– Bueno, no tengo ningún problema en compartir habitación contigo, como tú bien sabes…
Él sonrió. Le lanzó una sonrisa sexy, seductora, de «no puedo esperar para llevarte a la cama».
– ¿Pero?
– No puedo permitirme pagar una suite. No estoy trabajando esta temporada, y no sé ni siquiera si podría pagar la mitad de una suite aquí. Y tú no puedes catalogar esto como gastos de trabajo porque mi padre nunca podrá pagar la cuenta de este hotel, tampoco -dijo ella, avergonzada por tener que hablar de sus finanzas, o más bien de su falta de finanzas.
Él la miró fijamente.
– ¿Acaso te he pedido que lo pagues? Por favor, Molly. Tengo un poco de clase. Yo te he traído aquí, así que yo invito.
Ella abrió unos ojos como platos. Pensaba que irían a Atlantic City para trabajar, y que se quedarían en un hotel económico, no en uno de los lugares más bonitos de la ciudad.
– ¡No puedo pedirte que hagas eso!
– No me lo has pedido. Yo te lo he ofrecido. Quería sorprenderte con una noche alejada de los problemas de casa. Hasta el momento, la sorpresa no va muy bien -dijo él, que obviamente estaba disgustado con sus objeciones-. ¿No podemos empezar de nuevo, reservar la habitación y que tú dejes de cuestionar cada cosa que hago?
– De acuerdo -dijo ella, verdaderamente conmovida por su ofrecimiento.
Entonces, él le acarició la mejilla, y su ternura fue un contraste con la frustración de su tono de voz.
– Deja que haga esto por ti.
Ella asintió.
– Si me lo hubieras contado antes, no habría…
Él le puso un dedo sobre los labios.
– No más objeciones, ¿de acuerdo?
Ella asintió nuevamente.
– Bien.
Daniel la tomó de la mano y la guió de nuevo hacia el mostrador.
– Ya está resuelto. La suite está bien.
Diez minutos más tarde habían terminado la reserva, pero la suite no estaría preparada hasta una hora después.
– ¿Qué te parece si vamos al motel e investigamos un poco sobre Paul?
– Muy bien.
– Sólo una cosa -dijo él-. Cuando terminemos, lo dejaremos todo en punto muerto hasta que lleguemos a casa mañana. Nos tomaremos el resto del día y la noche libres.
Daniel la observó intensamente, esperando una respuesta.
Molly se dio cuenta de que él había pensado en aquel viaje y se había esforzado en que saliera bien. En algún momento de las pasadas veinticuatro horas, él le había perdonado su mentira.
– Nadie podría acusarte de tonto. Lo tenías todo bien planeado, ¿eh?
– Lo he pensado mucho.
Ella se sintió muy complacida por su previsión, y sonrió.
– Me gusta cómo piensas.
Él asintió.
– Bien. Entonces, vamos a ver qué averiguamos en el Seaside Inn, y después tendremos más tiempo para nosotros.
Nosotros.
A Molly le gustaba cómo sonaba aquella palabra en los preciosos labios de Daniel.
Capítulo 13
El motel Seaside Inn era muy diferente al hotel que Hunter había elegido para ellos. Molly lo siguió al establecimiento de mala muerte. En su interior olía a humedad, y el sitio no había visto una mano de pintura ni una reforma desde hacía años.
Sintió una gran decepción hacia Paul Markham, algo que se repetía a medida que averiguaban más cosas sobre él. Víctima o no, no era la persona que su padre y Sonya pensaban que conocían.
– Quisiera ver a Ted Frye -le dijo Hunter a la señorita que había tras el mostrador.
– Yo soy Mary Frye, la hermana de Ted. Él tiene el día libre hoy. ¿En qué puedo ayudarlos? -preguntó la muchacha, que tenía el pelo rubio teñido, mientras se volvía hacia ellos.
La joven, que tenía poco más de veinte años, vio a Hunter y abrió unos ojos como platos. Se llevó la mano al pelo, que le llegaba a mitad de la espalda, al verdadero estilo playero.
– De hecho, sí puede. Mi hermana y yo estamos buscando información sobre este hombre -dijo Hunter, y se sacó del bolsillo la fotografía de Paul que le había dado Sonya.
Molly se irritó al oír que Hunter decía que era su hermana. Hubiera protestado, pero él la agarró por la muñeca y le dio un tirón para que se colocara a su lado. Era una orden clara para que se mantuviera callada y le dejara hablar a él.
«Muy bien», pensó Molly, pero sólo porque quería aquella información, y era evidente que Daniel tenía un plan. Probablemente, al ver a la guapa rubia, él había decidido que la chica cooperaría más si pensaba que Hunter estaba disponible.
Sonrió dulcemente a su supuesto hermano y le hundió las uñas en la mano al mismo tiempo, para hacerle saber exactamente lo que pensaba de su plan. Sólo porque fuera increíblemente sexy para Molly, no tenía por qué serlo también para todas las mujeres del mundo.
La chica de la recepción, sin embargo, pensaba que sí lo era, porque se inclinó hacia él y posó su hermoso busto en el mostrador para proporcionarle una vista privilegiada de su escote. Lo que Molly tuvo que admitir, con total desagrado, era que el escote impresionaba, sobre todo comparado con el suyo.
– Deje que lo vea -dijo Mary, apoyando los codos en el mostrador y mirando fijamente la foto-. ¡Ah! Es el señor Markham. He oído decir que lo han asesinado -dijo en un susurro, como si estuviera chismorreando-. Qué pena. Su prometida lleva aquí toda la semana. Mis padres se sienten muy mal por ella, y le han permitido quedarse todo el tiempo que necesite para recuperarse.
– ¿Prometida? -preguntó Molly.
– ¿Lydia está aquí? -intervino Hunter suavemente.
La rubia asintió.
– La pobre mujer está destrozada, claro. Si mi prometido hubiera sido asesinado, seguro que yo también me desmoronaría -dijo, y le dio un suave codazo a Hunter en el brazo.
– Ha sido una tragedia -convino él rápidamente-. Somos amigos de Lydia, y estamos preocupados por ella.
– Oh, la llamaré para decirle que están aquí -dijo Mary, y se acercó al teléfono.
– ¡No! Quiero decir, creo que es mejor que la sorprendamos. Quizá, debido a su tristeza, no quiera vernos, pero lleva sola demasiado tiempo -dijo Molly, decidida a ser parte de la investigación.
– Mi hermana tiene razón. ¿Le importaría darnos su número de habitación?
– Se supone que no puedo divulgar esa información.
– Sólo esta vez. Como favor a mí -le dijo Hunter, estirando el torso sobre el mostrador, poniendo en funcionamiento su potente atractivo-. La verdad es que tengo noticias sobre lo que le ocurrió a su prometido, así que si usted me dijera dónde puedo encontrarla, seguramente ella se sentiría muy agradecida. Y yo también.
– Bueno…
– ¿Por favor? -insistió Hunter, con su sonrisa más sexy. La que normalmente reservaba para ella, pensó Molly, incapaz de controlar los celos, por muy poco lógicos que fueran.
– Está bien. Habitación doscientos quince. Pero no le diga a nadie que se lo he dicho.
– Su secreto está a salvo conmigo. Gracias -dijo Hunter, y le apretó la mano a la otra mujer antes de volverse hacia Molly-. Vamos, hermanita.
Molly apretó los dientes y lo siguió hacia la puerta. Rodearon el edificio hacia las habitaciones. Típico de un motel, los alojamientos de la segunda planta eran accesibles por unas escaleras que partían desde el aparcamiento.
Cuando estuvieron fuera de la vista y del oído de la chica, ella lo agarró por el brazo para llamarle la atención.
– ¿Hermana? ¡Has dicho que era tu hermana!
Él se volvió.
– Y tú has representado muy bien tu papel. Te has quedado en segundo plano y me has dejado…
– Poner en marcha tus encantos para conseguir la información que necesitabas -dijo Molly-. Ha sido un buen plan -reconoció.
– Vaya, gracias -respondió Daniel con una sonrisa-. ¿Te acuerdas de lo que te dije acerca de verte vestida con colores fuertes?