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– Sí -respondió ella. No había movido un centímetro la cabeza desde que se había tumbado-. ¿Puedes hacerme otro favor?

– Claro.

Cuando Lacey había interrumpido su partida de billar para decirles que Molly no se encontraba bien, su instinto de protección se había activado. De estar enfadado y dolido, había pasado a sentir preocupación y una imperiosa necesidad de cuidarla.

– Hay un frasco de pildoras en el primer cajón de la mesilla. Son una receta especial. ¿Puedes darme una pastilla y un vaso de agua?

– Por supuesto -respondió él, y cumplió su petición en tiempo récord.

La ayudó a incorporarse para que pudiera tomar la medicina. Después la tendió con delicadeza sobre la almohada.

– ¿Apagas la luz? -le pidió con los ojos ya cerrados.

Él sonrió.

– Mandona. ¿Necesitas algo más?

– No, pero gracias por todo.

– De nada -respondió él. Se le había enronquecido ligeramente la voz. Sentía una ternura que no reconocía-. Bueno, ahora intenta dormir -le dijo, y comenzó a levantarse de la cama.

– Quédate conmigo, por favor.

Él no pudo negarse.

– Claro.

Se quitó los zapatos y subió las piernas al colchón para tenderse junto a ella.

– ¿Por qué no me hablas un poco de esas migrañas? -le pidió a Molly.

– No es nada, de verdad. Las tengo desde que soy pequeña, pero últimamente han mejorado. La de hoy es la primera más fuerte que he tenido en mucho tiempo.

– Seguro que es debido al estrés.

Y él no estaba ayudando.

Molly se estaba enfrentando a la posibilidad de perder a su padre, un hombre al que había encontrado recientemente, y Hunter la estaba castigando por las decisiones que había tomado con respecto a aquel hombre. Demonios. Quizá Ty tuviera razón cuando le decía que se había fijado un estándar imposible de cumplir por cualquier persona.

Hunter no era un hombre a quien le gustara equivocarse. Tampoco le gustaba admitir sus errores. Gracias a Dios, Molly no estaba en condiciones de mantener una conversación larga en aquel momento. Lo cual, sin embargo, no significaba que no tuviera que compensarla de algún otro modo.

Hunter se desabrochó el primer botón del pantalón para estar más cómodo y se acercó a Molly.

– Ven aquí -le dijo.

Ella se acurrucó contra él y apoyó la cabeza en su hombro con un suspiro de satisfacción. Hunter, sin embargo, no estaba muy complacido. Inhaló su fragancia y disfrutó del hecho de sentirla acurrucada contra su cuerpo. Disfrutó del hecho de cuidarla. Demasiado.

Permanecieron así tumbados, en silencio, y pronto, la respiración de Molly se suavizó. Se había quedado dormida; para Hunter, por el contrario, aquélla iba a ser una noche larga de vigilia.

Capítulo 12

Jessie miró el reloj de su mesilla. Sabía que era muy temprano, pero no podía esperar un segundo más para hablar con Molly. La noche anterior había mirado accidentalmente en el armario de su hermanastra… bueno, bien, estaba fisgoneando, y había encontrado una maleta llena de ropa de colores. Jerseys, bufandas, pañuelos, bisutería y complementos muy bonitos.

Quería pedirle prestadas a Molly algunas de sus cosas, pero, para pedírselas, tendría que admitir que había estado hurgando. Jessie sopesó las opciones que tenía, y llegó a la conclusión de que Molly quería que ella la aceptara tanto como ella quería ponerse la ropa de Molly. Así pues, estaba segura de que podrían llegar a un acuerdo.

Se detuvo ante la puerta del dormitorio de Molly y, después de un segundo de vacilación, decidió entrar sin llamar. Después de todo, Molly quería que fueran hermanas de verdad.

Abrió la puerta de par en par, pasó, vio a Molly bajo las mantas, a Hunter junto a ella y… ¡Demonios!, pensó, mientras asimilaba la escena.

Hunter se movió.

Jessie se mordió el labio inferior y se preguntó qué podía hacer. Sabía que lo que debía hacer era retirarse silenciosamente y fingir que nunca había entrado en el dormitorio, pero, ¿qué diversión podía tener aquello?

– Ejem -dijo en voz alta.

Hunter gruñó y se volvió de modo que su cara quedó escondida en la almohada. Molly, sin embargo, dio un bote hasta el techo.

– ¡Jessie! -dijo en un susurro frenético, mientras Hunter seguía refunfuñando, todavía dormido-. ¿Qué estás haciendo aquí?

Jessie miró a Daniel, que había empezado a roncar.

– ¿Qué está haciendo él aquí? -replicó ella-. Yo sólo estaba intentando encontrar la manera de que me prestaras algo de esa ropa tan bonita que tienes en la maleta, en el armario. De repente, se me ha ocurrido que podría chantajearte -le dijo, con las manos detrás de la espalda, sonriéndole-. ¿A ti qué te parece?

Molly cerró los ojos durante un segundo.

– Creo que eres un monstruito y que hablaremos de esto más tarde. Ahora, lárgate -le dijo Molly, y agitó la mano hacia la puerta.

Jessie frunció el ceño, pero supo que había ganado al darse cuenta de que Molly estaba molesta, pero no enfadada.

– ¿Puedo llevarme el jersey amarillo?

– ¡Fuera! -dijo Molly, señalándole la salida con el índice.

Jessie puso los ojos en blanco.

– Me voy, me voy.

Y se dirigió hacia la puerta, riéndose. De repente, vivir con Molly se había vuelto divertido.

Molly se dejó caer sobre la almohada y se dio cuenta de que, aunque tenía la cabeza dolorida, ya no sentía martillazos.

– Dime que esto no acaba de pasar.

– Ha pasado -respondió Hunter, que rodó hacia su lado de la cama y apoyó la cabeza sobre la mano.

– ¿Estabas despierto? -le preguntó ella.

Él tenía el pelo revuelto y la sombra de la barba en la mejilla. Estaba muy sexy entre sus sábanas, pensó Molly, mirándola con aquellos ojos oscuros y somnolientos.

– Estaba despierto, pero no iba a permitir que Jessie lo supiera. ¿Cómo te sientes?

– No estoy perfectamente, pero sí mucho mejor. Gracias por quedarte conmigo -le dijo ella con suavidad.

– Ha sido un placer.

Molly se pasó una mano por el pelo, preguntándose si tendría muy mal aspecto. Seguramente, el rímel se le había emborronado y le había dejado unos círculos negros alrededor de los ojos. No podía estar guapa, pero tampoco parecía que Hunter fuera a salir corriendo.

– Tenemos que levantarnos -dijo con poco ánimo. No hizo ademán de moverse.

– ¿Y si primero hablamos? -preguntó él.

Rápidamente, las defensas de Molly se pusieron en alerta.

– ¿De qué? -inquirió con cautela.

Había varios temas de los que él podía hablarle: la mentira acerca del general y Sonya, la noticia que les había dado Ty… Recién salida de aquella migraña, Molly no estaba en condiciones de tener una discusión con él.

– De tu ropa. ¿Por qué la tienes guardada en el armario?

Ella se sorprendió.

– ¿Qué? ¿Por qué razón te preocupas por eso?

– Cuando estábamos en la universidad, ¿sabes lo que me llamó la atención de ti en primer lugar?

Molly negó con la cabeza. Sólo sabía cuál era la razón por la que ella se había fijado en él. Al igual que Molly, Daniel era el único que se quedaba en la biblioteca, estudiando, hasta la hora de cierre. Sus hábitos de estudio y su decisión por triunfar eran iguales. Eso, y lo guapo que era.

– Quizá tuviera algo que ver con las minifaldas que llevabas a clase -dijo él, moviendo las cejas sugestivamente.

Ella se rió.

– ¡Cuando comenzamos las clases había cuarenta grados de temperatura!

– Quizá también tenga algo que ver con los colores tan fuertes de tus camisetas. O los pañuelos de colorines que te ponías al cuello o en la cintura. Llevaras la ropa que llevaras, siempre te ponías una prenda de un color llamativo. Cuando entrabas en una sala, dejabas clara tu presencia.

Ella sabía adónde se dirigía Daniel con aquella conversación, y no quería hablar de cómo había cambiado durante el último año. También sabía que él no iba a dejar el tema.