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Edna arqueó una ceja.

– ¿Te estás ofreciendo voluntaria para cuidarla?

Molly sonrió.

– Pronto, pero todavía no. Tendremos que esperar a caerle un poco mejor.

– Pero habéis progresado, y eso es todo lo que yo pido -afirmó Edna. Después tomó su libro y se acomodó entre los cojines-. Bueno, que os divirtáis -les dijo, haciéndoles un gesto con la mano para que salieran de casa.

– Vamos a trabajar -le recordó Molly.

– Eso no significa que no puedas divertirte.

– Que pase buena noche, comandante -le dijo Hunter a modo de despedida.

Aún no se había dirigido directamente a Molly. No había respondido al cumplido de su abuela sobre lo guapa que estaba. Molly creía que él sólo se había dado cuenta de que llegaba tarde.

Lo cual no era cierto. Hunter se había adelantado por impaciencia.

Molly lo siguió hacia su moto, donde él desató los dos cascos y le entregó uno. Ella lo aceptó animosamente, intentando no dejar que su dolor de cabeza le amargara el paseo en moto.

– Gracias. ¿Puedes guardar esto en algún sitio? -le preguntó ella, y le mostró su bolso.

Él lo metió en el maletero que había tras el asiento sin decir nada. Molly tampoco habló. Se subió a la moto, tras él, poniéndole las manos bajo la chaqueta intencionadamente, de modo que las palmas de las manos quedaran planas contra su estómago.

Él se puso tenso, pero no dijo nada. Se limitó a arrancar la moto.

Molly se agarró con más fuerza. Era otro modo de romper su reserva sin palabras, y les quedaba un trayecto de diez minutos que ella podía aprovechar.

Hunter dejó la moto en el aparcamiento y apagó el motor. Quería matar a Molly. Durante todo el camino hacia el restaurante, ella había tenido las manos bajo su cazadora, sobre su pecho. Aunque se agarraba con fuerza por seguridad, tenía las manos muy traviesas. Primero movía una, y después la otra. Él tenía los antebrazos apretados contra los costados, pero las palmas de las manos de Molly y sus dedos tenían voluntad propia, y lo habían acariciado y frotado hasta que había conseguido excitarlo por completo.

De algún modo, Molly había adivinado cuál era su debilidad. Sus caricias, mezcladas con la vibración de la moto y la adrenalina de la velocidad, habían estimulado su deseo como ninguna otra cosa. Ni siquiera la ira que aún sentía importaba, porque ella estaba tras él, pegada a su cuerpo, con la mejilla apoyada en su espalda y jugueteando con su cuerpo sin piedad.

Molly fue la primera en bajar de la moto y él la siguió, tenso, excitado.

Ella se quitó el casco y se pasó las manos por el pelo. Tenía las mejillas rosadas del viento, y los ojos brillantes de picardía y diversión. Había disfrutado de la libertad del paseo en moto tanto como él. Qué endemoniada mujer…

Daniel tomó los cascos y los aseguró con un candado a la moto, ninguneándola durante el tiempo suficiente como para recuperar el control de su cuerpo. Más o menos. Tenía la sensación de que iba a permanecer duro como una piedra durante el resto de su vida.

– Ha sido muy estimulante -dijo Molly atusándose el pelo una última vez.

Parecía que acababa de estar disfrutando en la cama de un hombre, y aquellas botas rojas la hacían aún más atractiva. Él entrecerró los ojos y la miró con el ceño fruncido.

– Ahí está el coche de Ty. Será mejor que nos demos prisa.

– De acuerdo. Espero que tenga noticias que nos proporcionen una buena pista.

– Eso ha dicho. Vamos a entrar.

Él dio unos pasos hacia la entrada del local, caminando rígidamente, con la esperanza de que nadie se diera cuenta de que tenía una erección provocada por la bruja que caminaba a su lado.

– ¿Molly?

– ¿Mmm? -ella se puso a su lado. Los tacones de sus botas resonaban en el camino de entrada.

– Tu abuela tenía razón. Estás preciosa.

Pronunció aquellas palabras antes de poder contenerse, y después de decirlas se habría mordido la lengua.

– ¿Sí?

– Sí -dijo él con la voz ronca, infinitamente molesto consigo mismo. Se detuvo durante un segundo y la miró.

Ella tenía una sonrisa de satisfacción.

– Bueno, como le he dicho a mi abuela, tú eres un chico muy guapo, y también tienes muy buen aspecto esta noche.

Molly comenzó a colocarle el cuello de la cazadora de cuero negra, y en el proceso, le rozó la mejilla.

Aquel roce provocó una corriente eléctrica que llegó directamente a las entrañas. Por instinto, él le agarró la muñeca.

– Pero eso no cambia nada.

Ella ladeó la cara.

– ¿Hunter?

– ¿Sí?

– Cállate y disfruta de la cena con tus amigos, ¿de acuerdo? Tenemos mucho trabajo que hacer en este caso, y será más fácil si no nos agredimos. Además, me he disculpado más de una vez, así que déjalo ya.

Se encogió de hombros, lo rodeó y entró en el restaurante, dejándolo con la boca abierta y sin nada que decir.

Hunter sufría bajo el escrutinio de Ty. Su amigo se había inclinado hacia él y lo estaba observando con suma atención.

– Bueno, está claro que has vuelto a afeitarte, que parece que estás durmiendo bien y que has dejado de beber. Sin embargo, sigues siendo un tristón. Entonces, ¿qué ocurre? ¿La señorita Molly te lo está haciendo pasar mal? -le preguntó Ty con una sonrisita. Después se echó a reír.

Molly se había excusado para ir al servicio, y Lacey la había acompañado. Hunter y Ty se habían quedado a solas durante unos minutos, pero Hunter no quería hablar de su vida personal.

– Estoy bien.

– Y un cuerno -dijo Ty. Su amigo siempre había sabido cuándo mentía.

– Es el caso, que me está volviendo loco.

Ty le hizo un gesto al camarero para que les sirviera otra cerveza.

– Lo dudo. Tú nunca has tenido un caso con el que no pudieras. Yo creo que es por Molly. ¿Puedo darte un consejo?

– No.

– Cuando conoces a la mujer, y ya sabes a lo que me refiero, ríndete. Tu vida será mucho más fácil si lo haces -le dijo Ty. Después se rió, pero sus carcajadas cesaron cuando el camarero les llevó la cerveza.

Al quedarse solos de nuevo, Hunter sacudió la cabeza.

– Tío, quién hubiera pensado que ibas a terminar domesticado.

– Y quién iba a pensar que tú eres tan tonto. ¿No te das cuenta del premio que tienes ante la nariz?

Hunter se frotó los ojos con las manos y después se inclinó hacia delante.

– Sólo voy a explicártelo una vez, y eso es todo, y después te vas a callar la boca y a dejarme en paz. Ella me la ha jugado otra vez. Vine a ayudar a su padre, averigüé que no había superado lo de Molly tal y como pensaba y caí en la tentación. Entonces, ella me traicionó otra vez. Nadie que no sea idiota lo intentaría de nuevo.

Ty lo miró con incredulidad.

– Explícamelo.

Hunter le contó lo que había sucedido, le habló de la falta de confianza de Molly en él, y le dijo que ella estaba demasiado supeditada a la necesidad de tener una familia como para permitirse tener una relación verdadera.

Ty lo escuchó atentamente.

– ¿Y por eso crees que no le importas? ¿Que no confía en ti? He visto cómo te mira. Esa mujer está loca por ti, amigo.

Hunter hizo un gesto negativo.

– La prueba está en sus actos. Está claro que siempre elegiría a su familia por encima de mí.

Ty miró por encima del hombro de Hunter.

– Vuelven, así que escúchame. Ya has tenido suficientes traumas en tu vida, y los pasados ocho meses sin Molly han sido nefastos para ti. Te sugiero que lo pienses antes de alejarte de la mejor mujer que va a quererte nunca sólo porque tengas un estándar imposible que ella no puede alcanzar.

Hunter frunció el ceño.

– Eso es una idiotez. El hecho de querer ser lo primero para ella y que confíe en mí no es un están…