.
Capítulo 11
Mientras Molly se vestía para ir a ver a Ty y a Lacey, pensaba en lo mucho que habían cambiado las cosas entre Hunter y ella durante los dos últimos días. Desde que él había descubierto que Molly le había mentido con respecto a su padre y Sonya, se había vuelto frío. Se comportaba como si no hubieran hecho el amor. Como si sus cuerpos no hubieran estado completamente unidos.
Haciendo caso omiso del dolor de cabeza, que iba en aumento, se puso sus botas de vaquero rojas para tener buena suerte. Esperaba que la visita de los amigos de Hunter le mejorara el humor. Ty y Lacey venían desde Albany para visitarlos y darles la información sobre el motel de Atlantic City. Hunter le había pedido a Ty que siguiera la pista después de que Sonya le dijera que nunca había oído hablar del lugar que se anunciaba en la caja de cerillas.
También le había sugerido que había un lugar donde Paul se alejaba cuando estaba fuera de la ciudad, no por negocios, sino con su amante. Molly se estremeció al recordar la objetividad con la que había hablado de aquel tema. Claramente, conocía las infidelidades de su marido y Molly se entristeció al pensar en vivir con alguien en quien no se podía confiar. Lo cual la llevaba de nuevo al error que había cometido con Hunter.
Él tenía razón en una cosa: todas las decisiones que ella tomaba estaban dictadas por el miedo a perder a su nueva familia. Sin embargo, Daniel se equivocaba al pensar que ella no confiaba en él, o que había elegido a su padre por encima de él. Las cosas no eran tan sencillas, pensó Molly con frustración. Estaba muy disgustada.
Lo único que podía hacer en aquel momento era seguir adelante y esperar que Hunter lo superara también. Se pasó los dedos por el pelo para atusárselo, se aplicó brillo labial de melocotón y decidió que estaba lista.
Tomó el bolso y bajó las escaleras.
– Siento haberte hecho esperar -le dijo a Hunter, que estaba paseándose por el vestíbulo.
– Ha hecho un agujero en la alfombra -dijo la comandante, que estaba sentada en una butaca, en la sala de estar, obviamente, haciéndole compañía-. Es cosa de hombres. Se arreglan demasiado rápidamente, y después tienen que esperar mientras una mujer se pone guapa. ¿No está preciosa, Hunter?
Molly se ruborizó. Tenía la sensación de que se había ruborizado para toda la vida durante los pocos días que Daniel llevaba allí.
– Vamos a una reunión de trabajo, comandante.
– Bueno, si yo pudiera meter las piernas en unos vaqueros tan ajustados y en unas botas como ésas, podría elegir a cualquier hombre a diez kilómetros a la redonda.
Hunter se volvió hacia Edna.
– Aún puede elegir a cualquier hombre, y que nadie le diga lo contrario -afirmó con una sonrisa.
En su mirada había auténtico afecto, y su tono tenía calidez.
Molly se arrepintió de lo que había ocurrido, y se prometió que recuperaría de algún modo su cariño.
– ¡Me voy rápidamente al centro de mayores a conseguir un novio! -dijo Edna con una carcajada, aunque no se levantó de su asiento.
– Sólo por el hecho de que un hombre guapo te haga un cumplido, no te enamores de la primera cara bonita -le dijo Molly a su abuela, y le dio un beso en la mejilla-. Tienes que encontrar a alguien activo. Jessie se está haciendo mayor y ya puedes viajar de nuevo, si quieres.