Выбрать главу

Ty le dio una patada en la espinilla por debajo de la mesa.

– Hemos vuelto -dijo Lacey al mismo tiempo, con una voz demasiado alegre.

Probablemente habían oído el final de la conversación. Demonios, pensó Hunter. Aquello no hacía más que mejorar.

De todos modos, se alegraba mucho de ver a sus amigos. Parecía que estaban muy felices juntos.

– Bueno, cuéntame lo que tu fuente ha averiguado en Jersey -dijo Hunter.

Pensó que sería mejor concentrarse en el caso, la única cosa que le proporcionaba equilibrio aquellos días.

Molly se sentó en su sitio, junto a Daniel, lo suficientemente lejos como para que sus cuerpos no se rozaran, pero lo suficientemente cerca como para que él percibiera la fragancia de su pelo.

– Y por favor, danos buenas noticias -le pidió Molly a Ty.

– Creo que sí lo son. Según Ted Frye, cuya familia es la propietaria del hotel Seaside Inn, en Atlantic City, y que trabaja allí la mayoría de los días, Paul Markham era un asiduo visitante -explicó Ty. Se sacó una libreta del bolsillo trasero del pantalón y pasó unas cuantas páginas-. Lo identificó por la fotografía de carné que me enviaste, porque Markham usaba un nombre falso. Se hacía llamar Paul Barnes, pagaba en efectivo y normalmente se encontraba con una mujer, al menos durante una noche. Según Ted, una pelirroja.

– Lydia McCarthy, la secretaria de Paul. Tenían una aventura -dijo Molly

– Hay algo que no entiendo. ¿Por qué la policía no investiga todo esto? -preguntó Lacey.

– Eso es fácil. Ya tienen a su culpable, y no les importa lo que hiciera o dejara de hacer Paul. A nosotros sí. Nos parece importante averiguar qué pasó con el dinero. Quizá nos conduzca hasta alguien que tuviera móvil y oportunidad para perpetrar el asesinato.

Molly sonrió.

– ¿Veis por qué lo quería del lado de mi padre?

Ty le lanzó a Hunter una mirada significativa.

– Bueno, ¿y qué significa esta información para tu caso? -preguntó Lacey.

Molly se encogió de hombros y miró a Hunter para que respondiera.

Él gruñó.

– Significa que vamos a ir a Atlantic City.

Molly vio la expresión de dolor y reticencia de Hunter y se dio cuenta de que ir a Atlantic City con ella no estaba en la lista de cosas que más deseaba hacer. Parecía que también sabía que no le iba a permitir ir sin ella. Molly hubiera deseado que la perspectiva le hiciera un poco más feliz. La cabeza le dolía cada vez más, y aquella batalla con Hunter no la estaba ayudando. Durante la cena, al contrario de lo que ella esperaba, la migraña se había intensificado.

Después de terminar, Ty y Lacey les sugirieron tomar unas copas en la barra del bar del hotel. Molly no quiso decepcionarlos, así que sonrió y asintió.

Hunter y Ty se fueron hacia el billar, mientras Lacey y Molly se sentaban en una mesa cercana a la zona de juegos. El viaje en moto hasta el hotel no había mitigado la migraña de Molly, y una vez sentada pidió un refresco de cola con la esperanza de que la cafeína la aliviara un poco.

Lacey y ella tomaron sus refrescos mientras observaban jugar a Ty y a Hunter.

– No puedo creer que estemos aquí todos juntos después de tanto tiempo -dijo Lacey, sonriendo-. Por supuesto, desearía que no hubieran acusado a tu padre, pero sé que Hunter lo exculpará.

Molly miró al cielo.

– Espero que tengas razón. De hecho, tengo todas mis esperanzas puestas en eso -dijo.

Tomó un largo trago de su bebida mientras observaba a Hunter, incapaz de negar el apetito que despertaba en ella. No había llegado a ningún sitio con él pese a sus esfuerzos por coquetear y obligarle a que la perdonara. Necesitaba una amiga, un hombro en el que apoyarse, alguien que le diera un consejo.

– ¿Puedo hablar contigo? -le preguntó a Lacey, con quien siempre había tenido una relación especial de entendimiento.

Lacey asintió.

– Sabes que sí. No voy a contarles a Ty ni a Hunter nada de lo que me digas. Lo prometo -le aseguró.

Molly asintió. Su mirada viró hacia Hunter. Estaba inclinado sobre la mesa de billar, preparado para jugar, lo cual le proporcionaba a Molly una vista perfecta de su prieto trasero cubierto de vaquero desgastado. Sin poder evitarlo, exhaló un suspiro de admiración.

– No tengo que adivinar cuál es el tema -dijo Lacey, riéndose.

Molly sacudió la cabeza y sonrió.

– No -dijo, sin apartar la vista de los suaves movimientos de Hunter-. Es bueno -murmuró.

– Es el mejor, Molly. Pero tú ya lo sabes. ¿Cuál es el problema?

Molly se recostó en el respaldo de la silla, concentrándose en Lacey.

– El problema es que, por cada paso hacia delante que damos, después retrocedemos dos. Cuando creo que estamos avanzando en nuestra relación, lo estropeo de nuevo. Esta vez fue porque no le dije algo importante sobre el caso. Estaba protegiendo a mi padre, pero él no lo ve así.

Lacey sacudió la cabeza.

– Hunter es un gran abogado. El mejor que hay, de hecho. Sin embargo, por dentro siempre será un niño herido, no deseado. Cuando alguien lo enfada o le hace daño, sobre todo alguien a quien quiere, la única razón que encuentra para ello es que no está a la altura.

Lacey miró hacia los dos hombres, que seguían jugando, riéndose e insultándose como dos hermanos.

– Ty y yo somos las únicas personas que podemos insultarle y librarnos de su ira, porque hemos pasado por el infierno a su lado.

Molly tragó saliva. Tenía un duro nudo en la garganta.

– Yo no puedo aliviar esa clase de dolor. Sólo soy humana. Voy a cometer errores, y si nos fijamos en el pasado, parece que voy a cometer muchos.

– Pero quieres a Hunter, y Hunter te quiere a ti. Con eso lo superaréis todo.

– Nadie ha dicho nada sobre amor.

Lacey se encogió de hombros.

– Nadie tiene que decirlo. Es evidente. Sólo tienes que ser consciente también de lo que él necesita.

Molly cerró los ojos, deseando que las cosas fueran tan fáciles. Cuando los abrió de nuevo, la cabeza le daba vueltas.

– ¿Te importaría que nos fuéramos ya? Tengo una migraña que me está matando.

Lacey la miró con preocupación.

– Claro. Voy a avisar a los chicos.

Molly posó la cabeza entre las manos y esperó a que volviera la caballería.

Hunter insistió en que Molly volviera a casa con Ty y Lacey, en su coche. Claramente, debía de dolerle mucho la cabeza, demasiado como para discutir con él, porque subió al asiento trasero sin protestar y se abrochó el cinturón de seguridad.

Cuando llegaron a la casa, las luces del porche estaban apagadas, así que decidieron no invitar a pasar a Lacey y a Ty. Ellos prometieron llamar al día siguiente, antes de emprender el viaje de vuelta, y después de darles las gracias y despedirse de sus amigos, Hunter se concentró en Molly.

La ayudó a subir hasta su habitación con cuidado de no hacer ruido y no despertar a nadie. Mientras subían, ella tuvo que apoyarse en él, y por primera vez en su vida, Hunter vio en Molly una señal de vulnerabilidad.

Él no necesitaba aquello justamente en aquel momento, cuando sus defensas debían estar en el grado máximo de alerta. Aun así, la ayudó a tumbarse en la cama y, siguiendo sus instrucciones, le dio una camiseta antigua para cambiarse. Incluso la ayudó, apretando los dientes cuando notaba que le rozaba la piel desnuda con las manos, y al atisbar sus pezones bajo el sujetador de encaje.

Ella cayó sobre el colchón, y al darse cuenta de que no le quedaba otro remedio, Hunter le bajó la cremallera de los pantalones y los deslizó por las piernas largas de Molly. Cualquier hombre tendría que ser un santo para que no le afectara su piel blanca y su esencia seductora. Él no era un santo, pero Molly estaba enferma, y por eso se contuvo.

– Bueno, claramente he estropeado la noche con tus amigos -le dijo Molly a Hunter con la voz llena de dolor.

– Puedo verlos en cualquier momento. Supongo que esto es una migraña.