– Los colores son divertidos -dijo Molly defensivamente.
– Entonces, ¿por qué tienes la ropa más colorida en una maleta, en el armario?
– Me está volviendo a doler la cabeza -murmuró ella.
– Mentirosa. Molly, yo me enamoré de la mujer que dejaba clara su presencia al entrar en una habitación. La que no permitía que le dijeran lo que tenía que hacer, ni qué ropa debía elegir. ¿Qué pasó cuando te mudaste aquí?
Molly permaneció en silencio, pero él no estaba dispuesto a cambiar de conversación. Ya sabía el motivo por el que ella había enterrado la parte más atrevida de su personalidad, pero quería que lo admitiera. Y después, quería que volviera la antigua Molly. Pensó que tenía que agradecerle a Jessie, la adolescente mimada, que le hubiera dado pie a comenzar aquella charla.
– No creo que la comandante fuera a quejarse por cómo te vistes -dijo Daniel.
– No, ella no se quejó -respondió Molly, cruzándose de brazos sin mirarlo.
Él no se dejó amedrentar.
– ¿Es por el general, entonces? ¿Es muy conservador?
Ella se encogió de hombros.
– En algunas cosas sí.
– Pero se siente feliz por el hecho de que formes parte de su vida. No creo que le preocupe lo que se pone su hija adulta. Robin está en sus estudios y apenas pasa tiempo en casa, y no puede importarte lo que piense Jessie sobre ti, entonces, ¿qué pasa? -le preguntó él, tomándola de la mano.
– Tú ya lo sabes. Es por mi familia. No quiero perderla. Cuando vine aquí deseaba con todas mis fuerzas que me aceptaran, así que habría hecho cualquier cosa por conseguirlo.
– Incluso ocultar tu personalidad.
– No es tan drástico.
– Sí lo es. De no ser por tus botas rojas, algunas veces ni siquiera te reconocería. ¿No echas de menos ser tú misma?
Ella no respondió, pero él vio que se le llenaban los ojos de lágrimas y supo que había dado en el blanco. Bien. Eso significaba que quizá estuviera pensando en lo que él le decía. Daniel echaba de menos el cosquilleo que sentía en el estómago cada vez que la veía vestida con alguno de aquellos colores fuertes. Era lo que la hacía única y especial.
– Tu familia ya te ha aceptado. En algún momento se merecen conocer a su verdadera hija y hermana -dijo él. Por impulso, le pasó la pierna por encima de las caderas-. Tal y como yo te conozco.
– A ti no te caigo bien todo el tiempo -le recordó Molly.
– Pero yo soy idiota -dijo Daniel con una sonrisa.
– Tienes razón.
Al cuerpo de Daniel le gustaba aquella posición, y notó que se excitaba contra los vaqueros que aún tenía abiertos.
– ¿Significa esto que ya me has perdonado? -le preguntó ella.
Hunter gruñó. Le tomó los brazos e hizo que se los pasara por encima de la cabeza.
– Significa que te acepto tal y como eres.
Y eso significaba que tenía que aceptar su necesidad de mantener a la familia unida a cualquier precio. Daniel suponía que podría hacerlo durante el corto tiempo que iba a permanecer allí con ella.
– Es un comienzo -murmuró Molly, con satisfacción.
– Como esto.
Daniel deslizó las manos hasta sus pechos y la besó perezosamente. Sus lenguas se entrelazaron, y su cuerpo pidió más.
Y aquélla fue la señal de que debía irse. Lamentándolo, tuvo que apartarse de ella.
– Será mejor que salga de aquí antes de que vuelva esa pequeña cotilla y nos pille haciendo algo más que dormir.
– Esa niña está aumentando su lista de pecados -murmuró Molly.
Él sabía que estaba bromeando; sin embargo la frustración de su tono de voz era la misma que él sentía.
Después de ducharse, el primer paso de Molly fue ir a la habitación de Jessie. Aunque Hunter y ella sólo estaban durmiendo en la misma cama, no se sentía en posición de gritarle a una adolescente por entrar en su cuarto sin llamar. De todos modos, Molly creía que había ganado la partida, porque su hermana había cesado en su intento de chantaje. La ropa de Molly a cambio de su silencio. Tsss.
Llamó una sola vez a la puerta de Jessie y entró.
Jessie gritó y se dio la vuelta, abrochándose la camisa a toda prisa.
– ¡Eh!
– Al menos yo he llamado una vez para avisarte -dijo Molly mientras entraba y cerraba la puerta.
Jessie frunció el ceño y, cuando terminó de abotonarse la camisa, se dio la vuelta hacia su hermana.
– Siento no haber llamado.
La disculpa de Jessie tomó a Molly por sorpresa.
– Gracias. Y para que lo sepas, anoche estaba enferma y Daniel se quedó conmigo. Debió de quedarse dormido. Hubiera preferido que no hubieras entrado así en la habitación, pero no estaba pasando nada.
– ¿Has venido a reñirme?
– ¿Por entrar así? No. Ya me has pedido disculpas. ¿Por intentar chantajearme? De eso sí podríamos hablar. A mi edad, no creo que nadie vaya a castigarme por tener a un hombre en mi habitación, y si crees que vas a controlarme fisgoneando en mi armario o amenazándome, te equivocas.
– Tienes que admitir que merecía la pena intentarlo -dijo Jessie con una sonrisa tímida.
Aparentemente, los progresos que habían hecho no se habían perdido por completo. Molly suspiró con resignación.
– No más tonterías, ¿de acuerdo?
– Sí, sí -respondió Jessie.
– Bien -dijo Molly, inclinando la cabeza-. Te he traído una cosa.
Sacó el jersey amarillo de detrás de su espalda y se lo lanzó a Jessie.
– ¡Bien! -la niña abrió unos ojos como platos mientras acariciaba la prenda-. Gracias -le dijo a Molly, mirándola con evidente agradecimiento.
– De nada. No estoy recompensándote por tu mal comportamiento, pero me parece que el amarillo te favorece.
Jessie tuvo la decencia de ruborizarse.
– Siento habértelo hecho pasar mal.
– Puedo soportarlo. Pero me gusta más cuando eres así. Bueno, ¿cómo está Seth? -le preguntó Molly para cambiar de tema.
– Parece que está mejor. Dice que ha buscado a Hunter en Internet y que tiene un porcentaje de éxito muy alto en los juicios. Eso le ha tranquilizado mucho. Creo que está muy preocupado por perder a mi padre además de haber perdido a su padre, si es que tiene sentido.
– Sí lo tiene -dijo Molly suavemente-. Y tiene razón en cuanto a Hunter. Nuestro padre está en buenas manos.
– Sí, es cierto.
Ninguna objeción sobre si el general era padre de las dos o no, pensó Molly, y dejó escapar un imperceptible suspiro de alivio.
– Que disfrutes del jersey. Queda muy bien con vaqueros oscuros, por cierto -le dijo, y se dio la vuelta para salir, alegre por el progreso que habían hecho.
– Gracias otra vez. Eh, estaba pensando… -dijo Jessie.
Molly miró hacia atrás.
– ¿Qué?
– Que quizá este fin de semana pudieras llevarme a Starbucks. Ya sabes, sólo nosotras. Y si Robin viene de la universidad, bueno, quizá podríamos ir las tres…
Molly sonrió.
– Vaya, eso es un buen plan.
En realidad, un plan magnífico.
Hunter encontró al general sentado en el porche. El sol brillaba en lo alto del cielo, y Frank estaba mirando al horizonte a través de las gafas de sol.
– ¿Le importa que me siente con usted? -le preguntó Hunter.
– Claro que no.
Hunter se puso también sus gafas de sol y se sentó a su lado.
– ¿Le está resultando dulce la libertad?
– Amarga.
Daniel asintió.
– Lo entiendo.
El padre de Molly se sentía feliz por estar fuera de la cárcel, y al mismo tiempo estaba petrificado ante la posibilidad de tener que volver.
– ¿Podemos hablar de unas cuantas cosas?
El general asintió.
– Me alegro de hacer algo para ayudar en mi propio caso. No tengo costumbre de estar ocioso.